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martes, 25 de julio de 2017

Ciudad Fénix

Marico, a Juan Andrés la compañía lo va a trasladar pa’ la casa. Me dijo que se va con la esposa y los hijos. Que al principio le dio como paja, pero que lo habló con la mujer y bueno se van para allá. El pana está súper contento, no sabes. O sea, medio cagao pues, pero va a echarle bolas. Los hijos de él tienen 10 y 12 años, hablan con el acento ese pajuo y jamás han ido. Juan tiene una ilusión inmensa de que los carajitos amen Venezuela como él. ¡Qué bolas esa vaina!, ¿no?

No te creo. ¿Cuándo se va?... María, yo también me voy. No aguanto este país de mierda. También me llevo a mis carajitos.

¡QUEEEEE! ¿De pana?

Sí, marica, de pana. Vamos a echarle bolas.

Berro, marico, qué sorpresota. Sabes que yo lo he estado pensando también porque todo el mundo se está yendo. Después del divorcio quiero es estar cerca de los viejos. Y bueno, ya la cosa no es como antes. Pero igual no sé. ¿Regresar?

Sí, marica. Regresar. 

¿Va a ser todo como antes?

No creo, estos bichos dejaron todo hecho mierda, ja, ja, ja, pero en algunos años vamos a estar mejor, eso sí. ¿Te imaginas, tipo que hagan el Por el medio de la calle otra vez? Nosotros caminando por esa verga borrachos como a las 10 de la noche como hace un montón de años.

Ja, ja, ja, ¿huevón y con quién dejo el carajito?

Con tu mamá, ella seguro contenta ¿no? Mira, de pana creo que las cosas van full para mejor. Imagínate el nivel de lo que está pasando que los chamos de Americania se devolvieron también y volvieron a montar la banda. ¡Ah! y los de la Vida Bohème también.

¡Whaaat! ¿Americania se volvió a juntar? Lo de La Vida lo vi por Facebook sí. ¡Chamo cómo extraño Caracas! Me imagino ir que si a los chinos alemanes, caernos a curda y después que si despertarnos para salir al Ávila en la mañana.

Mamahueva, ¡ya no tenemos 25!




¿Regresar, chamo?

¡Regresar, sí! Renuncia a esa trabajo de mierda. En Caracas tienes donde llegar los primeros días y después vas viendo.

Regresar.

Va a ser igual que cuando nos fuimos, pero más fácil. Velo por este lado, ya no tenemos el peo de tener que sacar los papeles.

¡Coño, yo sí tengo, cabrón! Tengo la cédula vencida desde hace un verguero de años. ¡Y el pasaporte! Tengo aaaaños sin viajar con pasaporte venezolano.

Eso lo sacas rápido, chica. Vas ahí al consulado y listo. A Ariana se lo dieron en Argentina pal día siguiente. De pana que este brother está haciendo las cosas bien. Todo es más eficiente, más seguro. Vamos pa’lante. Todo el mundo está contento.

¡Qué bolas!, ¿no? Yo pensé que esa mierda se iba a quedar así para siempre…. como Cuba. Qué arrecho. No me lo creo.

Yo tampoco. Tengo la misma emoción que sentí aquel año que clasificamos al mundial.

¡Sííí, marico! yo no me creía esa vaina.

Entonces, ¿juntamos las familias para hacer las hallacas este diciembre?

¡Dale! Yo lo que quiero es una chicha de la Central. 


¿Bueno, nos vemos en Caracas?

*




¿Y tú, lector, nos vemos la próxima vez en Caracas?


viernes, 7 de agosto de 2015

Más vida (bohème), Venezuela

Así en medio de la algarabía me acordé del día que le echamos el cuento a la mejicana, marico.

Nos hizo esa pregunta pajúa por las colas. La paja se la había echado la televisión como a los demás. Así que apenas nos oyó el “chévere”, soltó la lástima sobre nuestro abolengo: “qué lata que tengan que hacer colas para comprar papel de baño”.

¿Sabes? Yo soy de esos carajos que adonde llega siempre anda hablando bien del país. Soy uno de esos huevones que sueñan que algún día será un lugar más de pinga. Pero también te voy a ser franco, mi pana, también lo hago porque, bróder, uno no puede andar hablando huevonadas del país por ahí por el mundo, chamo. Menos uno que medio le alcanzan los reales para viajar. Entonces, hay que dar el ejemplo. Tipo que llegas a una mesa a tomar a unas birritas calidad y hay un bicho de Polonia, un alemán y dos gringos. Marico, te van a preguntar de dónde coño e’ madre eres. De bolas que el polaco y el alemán saben y entienden el peo de Chávez, la revolución y hasta la cagada que hay ahorita, pero vas a tener que explicarle a los gringos que Venezuela es un país diferente de México y toda la huevonada chimba y, vieja, no-pue-des hablar paja. Sí, se te puede salir algo chimbo por todo el peo de ahora, pero mierda no, hermano, ¿sí me entiendes? O sea, tampoco los vas a caer a mojones, porque la gente está clara, pero sí le tiras lo bonito adelante para que los bichos no se caguen todos y coño tú vayas bien en la mesa, compa, y capaz una de las gringas es un culito y ¡zas! se lo zampas por su Monte Rushmore esa noche y dejas a la patria de Bolívar en alto.

Como te dije, cuando alguien me preguntaba algo así, marico, como la doña mejicana, yo me armaba, jugaba mis cartas inteligentemente, mi hermano, Truco, embido, ¡quiero! y listo el pollo le metía ese huevo pelao al peo del país y además le caía bien a la gente. Pero aquel día no sé qué pasó, chamo, la verga no salió. Me quedé desarmao y hasta terminé admitiendo, huevón, lo que ahora todos los que vivimos afuera decimos como si fuera cualquier vaina. Tú sabes, esa mierda de que de pana con Chávez vivíamos mejor.

Al concierto llegué solo. Otra mejicana que no es la que te estoy contado arriba me regaló la entrada. Sí, mi pana, aquí hay burda de mejicanos. Te cuento que de vaina he hablado inglés en esta verga. Todo el mundo habla paja de Miami, que allá lo único que se oye es español todo el día, pero eso es porque nadie ha venido a Chicago. Esta vaina es “Viva México, cabrones” por todos lados, tanto que el viajecito que quería hacer para el DF para jartarme de comida mexicana que tú sabes que me gusta el picante que jode, ya no lo voy a hacer, marico, porque aquí hay una zona que se llama Cícero, o una ciudad, como dicen, y esta verga, mi pana es México, ¿oyó? Chicago no es sino un exclave entre Wisconsin e Indiana, ¿sabes? como un Kaliningrado mexicano. Si no me crees, googlea “Telemundo Chicago” y verás que sí. Verga, me desvié, ¿qué te venía diciendo? Ajá, a la mejicana esta la conocí en un Meetup de inglés. La pana organizaba un grupo de conversación y yo me lancé un día. Al final hablamos de gustos y cosas y cuando les tocó hacerme preguntas a mí me dispararon que por qué no iba al Ruido Fest. Esa vaina era un festival de música rock mejicana con algunos invitados del resto de Latinoamérica, pero serio porque no invitaron a Maná, ¿ves? Yo dije que coño, que de pana sólo quería ir por La Vida Bohème, pues, pero que, marico, no iba a pagar 50 dólares para ver a una sola banda. Entonces la mejicana me dijo, que a ella le habían regalado un pase de tres días y que para el domingo ella no podía ir porque tenía full trabajo, pues, y que si yo me quería lanzar que ella me daba el ticket. Y yo quedé, woow, qué de pinga, gracias, chama, de pana en serio que gracias, no sabes lo alegre que estaba, ¿viste por qué te digo que uno no puede andarse con mierdas en la calle?

Entonces me lancé pal concierto, bróder. Justo el día del show, la chama se apareció con el jevo para darme el ticket y me ofrecieron la cola pal festival. Iban en la vía, won, porque aquí dar la cola es forzao por el tema de la gasolina. No es gratis como allá.

Eso fue lo que me desarmó todo, chamo, el tema del precio de la gasolina. La doña mejicana, la otra, no la que me regaló la entrada, nos preguntó en su casa que cómo coño (no con esas palabras, pero así lo entendí yo) un país subsidiaba la gasolina y no se encargaba de la comida del pueblo. Y, ay chamo, de pana, que no me hagan hablar que voy que quemo, marisco… pero no tuve respuesta. Me quedé callao. O sea, de pana que obvio que le iba a dar la razón a la doña, pero, mi bien, no pude sacar sino fue peste ese día y me da arrechera contarlo.

Y sonó “El sentimiento ha muerto”. Marico, se me erizaron los pelos de los brazos. Chimbo-chimbo, me hacía falta haber ido con un pana para tripear, won, qué arrechera que te negaron la visa.

El Ruido Fest estaba pelao. Llegué como a las 2 de la tarde y La Vida Bohème tocaba a las 2:45. Me fui chola pal stage donde iban a tocar los panas y eso estaba naiboas con papelón. Me cagué un pelo, porque iba a ser burde chimbo que los panas vinieran de tan lejos y nadie les parara bolas aquí. Entonces, mientras llegaban los bichos me tomé par de curdas soledad bravo frente a la tarima. Los chamos se aparecieron al ratico a instalar los equipos. ¿sabes qué cosa de pinga pasó? Nada, marico, que yo estaba bebiéndome la birra ahí en la primera fila cuando la vaina se empezó a llenar de venezolanos. Se armó un limpio, pensé. Y seguí con mi curdita. Una jevita se apareció con una bandera de Venezuela y todo chamo. No sabes cómo se me puso la garganta cuando vi esa verga al tiempo que Henry soltaba los probando uno-dos-tres y vino el otro pana el bajista, el que estudió ahí en el Peñón que Graciela le dio clases, ¿sabes? que un día nos los encontramos en la panadería de La Trinidad y Graciela nos los presentó, Rafael, vale, acabo de ver en Wikipedia, bueno, ese bicho viene y me pregunta que si mi franela es de Coba y yo sí,  marico, sí es y él qué de pinga, hermano, tripea. Y nada, chamo, se me acabó la birra y me quedé ahí fajado con la primera, obvio, Radio Capital.

Y verga uno estando solo, lejos y sin conocer nadie en esta verga uno se pone a pensar huevonadas y más con Henry preguntándote cada dos minutos que cómo va a ser la vida mejor y que nadie le respondió. Y tu cabeza te hace juegos, tu garganta se endurece y tus ojos, marico, si no te digo, mis ojos se aguaron mal. No lloré porque me daba paja que me vieran así, pero me sentía brutal-chimbo. Yo de pronto dejé de estar ahí y sonó “El sentimiento ha muerto” y aparecí en Caracas, en la Sadel o en Zona Rental, en este mismo Ruido Fest, pero explotado de full de verdad, con mis tukys, mis chamos que arman la olla, mis jevitas que había que proteger, mis panas de la uni, qué sé yo marico, me imaginé que estaba en el 2007… no, no, quiero decir que me imaginé que la Venezuela del 2007 todavía existía, cuando apenas empezaba la universidad, cuando nadie quería irse, cuando no había que ir a comprar con cédula, ¿sabes? cuando los peos más grandes del país eran esa mariquera que llamábamos diferencia de ideología con la que nos marearon como catorce años y nos pusieron a pelear para un coño: para terminar todos hechos mierdas igual. Chamo, la soledad, el estar en Chicago rodeado de venezolanos cartel, las birritas, la bandera moviéndose, y “Nicaragua”, esa fue la última, y te lo juro, ahí me fui ido y vi a mi mamá jodiéndose por allá, a mi hermana viendo cómo coño termina la universidad para irse parco, mis amigos dándole coñazos a un teclado mientras tratan de meter Simadi para ver si compran un boleto pa’ donde sea, me acordé de esa época de Parguito, de las empanadas de doña Eudys, del sabor de la guasacaca en la masa, del primer mordisco, el maridaje de la malta, los pies en la arena caliente bajo la sombra del techo de zinc del puesto de Eudys, la brisa, del sonido de las olas y de los rayos de sol.

Viví toda mi vida en ese instante.


“Otra, otra” gritamos a todo pulmón todos como unos huevones mientras desinstalaban los aparatos y los chamos en la tarima después de la reverencia nos señalaban su reloj de pulsera todos frustrados.


martes, 5 de mayo de 2015

La vez que fui a pedir la visa de turista para EEUU


“¿Adónde quiere ir en los Estados Unidos?”

Mi pie derecho tembló cuando el catire hizo la pregunta. Ese momento fue como si el tiempo se detuviera para mostrarme un mapa holográfico de los 48 estados circundantes por donde mi mirada pasó intempestivamente. Lo primero que se me vino a la cabeza fue decir “Georgia” y pensé que no tenía cómo justificarle al gringo por qué quería ir para allá y no a Miami a visitar unas tías como el resto de los que habían pasado por allí hoy. Mi cabeza se fue a 1996 en los días de las olimpiadas de Atlanta por Venevisión; recordé esa tarde cuando la nadadora china Le Jingyi se llevó el oro y en mi casa, a miles de kilómetros de Georgia (y de China), en un pueblo casi inhóspito de una pequeñita isla del Caribe llamado San José de Paraguachí por algunos conquistadores puritanos españoles del siglo XVI, mi familia que constaba de una mamá soltera, una abuela evangélica y dos carajitos de 2 y 7 años celebramos a gritos, como si nuestra isla hubiera logrado la independencia de Venezuela o como si Venezuela hubiera logrado entrar a un mundial de fútbol. La razón de esta celebración se remitía a 2 años antes; justo dos meses previos al nacimiento de mi hermana. En esa fecha, la misma china había impuesto el récord mundial de 100 y 50 metros libres en nado y había sido nombrada atleta del año por la “United Press International” y como mi mamá siempre ha sido contracorriente (aunque nunca quiso definirse como hippie, estoy seguro de que si fuera una pava ahorita y tuviera que jode real, fuera hipster y viviría que si en Ulán Bator) decidió ponerle a mi hermana, dos meses después, Jingyile Teresa.



Me imaginé la cara del gringo cuando le dijera: Mira, yo la verdad es que quiero ir a Georgia, mi pana, porque cuando yo era carajito estábamos frente al televisor viendo Venevisión, y me acuerdo de las olimpiadas de Atlanta y de cuando la china Le Jingyi que nosotros pensábamos que era japonesa ganó la medalla de oro. Me acuerdo de queeee, verga, en la casa lloramos de alegría. Mi abuela hizo esa tarde una batido de níspero con leche condensada bien rico y mi mamá hizo un brazo gitano que le quedó bien bueno. Me acuerdo de que celebramos muchísimo, como si esa Le Jingyi fuera en realidad mi hermana y de sólo pensar en estar en esa misma ciudad se me erizan los pelos. La verdad es que quiero ir al sitio donde la china se llevó la medalla de oro, hacerme una selfie y mandársela a mi hermana y mi mamá y quizá, ¿por qué no?, echarme un baño de piscina ahí, claro, si me dejan, no creas que me voy a meter en la piscina así sin pedir permiso.

Después de oír tan empastelado cuento, al cónsul no le quedaba de otra que decirme “visa negada”, para por lo menos mantener la seriedad de su cargo.

Un mes antes de ir a la Embajada de Estados Unidos en Caracas, con 25 años y ya al haber recorrido la mitad de Sudamérica y Europa, Rusia, haber tocado África, haber llegado al Océano Ártico y haberme echado un baño de playa en el Mar Báltico, mi roommate me dijo que por qué coño yo no tenía visa. Yo le dije que no me interesaba en nada ir a Estados Unidos, le medio conté la historia de Atlanta 96 como que era lo que me interesaba más y ella me reviró el ojo. Me dio un discurso de que era importante, de que muchas aerolíneas pasan por allí y necesitas la visa incluso para hacer escala, de que me abriera la cuenta en un banco allá, de que visitara Nueva York porque era arrechísimo, la ciudad de SpiderMan, ¿sabes? Y bueno, por ahí me agarró.

Me fui un día de esos a la página web a regañadientes. Me tomé la foto que tienes que cargar en el website con el celular y de vaina le paré a las indicaciones que pedían, llené todo el formulario y me dieron cita para dentro de dos semanas. Recuerdo que tuve que hacer un depósito y ya. En la noche anterior, mi roommate andaba toda alegre, como si fuera a una especie de graduación de primera comunión donde ella me apadrinaba.

Llegué a la embajada e hice una cooola inmensa. Desde el principio te das cuenta de que todo está organizado de una manera muy diferente en las que se organizan las cosas en el país. Mis compañeros de cola, para suerte mía eran todos chamos, aunque ellos iban a pedir la visa de estudiante para mejorar el inglés o meterse en algún máster. Detrás de mí tenía un chamo como de 16 años que jamás había salido del país, ni tampoco sus padres, pero que habían reunido unos churupos para mandarlo 4 meses a estudiar inglés antes de que empezara la universidad. La chama delante de mí iba a hacer un máster en ingeniería electrónica en una universidad en Delaware. Y la chama más adelante de ella se iba a hacer un curso de un año en Nueva York. Yo era el único que había ido a la embajada sin propósito “porque una amiga me dijo que viniera” y que según ellos me la iban a rechazar porque era soltero, sin hijos, sin propiedades, tenía 25 años y era un absoluto pobre desclasado. El perfecto target para negarle la visa “porque te vas a quedar a trabajar de ilegal”.

Cuando la cola siguió avanzando pasamos a una sala de espera con sillas y un televisor. La pantalla pasaba un documental sobre los parques nacionales de Estados Unidos. Recordé una conversación entre copas que tuve con una amigo en Margarita sobre viajes. Él decía que sin duda, si no quería ir a Gringolandia por lo mainstream, lo pensara dos veces porque los parques nacionales valían la pena muchísimo. El televisor mostró un géiser que hacía erupción en Yellowstone. Hasta ese momento no sabía que en EE.UU. había géiseres. Lo único que sabía de Yellowstone antes de llegar a la embajada era que ahí vivía el oso Yogui. A mí todo el asunto de los géiseres siempre me llamó mucho la atención. Muchos años antes, cuando pude pagarme mi primer viaje fuera del país, decidí ir a visitar el pedazo de tierra más lejano que mi presupuesto me permitiera llegar; así fue como terminé en Islandia entre géiseres, nieve y volcanes: una experiencia brutal.

Geyser en Yellowstone

Cuando ya estaba en la cola para ser abordado por alguno de los cónsules recordé las historias de varios amigos: la del hermano de un pana que le habían negado la visa 4 veces, la de una chama que se había puesto a llorar tan fuerte después del rechazo que la seguridad de la embajada la tuvo que sacar, y la de cónsul que era como chino, pero en realidad era un gringo que era el más arrecho y malo, porque no te aprobaba una visa si no tenías casa propia. En los puestos de interrogación, la gente asustada atendía las preguntas del inquisidor norteamericano. Se veían familias enteras asustadas, con carpetas inmensas debajo del brazo, llenas de papeles de vida y con caras de terror más esperanza. Como con ese sustico que nos daba frente al carajo de alguna tienda afuera de Venezuela mientras esperábamos a ver si pasaba nuestra tarjeta de crédito venezolana. Los entrevistados tenían cero privacidad ya que desde la cola se escuchaba todo. “¿Tiene familia en EE.UU.?”, “¿en casa de quién se va a quedar?”, “¿tiene propiedades en Venezuela?”, muéstreme sus estados de cuenta de los últimos dos años, ¿qué va a hacer en Estados Unidos?, ¿cuál es el motivo de su viaje? Mi arrepentimiento por no haberle parado bolas a mi roommate en que tenía que ir preparado para la entrevista empezó a crecer con los segundos que tenía en la cola. Me empecé a dar duro a mí mismo achacándome las bolas que tenía para sólo traer una referencia bancaria; esas que no dicen cuánta plata tienes, sino tantas cifras bajas o altas (aunque las mías siempre han sido bajas por pobre) y una carta de trabajo que me había hecho Guillermo, un pana, un días antes y que no le habíamos podido poner el sello de su empresa.

Los “negada” y “aprobada” retumbaban en el pasillo como una voz de ultratumba. El momento era como si un espíritu entrara dentro del cuerpo del cónsul por los segundos en los que abría la boca para darle la información al pobre ciudadano de segunda desde el más allá.

La chama que iba más delante de mí le aprobaron su visa de estudiante por un año. Yo era el siguiente en la cola y avancé hacia el cubículo del catire cuando me hizo un “ven” con las manos.

–Buenos días, ¿cómo le va?

–Muy bien, gracias. –Dije con las bolas en la garganta. No quise agregar más nada. Según todo el mundo uno sólo debía decir en el cubículo lo que te estuvieran preguntando.

–¿Adónde quiere ir en los Estados Unidos?

–A Yellowstone… –El catire puso una cara de intriga por lo que me sentí obligado a completar– …por los géiseres.

Cuando terminé mi explicación, él bajó la mirada, vio algo en su computadora y cambió su cara de “¡Este mamahuevo cree que me va a engañar!” a “claaaaro, ¿cómo no lo había pensando?, tiene sentido” y dijo:

–Visa aprobada.

–¿Paso por DHL? –Dije con la naturalidad de practicar un discurso al espejo.

–Sí. ¡Siguiente! –Y le hizo señas a un señor en la cola que estaba detrás de mí y que nunca había visto.



martes, 3 de febrero de 2015

Un venezolano vio a Foo Fighters en Bogotá

–¿De dónde eres? –Me dijo Dave Grohl.
–De un país que ya no existe. Pero igual toma esta bandera y esta camisa vinotinto, son lo único que me queda de donde crecí... –Le dije antes de despedirme con un apretón de manos y de pasar a la taquilla de inmigración para salir de Colombia.

Tres días antes salí de Caracas, emocionado por reencontrarme con Bogotá, mi segunda ciudad favorita de Latinoamérica, por supuesto detrás de São Paulo.

–¿Qué viene a hacer a Colombia? –Me preguntó la encargada de inmigración.
–Vengo a un concierto.
–Ah, no me diga que viene acá solamente a ver un concierto. ¿Dónde es?
–Sí. De verdad. Acá en Bogotá.
–Hoy como a las 7 pasaron unos rockeros por aquí. Pero eran como viejos, pues, como cuarentones. ¿Serían ellos?
–Eran demasiado ellos. Qué lástima que no pasé por aquí un poco antes. ¿Foo Fighters, sabe?

Cuando nos enteramos que Foo Fighters venía a Sudamérica, supimos que el chance de que vinieran a Venezuela era súper bajo. Ya había pasado más de 4 años del mítico concierto de Metallica en Caracas y dos de la segunda vez que vino Aerosmith, donde abrió Del Pez, quizá el último gran concierto de rock que vivió Venezuela. A los días anunciaban que la única fecha del hemisferio norte de América del Sur sería en Bogotá. Con el cupo electrónico de uno compramos las entradas, con otros dos cupos cadivi compramos el regreso en Kayak porque en bolívares sólo había de ida.



Después del telonero, apareció Dave Grohl a la media hora. Antes del concierto nunca supimos quiénes iban a abrirle a Foo Fighters. En Brasil, Argentina y Chile el show lo había abierto Kaiser Chief, los carajos de Ruby, pero en el website de los británicos salía que el 31 de enero tocarían en Liverpool. En la tarima se presentó una banda colombiana, con un público que los animaba muy bien. Yo sin sentimiento nacional en esas tierras no me emocionaba con los gritos de guerra que disparaban los teloneros. Los “¡Vamos Colombia!” y “¡Hola Campín!” me mantenían inmutado. A ratos me imaginaba una misma escena, pero en el Estadio de la UCV con Holy Sexy Bastards teloneando y diciendo “¡Arriba Venezuela!” o “¡U-U-U-C-V!” y la piel se me ponía de gallina sólo con pensarlo. Imaginaba a los tres o cuatro carajos haters que no sabían quienes eran los Holy Sexys que les lanzaban latas desde el campo y fallaban, imaginaba a los que sí sabían quiénes eran que decían en sus cabezas que qué bolas que no apoyábamos el talento nacional; imaginaba las notas de prensa en Internet diciendo que los Holy Sexy Bastards la habían partido en el concierto. Imaginaba las caras de sorprendidos de algunos caraqueños por lo arrecho de nuestra banda, la ansiedad de otros mandándolos a bajar para que Dave Grohl apareciera más rápido, imaginaba las pancartas de Evenpro por todos lados, los logos de Movistar, y a mis amigos que están viviendo fuera del país sentados en el piso esperando que viniera a tocar la banda –según ellos– de verdad.

Eso pasaba cada vez que cerraba los ojos. Como un animal extraño, me sentía en la tierra de nuestros hermanos colombianos, como un cachorro que por aventurero se había escapado del conuco y que se había topado hambriento en el de un vecino por no saber seguir su propio rastro; agradecido por la comida que le dieron, pero perdido por no estar en su propia casa.

Cuando apareció Dave, la algarabía fue brutal. Todos los colombianos orgullosos de albergar tal espectáculo levantaron globos de los colores de la bandera que les dio nuestro Sebastián Francisco. Hubo globos amarillos en la zona especial, azul en la preferencial y rojo en la parte detrás de la ambulancia. En Caracas hubiera sido un peo coordinar esto. Si bien los colombianos se organizaron para entregar las bombas vacías en la entrada de cada sección, esta lógica no hubiera podido ser aplicable a Venezuela para hacer la bandera. De ser el concierto en Caracas, capaz terminaba todo mezclado como vino tinto. Imaginé que lo hacían en el concierto de Iron Maiden cuando los panas de la zona preferencial tumbaron la cerca y se mezclaron todos con todos.

Something for nothing, The Pretender, Learn to fly, Breakout y My hero fueron las primeras que sonaron hasta que llegó la torta latinoamericana. En medio de My hero las cornetas se apagaron y la gente de manera muy decente apenas hizo unos pitidos. Dave, en Bogotá, le pidió a todo el mundo continuar la canción y el Campín coreó unísono “There goes my hero watching as he goes, there goes my hero he’s ordinary”. A los segundos el sonido volvió. Dave terminó de cantarla y dijo que era la primera vez en el tour que esto le pasaba. Una chama detrás de mí gritó “Sólo en Colombia pasa esto” y a mí se me iba a salir una lágrima de impotencia. Entonces, en medio de la siguiente canción me imaginé que el audio se iba en Caracas: allí le hubiéramos mentado la madre a la gente de Evenpro ocho mil veces, hubiéramos tumbado (otra vez) la barrera de la zona preferencial y mínimo arreglábamos las cornetas a coñazos, allí no sólo una chama hubiera dicho “Sólo en Venezuela” sino casi todos lo hubiéramos visto en Facebook, allí no nos hubiéramos arrechado por la falta de audio, sino que lo hubiéramos disfrutado y hasta vuelto un chiste. Yo no quería estar viendo este concierto en Bogotá. Yo no quería ver cuando sacaran la camisa de la selección nacional de fútbol de Colombia, yo no quería oír que les dijeran que los colombianos eran la mejor audiencia de Sudamérica, yo no quería escuchar que les dijeran que en este país habían visto las mujeres más bellas, yo no quería oír un “qué divino está este Dave” de las jevas de atrás, sino un “papi qué bueno estás”. Hubiera cambiado mil veces durante el show el respeto al espacio personal de los colombianos, la buena organización, el clima templado perfecto para un concierto y la puntualidad; por haber escuchado esto en un calor de mierda, con un cabrón tratando de ponerse delante de mí empujando como un becerro y con un probable retraso de 2 horas y media de Evenpro por verlo en mi tierra y con los míos. Hubiera dado mucho por oír un “¡Viva Venezuela!”, un “¡Hola Caracas!” y por ver a Taylor Hawkins intentando darle al furruco en vez de a Rami Jaffee con un acordeón en nuestra tierra, donde Gwen Stefani lloró porque no entendía como en un país tan nulo y abandonado por los dioses del desarrollo hubiera gente que pudiera cantar su música, o donde nos dábamos el tupé de hasta suspender conciertos de Queen por un luto nacional, donde no sólo se llenaban las fechas de Caracas, sino también en Maracaibo, Valencia y hasta en Barquisimeto. En donde la música sonaba en todas partes que hasta Ricky Martin llegó a tocar en la Feria de San José de Paraguachí, adonde ni Gualberto Ibarreto iría ahorita. Hubiera preferido tener mi cédula mal plastificada de venezolano en el bolsillo con la cartera adelante por miedo a que me robaran en vez del pasaporte seguro en el bolsillo de atrás. Sí, maltripié increíble no estar en Venezuela.

Y entonces apagaron las luces, Dave vino al frente. Cantó la mitad de Times like these solito y a la mitad la banda se apareció en el B-Stage. Tocaron una parranda de covers. Sonó Under Pressure. Estallé en lágrimas. Me uní a la masa y se me olvidó toda verga.

Jamás había llorado en un concierto. No sé si fue por el cover de Queen, por estar a más de mil kilómetros de casa oyendo a Foo Fighters o porque me acordé de la primera vez que oí Learn to Fly con mis amigos del pueblo; o de la vez que ellos versionaron All My Life en The British Bull Dog en Margarita; o cuando cada vez que voy a Margarita salgo con uno de mis viejos amigos que me queda en Margarita, –pero que una semana antes de viajar a Bogotá me pidió plata para comprar el pasaje de sólo ida a Buenos Aires– y cantamos a todo pulmón The Pretender en ese mismo Pub pero la versión de la banda de Gabriela Lander y el gordo José Antonio de Paraguachí, o porque recordé cuando le dije a un pana “marico, vamos a esa verga” y él me dijo que iba a tratar y al final no vino por el peo de los pasajes y que por tierra no dan cadivi y el dólar negro está por las nubes; me acordé de la primera vez que oí Queen, de cuando lo ponía en Radio Jurel, la emisora comunitaria de Antolín del Campo; de cuando interpretábamos la canciones de estos coños jugando Rock Band; cuando escoñetamos la batería del Xbox tocando Tom Sawyer de Rush –que Foo Fighters tocó para colmo aquí también–; cuando fuimos a conciertos en Caracas y en Valencia porque en Caracas ya no querían prestar la UCV para grandes eventos por el peo de la grama, lo cual era sólo una complicación marica porque en Bogotá estábamos en un estadio donde le habían puesto un protector a la grama sólo para que no se jodiera por el concierto.

Jamás me había faltado el aire de esa forma. Desde Under Pressure y pasando por All my life, Best of you hasta Everlong –que fue la última canción– mi respiración fue difícil, como si me hubiera sumergido bajo el mar (¿de lágrimas?) y luchara por alcanzar las pocas burbujas de aire que veía pasar.

Con la piel de gallina, imaginé que al día siguiente me encontraba a la banda en la cola de inmigración del Aeropuerto El Dorado y les decía que había venido sólo a verlos. Dave ponía la misma cara de sorpresa de la señorita que me selló el pasaporte de entrada.

–¿De dónde eres? –Me dijo Dave Grohl.
–De un país que ya no existe. Pero igual toma esta bandera y esta camisa vinotinto, son lo único que me queda del país donde crecí. Por favor, cuídalos, guárdalos en un sitio seguro. Me enorgullezco inmensamente de ello. –Le dije antes de despedirme con un apretón de manos antes de pasar a la taquilla de inmigración para salir de Colombia.

–¡Hey, venezolano! –Me dijo Dave, del otro lado del Duty Free antes de abordar su vuelo. –Guardaré estas cosas que me diste en mi colección de cosas raras. Eres como un animal en peligro de extinción.


Volví a abrir los ojos y terminaba Everlong. La gente empezó a salir y el bullicio me devolvió a la realidad. Había estado en el mejor concierto de toda mi vida. Agradecí inmensamente a mis amigos colombianos por tal organización. Al día siguiente, cuando pasé por inmigración, no estaba la banda. Les escribí a unos amigos, esperé en la puerta con la última Manzana Postobón del viaje y abordé el avión de regreso a Caracas con sólo 10 pasajeros.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Temporal fin del mundo


No está claro si se acabará el mundo en cinco días, así como tampoco qué pasará en el próximo periodo presidencial venezolano. La verdad es que estas navidades están llenas de un aura de incertidumbre que, si bien, no le quitan el sueño a nadie, creo que han plagado de un toque melancólico estos últimos días. ¿Serán los últimos de algún periodo? Yo creo que sí.

La constante evolución nos va haciendo más fuertes. Está demostrado históricamente; eso sí, no sé si nos hace más inteligentes, pero quizá, sí más civilizados, aunque muchos vivamos en Caracas y nos parezca raro este término. Eso porque por estas calles encontramos caras de personas que en sus hogares viven con costumbres de la edad antigua; otros, la mayoría, con de la edad moderna y unos pocos, con de la contemporánea. Estos últimos, a pesar de llevar una bandera que avanza en un estado natural de las cosas, son los que más sufren al tener que compartir con una cantidad de asimetrías no reconocidas y que no son económicas, que no dependen de la clase social, que no son culturales, ni de poder, ni raciales: son atemporales.

¿Encontrará la humanidad un mismo tiempo el próximo 21 de diciembre? ¿Seguiremos viviendo el barroco criollo? Status quo, incertidumbre, cambios. Status quo… Creo que esta es una buena fórmula para determinar el fin de un mundo.

Yo, que siempre he perseguido esa bandera, creo que es hora de cambiar. ¿Ustedes no?

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...