martes, 3 de febrero de 2015

Un venezolano vio a Foo Fighters en Bogotá

–¿De dónde eres? –Me dijo Dave Grohl.
–De un país que ya no existe. Pero igual toma esta bandera y esta camisa vinotinto, son lo único que me queda de donde crecí... –Le dije antes de despedirme con un apretón de manos y de pasar a la taquilla de inmigración para salir de Colombia.

Tres días antes salí de Caracas, emocionado por reencontrarme con Bogotá, mi segunda ciudad favorita de Latinoamérica, por supuesto detrás de São Paulo.

–¿Qué viene a hacer a Colombia? –Me preguntó la encargada de inmigración.
–Vengo a un concierto.
–Ah, no me diga que viene acá solamente a ver un concierto. ¿Dónde es?
–Sí. De verdad. Acá en Bogotá.
–Hoy como a las 7 pasaron unos rockeros por aquí. Pero eran como viejos, pues, como cuarentones. ¿Serían ellos?
–Eran demasiado ellos. Qué lástima que no pasé por aquí un poco antes. ¿Foo Fighters, sabe?

Cuando nos enteramos que Foo Fighters venía a Sudamérica, supimos que el chance de que vinieran a Venezuela era súper bajo. Ya había pasado más de 4 años del mítico concierto de Metallica en Caracas y dos de la segunda vez que vino Aerosmith, donde abrió Del Pez, quizá el último gran concierto de rock que vivió Venezuela. A los días anunciaban que la única fecha del hemisferio norte de América del Sur sería en Bogotá. Con el cupo electrónico de uno compramos las entradas, con otros dos cupos cadivi compramos el regreso en Kayak porque en bolívares sólo había de ida.



Después del telonero, apareció Dave Grohl a la media hora. Antes del concierto nunca supimos quiénes iban a abrirle a Foo Fighters. En Brasil, Argentina y Chile el show lo había abierto Kaiser Chief, los carajos de Ruby, pero en el website de los británicos salía que el 31 de enero tocarían en Liverpool. En la tarima se presentó una banda colombiana, con un público que los animaba muy bien. Yo sin sentimiento nacional en esas tierras no me emocionaba con los gritos de guerra que disparaban los teloneros. Los “¡Vamos Colombia!” y “¡Hola Campín!” me mantenían inmutado. A ratos me imaginaba una misma escena, pero en el Estadio de la UCV con Holy Sexy Bastards teloneando y diciendo “¡Arriba Venezuela!” o “¡U-U-U-C-V!” y la piel se me ponía de gallina sólo con pensarlo. Imaginaba a los tres o cuatro carajos haters que no sabían quienes eran los Holy Sexys que les lanzaban latas desde el campo y fallaban, imaginaba a los que sí sabían quiénes eran que decían en sus cabezas que qué bolas que no apoyábamos el talento nacional; imaginaba las notas de prensa en Internet diciendo que los Holy Sexy Bastards la habían partido en el concierto. Imaginaba las caras de sorprendidos de algunos caraqueños por lo arrecho de nuestra banda, la ansiedad de otros mandándolos a bajar para que Dave Grohl apareciera más rápido, imaginaba las pancartas de Evenpro por todos lados, los logos de Movistar, y a mis amigos que están viviendo fuera del país sentados en el piso esperando que viniera a tocar la banda –según ellos– de verdad.

Eso pasaba cada vez que cerraba los ojos. Como un animal extraño, me sentía en la tierra de nuestros hermanos colombianos, como un cachorro que por aventurero se había escapado del conuco y que se había topado hambriento en el de un vecino por no saber seguir su propio rastro; agradecido por la comida que le dieron, pero perdido por no estar en su propia casa.

Cuando apareció Dave, la algarabía fue brutal. Todos los colombianos orgullosos de albergar tal espectáculo levantaron globos de los colores de la bandera que les dio nuestro Sebastián Francisco. Hubo globos amarillos en la zona especial, azul en la preferencial y rojo en la parte detrás de la ambulancia. En Caracas hubiera sido un peo coordinar esto. Si bien los colombianos se organizaron para entregar las bombas vacías en la entrada de cada sección, esta lógica no hubiera podido ser aplicable a Venezuela para hacer la bandera. De ser el concierto en Caracas, capaz terminaba todo mezclado como vino tinto. Imaginé que lo hacían en el concierto de Iron Maiden cuando los panas de la zona preferencial tumbaron la cerca y se mezclaron todos con todos.

Something for nothing, The Pretender, Learn to fly, Breakout y My hero fueron las primeras que sonaron hasta que llegó la torta latinoamericana. En medio de My hero las cornetas se apagaron y la gente de manera muy decente apenas hizo unos pitidos. Dave, en Bogotá, le pidió a todo el mundo continuar la canción y el Campín coreó unísono “There goes my hero watching as he goes, there goes my hero he’s ordinary”. A los segundos el sonido volvió. Dave terminó de cantarla y dijo que era la primera vez en el tour que esto le pasaba. Una chama detrás de mí gritó “Sólo en Colombia pasa esto” y a mí se me iba a salir una lágrima de impotencia. Entonces, en medio de la siguiente canción me imaginé que el audio se iba en Caracas: allí le hubiéramos mentado la madre a la gente de Evenpro ocho mil veces, hubiéramos tumbado (otra vez) la barrera de la zona preferencial y mínimo arreglábamos las cornetas a coñazos, allí no sólo una chama hubiera dicho “Sólo en Venezuela” sino casi todos lo hubiéramos visto en Facebook, allí no nos hubiéramos arrechado por la falta de audio, sino que lo hubiéramos disfrutado y hasta vuelto un chiste. Yo no quería estar viendo este concierto en Bogotá. Yo no quería ver cuando sacaran la camisa de la selección nacional de fútbol de Colombia, yo no quería oír que les dijeran que los colombianos eran la mejor audiencia de Sudamérica, yo no quería escuchar que les dijeran que en este país habían visto las mujeres más bellas, yo no quería oír un “qué divino está este Dave” de las jevas de atrás, sino un “papi qué bueno estás”. Hubiera cambiado mil veces durante el show el respeto al espacio personal de los colombianos, la buena organización, el clima templado perfecto para un concierto y la puntualidad; por haber escuchado esto en un calor de mierda, con un cabrón tratando de ponerse delante de mí empujando como un becerro y con un probable retraso de 2 horas y media de Evenpro por verlo en mi tierra y con los míos. Hubiera dado mucho por oír un “¡Viva Venezuela!”, un “¡Hola Caracas!” y por ver a Taylor Hawkins intentando darle al furruco en vez de a Rami Jaffee con un acordeón en nuestra tierra, donde Gwen Stefani lloró porque no entendía como en un país tan nulo y abandonado por los dioses del desarrollo hubiera gente que pudiera cantar su música, o donde nos dábamos el tupé de hasta suspender conciertos de Queen por un luto nacional, donde no sólo se llenaban las fechas de Caracas, sino también en Maracaibo, Valencia y hasta en Barquisimeto. En donde la música sonaba en todas partes que hasta Ricky Martin llegó a tocar en la Feria de San José de Paraguachí, adonde ni Gualberto Ibarreto iría ahorita. Hubiera preferido tener mi cédula mal plastificada de venezolano en el bolsillo con la cartera adelante por miedo a que me robaran en vez del pasaporte seguro en el bolsillo de atrás. Sí, maltripié increíble no estar en Venezuela.

Y entonces apagaron las luces, Dave vino al frente. Cantó la mitad de Times like these solito y a la mitad la banda se apareció en el B-Stage. Tocaron una parranda de covers. Sonó Under Pressure. Estallé en lágrimas. Me uní a la masa y se me olvidó toda verga.

Jamás había llorado en un concierto. No sé si fue por el cover de Queen, por estar a más de mil kilómetros de casa oyendo a Foo Fighters o porque me acordé de la primera vez que oí Learn to Fly con mis amigos del pueblo; o de la vez que ellos versionaron All My Life en The British Bull Dog en Margarita; o cuando cada vez que voy a Margarita salgo con uno de mis viejos amigos que me queda en Margarita, –pero que una semana antes de viajar a Bogotá me pidió plata para comprar el pasaje de sólo ida a Buenos Aires– y cantamos a todo pulmón The Pretender en ese mismo Pub pero la versión de la banda de Gabriela Lander y el gordo José Antonio de Paraguachí, o porque recordé cuando le dije a un pana “marico, vamos a esa verga” y él me dijo que iba a tratar y al final no vino por el peo de los pasajes y que por tierra no dan cadivi y el dólar negro está por las nubes; me acordé de la primera vez que oí Queen, de cuando lo ponía en Radio Jurel, la emisora comunitaria de Antolín del Campo; de cuando interpretábamos la canciones de estos coños jugando Rock Band; cuando escoñetamos la batería del Xbox tocando Tom Sawyer de Rush –que Foo Fighters tocó para colmo aquí también–; cuando fuimos a conciertos en Caracas y en Valencia porque en Caracas ya no querían prestar la UCV para grandes eventos por el peo de la grama, lo cual era sólo una complicación marica porque en Bogotá estábamos en un estadio donde le habían puesto un protector a la grama sólo para que no se jodiera por el concierto.

Jamás me había faltado el aire de esa forma. Desde Under Pressure y pasando por All my life, Best of you hasta Everlong –que fue la última canción– mi respiración fue difícil, como si me hubiera sumergido bajo el mar (¿de lágrimas?) y luchara por alcanzar las pocas burbujas de aire que veía pasar.

Con la piel de gallina, imaginé que al día siguiente me encontraba a la banda en la cola de inmigración del Aeropuerto El Dorado y les decía que había venido sólo a verlos. Dave ponía la misma cara de sorpresa de la señorita que me selló el pasaporte de entrada.

–¿De dónde eres? –Me dijo Dave Grohl.
–De un país que ya no existe. Pero igual toma esta bandera y esta camisa vinotinto, son lo único que me queda del país donde crecí. Por favor, cuídalos, guárdalos en un sitio seguro. Me enorgullezco inmensamente de ello. –Le dije antes de despedirme con un apretón de manos antes de pasar a la taquilla de inmigración para salir de Colombia.

–¡Hey, venezolano! –Me dijo Dave, del otro lado del Duty Free antes de abordar su vuelo. –Guardaré estas cosas que me diste en mi colección de cosas raras. Eres como un animal en peligro de extinción.


Volví a abrir los ojos y terminaba Everlong. La gente empezó a salir y el bullicio me devolvió a la realidad. Había estado en el mejor concierto de toda mi vida. Agradecí inmensamente a mis amigos colombianos por tal organización. Al día siguiente, cuando pasé por inmigración, no estaba la banda. Les escribí a unos amigos, esperé en la puerta con la última Manzana Postobón del viaje y abordé el avión de regreso a Caracas con sólo 10 pasajeros.

martes, 6 de enero de 2015

La primera vez que usé el seguro


Cuando me caí para escoñetarme las costillas fue arrechísimo y doloroso. Lo primero que hice fue voltearme bocarriba. Había caído de frente esplatanado como si fuera a zambullirme en el concreto. Las manos no llegaron a tiempo para absorber el golpe y los raspones. Mi pecho rebotó con el piso como si fuera un balón de baloncesto. Al voltearme, el dolor llegó después de la primera inhalación. Sentía que no tenía aire y que no podía llenar mis pulmones. Una sensación de apretujamiento recorría todo mi pecho y el dolor impedía que pudiera gritar o apenas emitir un sonido. Mis piernas las tenía arriba; sentía la necesidad de subirlas. Capaz quería inconscientemente que la sangre se me fuera al pecho a ver si se me escurría por algún lado. Me revisé con la mirada y sólo encontré un raspón en el codo izquierdo. De frente venía un carro. Antes de la caída vi que venía rápido, a toda velocidad, pero cuando me caí la redujo. Me pasó al lado, lento como un barco que zarpa y cuyos tripulantes se despiden de quienes siguen en el puerto. Los carajitos que iban en el asiento de atrás casi sacaron la mano para saludarme. El chofer y la copitolo sacaron sus cabezas a ver si había muerto o si me había roto algo interesante. Me miraron como miran las doñas del pueblo a todos los que van pasando frente a su casa. Como el espectáculo no fue suficiente, siguieron sin detenerse: sin decir nada insatisfechos de mi cuerpo retorcido.

En los años 80 mi papá era el mejor corredor de seguros de Venezuela. Tanto así que le dieron una placa. Recuerdo una vez, muchos años después, que me asomé en su cuarto y vi un cuadro grande en el que se podía ver su nombre repetidas veces después de cada año y al lado “GANADOR”. Sí, mi papá fue el campeón de los seguros. Prácticamente no había más nadie en Margarita, cuya póliza no viniera bendita de antemano. Tanto así que en Porlamar era una leyenda entre los comerciantes. Decían que si te asegurabas con Lárez, nunca le iba a pasar nada a tu negocio, ni un terremoto iba a generar pérdidas involuntarias en tu mercancía. En Tierra Firme se corría el rumor sobre mi padre. Los mejores corredores de Caracas no entendían cómo alguien podía vender tanto en una isla que no pasaba las cuatrocientas mil personas. A mi papá lo llamaban para hacer pólizas en Carúpano, en Cumaná, en Caripito, Caripe, Güiria, Puerto La Cruz, Barcelona, Guanta, Píritu y hasta en El Tigre fue una vez a asegurar a un turco o árabe de esos de Juan Griego cuya amante vivía en aquel pueblo. Así de grande era la fama de mi padre, y sin embargo, como dice el dicho “en casa de herrero, cuchillo de palo” la primera vez que tuve seguro fue a los 25 años cuando pude ahorrar para pagármelo yo mismo.

Tengo la dicha de gozar de buena salud. Casi nunca he tenido que ir a una clínica a revisarme algo, ni tampoco he pasado nunca la noche en un hospital en toda mi vida. Así que era de esos que piensan que pagar un seguro médico es una de esas cosas innecesarias en las que a esa gente que es súper precavida, estresada por el universo y planificada le gusta desperdiciar su tiempo (y dinero).

A pesar de mi buena salud, cuando era chamo fui al ambulatorio de Salamanca varias veces por asma. Recuerdo que eso se me curó solo con el tiempo. Mi mamá siempre dice que las enfermedades son un peo emocional y el asma me dio en plena pubertad. Siempre lo relacioné con eso. Apenas ya tuve pelo en el pecho y en las bolas empecé a respirar bien y el asma así como mis idas al médico desaparecieron pa-ra-siem-pre.

La vaina de pagar el seguro fue idea de mi flatmate en Caracas: que hay que ser precavido, que uno nunca sabe, que mejor invertir esa platica y no tener que lamentar, que párale bolas, que tú no eres un súper héroe, que, marico, no te cuesta nada. Y tanto me dio que al año de estar viviendo con ella le hice caso y lo pagué. Al mes de eso, había una ambulancia frente a mi casa en Margarita, y volteado bocabajo estaba pegando gritos de dolor.

Ambulancia en Paraguachí


Un par de días antes, mi hermana y yo estábamos en el Sambil babeados frente a unos patines en línea. Casualmente quedaban dos y justo de nuestras tallas. Lo vimos como una conspiración divina: nada podía ser tanta casualidad en esta vida. En la noche, cuando llegamos a casa hicimos los mil planes de cómo íbamos a usarlos. “Listo, hermana, mañana nos vamos a la playa en patines. Esos nos los ponemos, les damos chola y ya, palante”. Yo me imaginaba patinando tipo tranquilo. Imaginaba que todo el rollo de patinar era algo similar a darle en bicicleta pero más fácil. “¿Quién no se sabe parar en ocho ruedas y darle palante?” Eso era todo. Un par de amigas me habían invitado hace unos meses a patinar en Los Próceres y en La Cota Mil diciéndome que por allá alquilaban los patines y alegaban no tener mucha experiencia en el asunto. Basado en aquello compré mis patines en línea a precio viejo en El Sambil.

A la mañana siguiente, me desperté como si fuera a abrir los regalos de San Nicolás. Mi hermana llevaba dos horas patinando en la sala de la casa y ya se había dado una caída leve. “Te quiero ver poniéndote los patines”, dijo toda burlona.

La última vez que había patinado había sido probablemente hace unos 15 ó 16 años. En aquellos días las calles de Paraguachí estaban más pulidas que ahora y uno salía a estrenarse severendo regalo el 25 de diciembre junto a los vecinos quienes también habían recibido aquel trofeo para los pies. De aquel 25 de diciembre en adelante me había quedado en la memoria que yo sabía patinar y que probablemente me había caído con alguno que otro raspón más o menos suave.

Antes de salir a la playa con mi hermana, practiqué varias veces en el garaje de mi casa y en la sala. No me iba tan bien como parecía, sin embargo quise arriesgarme. Ellla dijo que le parecía más sabio que saliéramos sin patines y que cuando viéramos una calle más pulcra que la de nosotros en Paraguachí nos los pusiéramos.

Caminamos hasta El Cardón y a la altura de Fritín me puse los patines. Mi hermana se quedó atrás con mi mamá y mi padrastro viendo. Ella se los iba a poner después. Arranqué confiado. La calle era muchísimo más suave que la que estaba en Paraguachí. Se patinaba bien y suave. Aumenté la velocidad. Me sentía como si volara. Era una sensación increíble. Sentía cómo los patines me deslizaban con rapidez y cómo la adrenalina me subía por la espalda, el cuello y hasta la cabeza. Le di más duro. Mi mamá decía desde atrás “¡hijo, sí que sabes patinar!”. Yo quería lucirme, así que le di más y más duro hasta que vi a lo lejos un carro que venía de frente a toda la velocidad. Quise frenar y no supe. Levanté el pie derecho para apretar contra el piso el taloncito que trae de freno el patín y no funcionó. Traté de manejar de forma curva para frenar y tampoco funcionó. El carro se acercaba de frente a gran velocidad. Me desesperé. No quería que me chocaran en mis primeros segundos sobre mis nuevos patines. Intenté agarrame de algo en el aire como si los alambres para guindar la ropa de mi garaje estuvieran disponibles en todas las partes del mundo mientras yo patinaba. No había nada. Después intenté frenar con las ruedas, metiéndolas de golpe para impedir que siguieran girando y me fui de boca.

A los quince minutos me levanté. Mi mamá me preguntó que si me iba a quitar los patines o que si le iba a seguir dando. El dolor se había ido casi por completo. Pensé que no había pasado nada, que se me había salido el aire de los pulmones y ya. Así que me quedé con los patines y llegué a Playa Puerto Abajo con ellos. De regreso a Paraguachí sí le di a pie. Soy de esas personas que después de que tocas la arena de la playa les cuesta volver a su estado natural si no han pasado por la ducha.

A la mañana siguiente, el dolorcito que tenía en el pecho se hizo más fuerte. Tomé un Ibuprofeno con relajante muscular por recomendación de mi mamá. “Ese debe ser el golpe, hijo, no fue poca cosa”. A las ocho horas volvió el dolor y continué con las mismas pastillas. Al otro día pasó lo mismo, pero con un dolor más fuerte aún. Le conté a mi mamá y se asustó toda, llamé a mi flatmate en Caracas y me preguntó que cómo se sentía. Le dije que me dolía cuando respiraba y cuando me movía, de resto era como si algo allí me latiera. “Tienes las costillas fracturadas”, me dijo. Me explicó que no es algo que se sienta y que las costillas no es una cosa que me pudieran enyesar, que me tocaba un reposo parejo y fastidioso. “Llama a tu seguro”. Y tuve que darle las gracias.

Me mandaron una ambulancia para la casa cuando ya estaba agonizando de dolor. “Voltéate chamo”, dijo la enfermera que entró a mi cuarto cuchicheando con otro enfermero. Me agarró una nalga sin manoseármela y me pasó antiinflamatorio y analgésico. Desde los 8 ó 10 años no me inyectaban en las nalgas. No recordaba lo doloroso que era. Casi que dejé de sentir dolor en el pecho y sólo podía pensar en el dolor en las nalgas. Cuando pude incorporarme y me volteé vi al enfermero que acompañaba a la que me había inyectado. Su cara se me hacía familiar. Él, cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, agachó la cara y quiso apurar el paso. Llamé a mi mamá. Pensé que quizá se estaba robando algo. “En estos tiempos en Venezuela, hay que tener cuidado de hasta los enfermeros que llegan por el seguro”, pensé. (Después pensé que qué bolas mi pensamiento, si yo jamás había tenido seguro, cómo iba a saber cómo eran estos carajos). Cuando llegó mi mamá, el tipo no se puso más nervioso, más bien se puso a hablar con ella para evitarme.



“Entonces, no me robó nada del cuarto”, pensé.

Para salir de dudas, abrí mi boca y tratando de olvidar el dolor en las nalgas le dije: −¿Pana, yo a ti te conozco de algún lado, verdad?−. El enfermero soltó a mi mamá y asintió avergonzado. La enfermera lo vio y se tapó la boca para no reírse.

−Si, chamo. Yo era el que iba manejando el carro cuando te caíste.


lunes, 3 de marzo de 2014

Ansiedad de Jonás

Un amiga me contó que su mejor amiga había conocido a su marido por Instagram. No le pregunté cómo había sido, pero imaginé lo obvio: él le dio like a una foto. Ella lo agregó y le dio like a otra. Luego empezaron a comentarse las fotos. Luego le dieron like a fotos viejas en traje de baño. Luego comentaron las fotos viejas en traje de baño. Se mandaron un mensaje privado con sus números de teléfono. Luego se escribieron. Se llamaron por teléfono. Se llamaron por hangouts. Comieron juntos. Se besaron. Tuvieron sexo. Se empataron. Vivieron juntos. Se casaron.

Fue así que me imaginé a mí mismo en una situación similar en donde repartiendo likes a diestra y siniestra encontraba al amor de mi vida. Ese mes, mi plan de navegación del teléfono duró muy poco.

Con el tiempo olvidé el asunto y me cansé de buscar a la persona ideal por Instagram. Fue difícil darme cuenta de que la relación idílica de la amiga de mi amiga había sido una gran casualidad. Así fue que me sentí derrotado y quise seguir adelante. Hice un curso de cocina vegetariana, un curso de alemán y tomé clases de paracaidismo. Mi plan era invitarla a comer a mi casa; invitarla a conversar en alemán a mi casa o invitarla a saltar del mismo paracaídas que yo. Lo intenté; me divertí mucho, pero allí tampoco conocí a nadie que me otorgara la reciprocidad que estaba buscando; sin embargo la derrota no había sido mayor a la anterior: ahora sabía hacer pastel de chucho con soya, le había perdido el miedo a las alturas y sabía el significado de Du hast.

La siguiente etapa fue entregarme al alcohol: la salida fácil. Empecé a ir a bares con un par de viejos amigos que había dejado con la universidad. Ellos, solteros y treintones como yo, estaban en la búsqueda de féminas quizá con un propósito diferente al mío, no obstante eso me bastaba como excusa para salir a cazar con ellos. Mi estrategia aquí era la siguiente: Emborracharme. Emborracharla. Hablar fluidamente sin inhibiciones. Hacer que se enamorara de mi espontaneidad. Darle un beso. Meterle mano. Invitarla a mi casa. Acostarme con ella. Pedirle el empate a la semana. Decirle que es el amor de mi vida. Casarme con ella.

Esto funcionó. La segunda vez que salí con los chicos conocí a Juana. Ella llamó mi atención y me emborraché. Fui a hablar con ella. La emborraché. La besé. La invité a mi casa. Tuvimos sexo. Le escribí una semana después. Le dije que era el amor de mi vida. Nos empatamos. Nos casamos.

Juana era una hija única de padres divorciados. Antes de nuestro matrimonio se repartía los días de la semana en la casa de su padre y su madre. Juana era adicta al control, a hacer las relaciones tóxicas, a escudarse en sus problemas con alguien y era una manipuladora experta. Juana era morena y esbelta. Tenía una sonrisa que contaminaba la razón y una mirada penetrante color ámbar que nublaba cualquier juicio lógico. Juana era lo que yo quería.

Duramos tres años. Desde que me casé sabía que había algo que no estaba bien. Me di cuenta de que yo no había querido estar solo. Y estaba buscando aferrarme a alguien para distanciarme de mi problema. Me eché la culpa. Ella se fue con un canadiense con un yate. Destruyó mi ego increíblemente. Escupió mi virilidad; mis ganas de compartir.

Pasé un año y medio solo. Sin relaciones. Me pagué un par de putas cuando el cuerpo me pedía sexo. El resto del tiempo lo quemé haciéndome la paja con Internet. Salí con amigos. Nos emborrachamos y varias mujeres se me acercaron. Las rechacé. Rechazaba cualquier compromiso: cualquier contacto. El sólo hecho de que me desearan me disgustaba. Sentía que, con el primer contacto, me decían con sus ojos que tenía que complacerlas. Eso me hacía sentir que las decepcionaba y por eso me encerraba más. Me quedé ese año con mi porno y mis putas; mi trabajo y unos cuantos libros de autoayuda de esos que regalan las tías en navidad para el autoestima.

Al año y medio conocí a Tatiana. Yo no buscaba conocerla. No estaba buscando nada. Al salir del trabajo, me encontré con un anuncio en una cartelera de la oficina. Decía que una compañera de labores tenía a su perro muy enfermo, que un veterinario había realizado una mala praxis, que ella había gastado todo su salario y todos sus ahorros en él. En el letrero había un número de cuenta. No había ninguna foto de Tatiana: sólo de "Camy", el perro. Hice una transferencia de un monto modesto, como seguro la hicieron otras personas. El resto de la noche lo pasé metido en Facebook. Hablé con algunos viejos amigos mientras creaba algunas listas de reproducción online. Cuando ya no pude más, me fui a dormir.

Esa noche soñé que mi perro se enfermaba y unos amigos me ayudaban a llevarlo al veterinario. Luego, mi perro se curaba y le salían alas. Entonces podía ir al trabajo volando sobre mi perro. Me desperté cuando de camino al trabajo, mi perro se saltó una luz roja de una especie de semáforo en el aire y chocó con otro perro volador. El choque había sido tan estrepitoso que caí al pavimento. Me desperté con el vértigo de la caída.

Abrí los ojos. Tomé el celular. Tenía 10 notificaciones. Una de ellas no identifiqué en un primer momento: era un email de una Tatiana A. Giménez Q.:
"Hola, Jonás, ¿cómo estás? Gracias por ayudar a Camy. Ella y yo estamos muy agradecidas contigo ♥.
Besos.
Tatiana."

 Vi el reloj: 7:00 am. Me limpié las lagañas. Me cepillé. Le respondí cualquier vaina:
"Tatiana. Un gusto en conocerte. Pensé que Camy era un macho, ja ja ja. Lo que hice no es nada. Yo tengo 6 perros y sé lo que se siente tener a uno mal.
 Un abrazo.
Jonás."
 Ella me respondió al minuto: que Camy era de Camila, que para ella significaba muchísimo mi ayuda y que estaba muy agradecida. Yo le respondí otra cosa mientras desayunaba. Ella me escribió otra. Ahí empezamos a entablar una conversación epistolar que duró 12 horas o más: pasamos de perros a películas, de películas a libros y de libros a viajes. Luego hablamos de momentos perfectos, de felicidad, de compartir, de la vida y del amor.

Me volví a sentir pleno, sentí que me había vuelto a encontrar conmigo mismo y que había encontrado a alguien para compartirlo al mismo tiempo. Sentí que quería estar con Tatiana, que quería hablar con ella más, que quería compartir con ella más.

Al día siguiente no le escribí. No quería hacerla sentir que estaba desesperado. Me aguanté, me hice mil fantasías acerca de un futuro nosotros y tracé un plan: Le escribo por correo mañana y le pido el número. Luego le mando mensajitos. Luego la llamo. La agrego a Facebook. La invito a cenar. La invito a mi casa. Le pido el empate. Me caso con ella.

Fue así que me armé de valor y le escribí no al día siguiente, sino que esperé un día más por la tarde:
"Hola, Tatiana. ¿Qué tal estos días Camy?
 Un abrazo.
Jonás"

Esperé. Vi el celular. Vi el techo de mi habitación. Saqué la cabeza por la ventana. Vi el cielo. Me hice fantasías. Me acordé de mi perro con alas. Esperé. Me acordé de Juana y de la amiga de mi amiga que se casó porque conoció al marido por Instagram. Esperé más. Fui a trabajar. Volví de la oficina. Vi el teléfono. Revisé la configuración de mi correo. Me dormí. Pasaron los días. Pregunté por ella en el trabajo. Nadie sabía nada. El anuncio tampoco estaba en la cartelera. Le escribí otra vez. No tuve respuesta.

Me deprimí. Me acordé de las putas, del alcohol, de Juana, de las clases de alemán, de paracaidismo, de dar likes a Instagram de forma desesperada. En mi cuarto, vi la pantalla de la computadora. Revisé Facebook, Twitter e Instagram. Abrí mi blog. No publicaba desde año y medio. Me decidí a escribir la historia de un muchacho, de menor edad que yo. Menos solo: con más amigos. Este muchacho trabajaba en una oficina y leía el letrero sobre un hámster cuya dueña no tenía recursos para operarlo.

La dueña sí se había interesado en él, sí salieron, se enamoraron, se casaron y a los tres años se divorciaron. En su despecho, el muchacho salió con amigos, se emborrachó y le rompió el corazón a otra mujer. En su soledad después de año y medio probó ir a clases de francés, de snorkeling, de cocina japonesa...

sábado, 15 de diciembre de 2012

Temporal fin del mundo


No está claro si se acabará el mundo en cinco días, así como tampoco qué pasará en el próximo periodo presidencial venezolano. La verdad es que estas navidades están llenas de un aura de incertidumbre que, si bien, no le quitan el sueño a nadie, creo que han plagado de un toque melancólico estos últimos días. ¿Serán los últimos de algún periodo? Yo creo que sí.

La constante evolución nos va haciendo más fuertes. Está demostrado históricamente; eso sí, no sé si nos hace más inteligentes, pero quizá, sí más civilizados, aunque muchos vivamos en Caracas y nos parezca raro este término. Eso porque por estas calles encontramos caras de personas que en sus hogares viven con costumbres de la edad antigua; otros, la mayoría, con de la edad moderna y unos pocos, con de la contemporánea. Estos últimos, a pesar de llevar una bandera que avanza en un estado natural de las cosas, son los que más sufren al tener que compartir con una cantidad de asimetrías no reconocidas y que no son económicas, que no dependen de la clase social, que no son culturales, ni de poder, ni raciales: son atemporales.

¿Encontrará la humanidad un mismo tiempo el próximo 21 de diciembre? ¿Seguiremos viviendo el barroco criollo? Status quo, incertidumbre, cambios. Status quo… Creo que esta es una buena fórmula para determinar el fin de un mundo.

Yo, que siempre he perseguido esa bandera, creo que es hora de cambiar. ¿Ustedes no?

lunes, 14 de mayo de 2012

Una mezcla de nieve y volcán


Centro de Reikiavik

En el bar nadie veía el partido de balonmano. Todo el mundo estaba pendiente de la otra pantalla. Esa que ponía en primer plano a Lionel Messi para ver cuántos goles hacía en un juego de semifinales de la Champions. Al principio sentí esa sorpresa estúpida de por qué en un país que nunca había clasificado al mundial, y cuya selección nacional tenía un gran partido de balonmano, tenía tanta gente volcada hacia el fútbol, además hacia el fútbol extranjero. Después me acordé de Venezuela y me sentí estúpido. Entonces, le di un sorbo a mi birra y me quedé meditando. Un par de minutos después esbocé otra idea estúpida, sólo para aplacar el estar bebiendo solo en un bar; me empecé a sentir alegre porque estaba en el culo del mundo y la gente estaba apoyando a un sudamericano, a Messi, y bueno, yo era sudamericano, pues. Me sentí arrecho, orgulloso, y sentía que podía hablar con cualquiera y decirle “Epa, bicho, sabes que yo soy venezolano, que Venezuela queda cerca de Argentina, pues, o sea, que yo tengo la misma sangre que Messi” y entonces pensé en Chávez, en las paradas de autobús sin reloj, en la gente que aquí también le va a muerte al Madrid o al Barça y me sentí como un bobo.

Así fue que me imaginé a un islandés, un chamo como de mi edad que bebe solo en un bar en Caracas. En el sitio, que es una tasca de chinos en Chacao, está viendo un juego de béisbol en donde se siente identificado con un jugador español que todos en el bar adoraban. Pero no pude imaginarme a un islandés feliz por un español, pensé que el beisbolista en cuestión debería ser noruego para que hubiera mayor empatía territorial, entonces empecé a construir la imagen de un Thor un poco menos papiado con un bate de béisbol y vestido con la ropa típica de Los Leones del Caracas. Así de absurdo, el islandés, que por alguna razón estaba en Caracas, veía el juego de pelota, cruzando los dedos por el noruego beisbolista. En medio de aquella algarabía el joven nórdico imaginaba que por la puerta del bar entraría una venezolana de más de 1,70, así como las ha visto en la televisión o buscando “venezuelan women naked” en Google o viendo videos de Reggaeton en Youtube, pero sólo entraban chicas que si bien, no le quitaban el ojo de encima, no era lo que él estaba buscando. Me sentí triste por el islandés, así que cerré la tapa de imaginaciones superfluas y seguí con la birra de 900 coronas en la barra del Hressó Bar esperando que alguien viniera a sacarme conversación.

En las calles de Reikiavik la gente podía ser tan amable o tan anti parabólica como fueran las necesidades de quien mira. Todos los islandeses, rubios y altos, hechos a imagen y semejanza de sus dioses nórdicos (y nórdicas) parecían haber salido de un catálogo de revista. No había uno que no pareciera imbuido por algún tipo de magia ancestral de esas que ocultan la imperfección humana y engrandece la belleza y rectitud.
En la mitología escandinava, la belleza tenía que ser islandesa, pensaba cada vez que veía a un local en la calle. Y de repente pensé en un Miss Universo onírico, animado por Gilberto Correa, donde la chama de la recepción del hotel, o la chama que vendía desayunos en el restaurant italiano, o la chama del bar, o la chama de la agencia de viajes, o la chama de los perro calientes islandeses, o la de la biblioteca municipal, o cualquier chama de Reikiavik, vencía en el certamen a Venus, Hathor, Scarlett Johansson o Astarté y éstas últimas, tradicionales diosas de la belleza occidental, se rendían ante los pies de la islandesa perfecta que con solo una sonrisa era capaz de poner de rodillas a cualquiera.

Esa noche, cuando el partido del Barça-Milán terminó, el bar se quedó solo. Sólo una mesa y yo veíamos el de balonmano: una suerte de baloncesto con portero, en una cancha que me recordó muchísimo al Gimnasio Ciudad de la Asunción. El equipo de Islandia tenía un uniforme igualito al de trotamundos, mientras que los noruegos también tenían uno con rasgos de básquet, pero rojo. No voy a negar que ver este deporte en TV me parecía raro, sin embargo, ya lo había jugado en Margarita: el paraíso de 30 grados centígrados donde no sólo se importan quesos y electrodomésticos, sino también deportes y unos cuántos gringos.

Islandia es conocida por su mezcla de nieve y volcán. En la zona de Géisers uno puede ir caminando sintiendo el frío ártico en la piel, mientras sale un chorro de agua a más de cien grados del piso y entonces sentir un calor (y olor) fuerte. Pero ese frío con calor no sólo forma parte de la geografía natural de la isla. Esta es una condición que incluso vive dentro de la gente. Fríos como un iceberg, los islandeses no hacen contacto a menos que sean llamados. Sin embargo, apenas se les apela, prestan su total disposición al prójimo. El verbo ayudar está tatuado en sus pálidas pieles con una tinta china.

Puedo mencionar algo que me sucedió una semana antes de llegar a Reikiavik cuando cuidé a un bebé en el metro de Copenhague. “Are you lost?” Nos dijo una catira altísima con un coche, un bebé y ropa de invierno, que salió de la nada. Estábamos buscando cómo llegar a la Estación Central desde Islands Brygge (la zona más islandesa de toda Dinamarca), al mismo tiempo que no comprendíamos cómo era que estábamos en el andén sin pagar el ticket de metro. “¿Será qué es gratis?”, dijo uno. “¿Es que hay que comprarlo en el tren?” asomó otro cuando cayó el are you lost? de la treintañera con el coche.

Le di mi tarjeta de crédito con la confianza de que en Dinamarca no te roban y ella me dijo que le cuidara el bebé mientras iba y venía. En un minuto volvió con un pase para cuatro personas y mi recibo. Nadie chequea que hayas comprado el ticket. “Solo lo pagas porque hay que pagarlo”, nos dijo Sigríður Jónsdóttir (El primer nombre se pronuncia Sika, para el segundo no nos esforzamos: era muy pelúo), mientras nos indicaba cómo llegar a la Estación Central. “¿Adónde van luego de dejar Dinamarca?”, preguntó en inglés, “Ellos van a Escocia, yo voy a Islandia”.

Sika sacó su teléfono y me preguntó cómo me llamaba. Inmediatamente me agregó en Facebook y me dijo que ella era islandesa que si necesitaba algo no dejara de escribirle, que en Islandia la gente es muy alta, que si nosotros éramos españoles porque éramos “darker” que la gente aquí, que en Islandia hay que probar los dulces, que nos bajáramos en esta estación, que nos escribimos luego, que está a la orden.

Una semana después aterricé en el Keflavíkurflugvöllur. En donde, al apenas salir del aeropuerto, un rubio gigante tomó mi maleta y me invitó a tomar el autobús, que él era el chofer, que está a la orden para lo que necesite, que bienvenido seas a Islandia, que no dejes de visitar la Laguna Azul, el Golden Circle, que vayas a ver las ballenas, que no dejes de comer hot dogs, que compres chocolates.

Y sí, hice todo lo que el chofer y Sika me dijieron que hiciera. Sólo que no vi ballenas, pero sí delfines. No eran esos delfines que a uno le salen cuando va en el ferry convencional a Margarita, éstos eran blancos e inmensos: “White dolphins” dijo la guía turística.

Los noches pasaron entre nieve, extranjeros, piscinas y bares. La última noche conocí a varios turistas en el bar del hotel: primero a una pareja de Salzburgo que se habían quedado una semana en el hotel Flamenco en Margarita: “lo único malo de Venezuela es que la gente no sabe hablar inglés”. Después un tipo de San Francisco: “¿De Venezuela? ¡Qué bien! ¿Tomas tequila, no? ¡Mi jardinero es mexicano!”. Petr, de Pilsen: “Me encanta el Ron Pampero”. Una irlandesa que vive en Londres: “Tengo una pregunta, ¿Chávez es dictador o no?, a veces no entiendo”. Mientras que los austriacos me pedían que les explicara Cadivi porque “cuando pagábamos con efectivo, uno se da cuenta de que Venezuela es un país barato, pero si pagábamos con tarjetas todo salía más caro, casi el doble o el triple; más caro que en Suiza”. Y por último conocí una española, única alma en la frontera del con el Polo Norte que podía entender la mezcla de fonemas que suelo producir: “Por favor, frente a esta gente, háblame en inglés”.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Sólo con la mirada


Moisés Lárez
Para Ariana Marcano

En la niñez uno cree que es muy difícil conocer al amor de su vida. Uno empieza a tener más inteligencia que el perro, se está aprendiendo el nombre de los colores y está jodiendo a una caraja, como de 24 años que le tocó sacar la licenciatura en la UDO, con el ma-me-mi-mo-mu, ca-que-qui-co-cu.
El concepto del amor puede ser algo así como lo que veíamos en las telenovelas mientras mamá nos acostaba a dormir o esa relación rara que mantenían papá y mamá de amistad con besos en la boca. Eso podía ser el amor.

Sin embargo, uno sí se enamoraba.

A veces, la adultez nos hace olvidar ciertas cosas; los recuerdos felices de la infancia pueden quedar trancados por frustraciones, traumas o pare de trastornos psicológicos que duermen al Peter Pan dentro de uno. Más allá de las ganas de besar a alguien: cosa sin sentido y poco higiénica. Lo que sentía de niño era distinto. El amor era una admiración por la belleza; esta última palabra entendida como un concepto también primitivo para alguien de tan poca edad y sin experiencia.

La belleza primitiva era como todos los estados primigenios: tosca y básica. Una búsqueda por el físico perfecto, pero no cualquier físico; ya que al no existir instintos sexuales fuertes, esta necesidad era la de encontrar a alguien a quien admirar estéticamente. Así, a los seis años, me gustaban las niñas estéticas: aquellas cuyos ojos brillaban, cuya tranquilidad compensaba su apariencia y cuyas palabras sonaban como una melodía. Así, de forma primitiva, me enamoré varias veces.

A veces recuerdo aquellos amores inciertos, aquellas caras infantiles, aquel pensamiento despojado de otra cosa que no fuera admiración y cariño, aquellas profundas ganas de decir “te amo” aunque su carga semántica no tuviera que ver con la actual. Era aquel momento en el que el tiempo no pasaba, y en el que la memoria no se preocupaba por llenarse. Caroline Ebel, Daniela Méndez, Andrea Agostini. Todas fueron admiradas en épocas distintas, todas de formas distintas. De ellas ideé un modelo primitivo: el esqueleto que llené de peroles y manguanguas con el tiempo y las experiencias.

Cada uno edifica su modelo a su tiempo, lo llena de cosas y le da personalidad: modifica esa forma primigenia, lo evoluciona y lo adapta a la época. Así nos enamoramos, así pensamos en la mujer ideal: una mezcla de esto con aquello, condimentado de esto otro, pero con esa base original siempre presente. A veces me pregunto cómo sería volver a los orígenes; cómo sería encontrarse con esa persona y sólo mirarla moverse y sonreír; cómo sería pasar un minuto de nuevo en la niñez. Yo aún (hoy) no he podido volver a vivirlo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un cliché guayanés (breve de mi nacimiento)


Nunca nadie me dijo cómo había sido exactamente.

El parto estaba planeado para un día de enero. Todo el mundo esperaba que fuera un día ni tan cercano a los primeros del año, ni tan lejano para ser acuario. Supongo que mi madre sufrió una de esas alteraciones posviajes donde todo el organismo cambia porque no se encuentra en su hogar.

Yo vine a nacer en Ciudad Bolívar. Como hasta los 12 años pensé que era una mítica ciudad, por el salvaje Orinoco que dividía el territorio con el estado Anzoátegui; por el macizo, que según mi madre evitaba todos los terremotos en Guayana, y por la televisión por cable que no había llegado a Margarita.

Mi mamá había viajado para allá porque mi tía Xenia vivía ahí y acababa de tener a Javielito. Con él nació una rivalidad que dura hasta ahora. A veces somos tan iguales que a excepción de un dígito compartimos el mismo número de cédula y tan diferentes que no se sabe si somos primos, enemigos, hermanos o totales desconocidos. Él, de un parto normal, tenía un peso increíble, “nació bien alimentado”, había dicho el médico; mientras que yo, nacido una semana después, parecía un prematuro normal: “a la incubadora”, dijo el doctor.

Mi papá no se creyó la historia. “¿Un ochomesino el día de los inocentes? ¡Vayan a engañar a otro!”, dijo mientras estaba con algún amigo en Porlamar. Al final mi abuela llamó a mi abuelo, mi abuelo a mi papá y se creyó el cuento a medias. Cuando llegó a Ciudad Bolívar al día siguiente y me vio, descubrió que no era un chiste.

Para mi madre fue menos complicado. De verdad yo no di ningún indicio de nacimiento, supongo que no quería andar molestando a la gente. Es como una inyección; si te dicen “te van a inyectar mañana”, pasas toda la noche pensando en la puyada. Mientras que si no te dicen nada, te llevan al médico y, de repente, te sorprenden con una inyección, será menos traumático. Así fue para mi madre. Fregó los platos del almuerzo, se sentó en una cama a ver “Cambalache” por Televén y se dio cuenta de un charco extraño. Mi abuela que andaba por ahí le dijo que había roto fuentes y mi mamá no se lo creía. De verdad no sentía nada. Mi abuela dijo “vas a parir” y mi mamá “bueno, dile a Xenia que prenda el carro”.

Entonces, nací y mi papá no creía nada. La gente tiende a hacer bromas los 28 de diciembre. Yo nací ochomesino.

Con mi papá vino mi padrino. Mi padre tenía la costumbre de no abandonar a sus amigos, y ellos tampoco lo abandonaron a él. Era un momento de bonanza económica –o por lo menos para los Lárez de Carapacho–. Aunque mi padre siempre rotaba sus compañeros de camaradería, con el tiempo unos fueron quedándose y apareciendo cada cuántos años, otros, pocos, fueron leales y frecuentes hasta el día de su muerte.

Días después fueron a registrarme a la prefectura del Municipio Heres. Con una partida de nacimiento interesante, fui inscrito años después en un colegio donde la mayoría de mis compañeros eran inscritos con sus pasaportes suizos o alemanes o partidas de las prefecturas de Mariño, Baruta y Vargas. Gracias a Heres, pude presumir unos años.

No sé cómo fue la primera vez que sentí el calor de Margarita, pero fue ocho días después de mi alumbramiento, ya en 1989. Con los años fue creciendo una relación amor-odio con la isla. Se convirtió como en una madre a la que se deja por ir a la universidad en otra ciudad. Afuera la queremos y la extrañamos mucho y la llamamos por teléfono a cada rato. Pero basta que uno pase un mes bajo sus leyes para querer salir de su jurisdicción.

Así crecí en Margarita, en donde a veces presumí mi escasa guayanitud, pero luego, afuera, en tierra firme, siempre hable de mi margariteñidad. Sin duda una perla que me dio acento, léxico, calor e himno. Algo que no cambiaría.

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...