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martes, 13 de octubre de 2015

¿Qué fui a hacer a Fargo?

“Es así; es como si en esa vida hubiera dos tipos de personas. Los que fueron al toque y los que no”. Dijo Pedro apenas le conté cómo me había ido en Fargo de regreso a casa desde el Aeropuerto de O’Hare.

Ambos ya dábamos por vencidas ese tipo de divisiones. Más de 9 años viviendo en Caracas sumado al tiempo ahora en Chicago nos habían convertido en gente de ciudad.  Sin embargo, yo sabía de primera mano a qué se refería. Y es que en Margarita, pasé casi que toda mi adolescencia en un pueblo, en donde casi siempre fui de los que “no fueron al toque” y por consiguiente nunca tenía mucho de qué hablar en el recreo del colegio. Recuerdo que con mucho esfuerzo, mi mamá me mandó al cumpleaños de Daniela Méndez en taxi en segundo grado y también recuerdo que mi tía me llevó que si al estreno de Atlantis en los cines del Jumbo, pero de resto, me tocó quedarme viendo Dragon Ball Z en Televén y hacer el esfuerzo para cuando las conversaciones se movían a “chamo, fuimos a Crobar, porque el primo del tío de mi hermanastro trabaja allí y nos pasó” yo volverlas a encausar con un “Qué fino, vale, ¿y no viste capítulo de Pokémon anoche que Ash botó a Charizard? No entiendo por qué lo hizo. Ash sí es gafo”. Muchas veces bateaba un hit y en temas como estos o en ayudar a la mitad del salón con la tarea de física o inglés, yo lograba que la gente se olvidara de la rumba en la terraza del Omni en Costa Azul o del toque de Deep Seven por La Arboleda. O a veces, me iba de foul o incluso me ponchaban diciéndome que los episodios de La Liga Naranja eran viejos y me lanzaban sendos spoilers de la liga Johto, capítulos que no llegaron a Televén, sino como en tercer lapso.

Pero así como Ash se despidió de Charizard porque era lo mejor para ambos, yo me despedí del pueblo. Así fue como la relación mejoró con todo el mundo. Ya nadie hacía bullying porque no tener cable o porque no ir al estreno de Harry Potter, y por fin se logra cuadrar con una gente más o menos que se parece a uno. Un ejemplo claro de esto, lo tengo con uno de mis mejores amigos, Gabriel, el pana prácticamente me la tenía montada en Paraguachí cuando éramos unos carajitos porque yo era un malo en el Dota y el no sabía jugar en equipo, sino darle palante y machacar y, pana, cuando uno es malo con el mouse, estás jodido en Dota. Y ahorita somos tan panas que a veces Leyla, su novia, me escribe estando yo en Chicago para preguntarme si sé dónde está.

Muchas de las veces que regresé a Margarita, me sentía en el mejor sitio del mundo. Era un sitio que ya dominaba porque estaba despejado de todo prejuicio, un sitio que me acogía con una gente súper amable, cálida y súper cercana a la definición que era yo mismo, porque a fin de cuentas aunque no hubiera habido cosas tan in en la adolescencia, uno también las inventaba y “los que no fuimos al toque” nos quedábamos bebiendo en casa, jugando la botellita con las hijas de Manuel el venderepuestos que ya empezaban a usar sostén y modess, hacíamos maratones de Mario Kart, o nos íbamos adonde Oney a matar la de rol para joder a Richard porque el dungeonmaster se daba cuenta de que hacía trampa o para fastidiar a Andrés cojeperra que nunca sacaba más de un cinco en el dado de 20, matábamos una de Carnaval por casa de Diana y Mico y cuando se acababan las bombitas de agua y nuestros papás no nos daban más moneditas para irlas a comprar ele Josinés, terminábamos cayéndonos a toronjazos y dejábamos a Doña Yiya y a la abuela de Allan, sin su porción de vitamina C de la semana.

En Fargo, así como en Margarita no hay nada. Pero a la vez lo hay todo. Es un pueblo con una población alegre y triste a la vez. En su funcionamiento es como una suerte de Ciudad Bolívar dolarizada, pero con el asunto de las estaciones. Hay un par de cuadras en el centro de la ciudad donde la mayor parte de los jóvenes acaban los trapos (o hacen hammer como dicen en su rico slang del midwest).  Y no hay de verdad más nada, porque cuando uno ya viene acostumbrado a la vida de la ciudad tener una sola cuadra para pasar el rato no es suficiente, pero a su vez es un pueblo donde lo hay todo. Allí existe esa creatividad intangible de los pueblos para hacer actividades que hubieran sido difíciles de pensar en una ciudad; como por ejemplo El Festival de las Hamacas de Fargo. En donde la gente se va a un parque, monta una parrilla y se echa en su hamaca a ver cómo las hojas del otoño se desprenden de los árboles y terminan en el piso haciendo una capa de colores increíbles. No he visto un otoño mejor en mi vida que el de Fargo (Y esto es una comparación con el de Chicago, porque realmente es el otro único en donde he estado). Y es que no sólo hay diversos tonos naranja en las hojas, los hay marrones, rojos y hasta fosforescentes.

Calle Broadway, la única donde se va a beber



La gente es como en Margarita, como en Ciudad Bolívar, como en El Tigre. Están los que “van a los toques” que sólo te van a hablar del concierto de Taylor Swift que vino en estos días o están “los que no van” y te sumergen en Festivales de Hamacas, tardes de slackline bajo las matas botando las hojas, rumbas caseras en donde la policía te toca la puerta para que le bajes catorce al volumen, caimaneras de fútbol americano en el parque para que aprendas a pasar el balón “y ya seas gringo”. En Fargo también aprendí a bailar swing y country, mientras di un poco de feedback meneando el güeregüere con mi merengue o mis paupérrimos pasos de salsa. Pero más allá de eso, está esa atmósfera de misticismo en donde de no ser porque el realismo mágico sólo tiene sentido en español, las historias que contamos en frente del bonfire con marshmallows fueran dignas de una novela.

Fargo me recibió de la misma manera que me hubiera recibido Margarita, me abrumó con lo increíble de su otoño y me hizo soñar con la amabilidad de su gente.  Me hizo encontrarme a mi mismo cada día que pasó ahí. Me hizo sentirme adoptado por una nueva familia que a pesar de ser extraña da todo de sí desde el primer día.




Fui a Fargo sin grandes expectativas a visitar a un amigo por su cumpleaños y la ceremonia de su naturalización y terminé quechando grandes experiencias.

viernes, 7 de agosto de 2015

Más vida (bohème), Venezuela

Así en medio de la algarabía me acordé del día que le echamos el cuento a la mejicana, marico.

Nos hizo esa pregunta pajúa por las colas. La paja se la había echado la televisión como a los demás. Así que apenas nos oyó el “chévere”, soltó la lástima sobre nuestro abolengo: “qué lata que tengan que hacer colas para comprar papel de baño”.

¿Sabes? Yo soy de esos carajos que adonde llega siempre anda hablando bien del país. Soy uno de esos huevones que sueñan que algún día será un lugar más de pinga. Pero también te voy a ser franco, mi pana, también lo hago porque, bróder, uno no puede andar hablando huevonadas del país por ahí por el mundo, chamo. Menos uno que medio le alcanzan los reales para viajar. Entonces, hay que dar el ejemplo. Tipo que llegas a una mesa a tomar a unas birritas calidad y hay un bicho de Polonia, un alemán y dos gringos. Marico, te van a preguntar de dónde coño e’ madre eres. De bolas que el polaco y el alemán saben y entienden el peo de Chávez, la revolución y hasta la cagada que hay ahorita, pero vas a tener que explicarle a los gringos que Venezuela es un país diferente de México y toda la huevonada chimba y, vieja, no-pue-des hablar paja. Sí, se te puede salir algo chimbo por todo el peo de ahora, pero mierda no, hermano, ¿sí me entiendes? O sea, tampoco los vas a caer a mojones, porque la gente está clara, pero sí le tiras lo bonito adelante para que los bichos no se caguen todos y coño tú vayas bien en la mesa, compa, y capaz una de las gringas es un culito y ¡zas! se lo zampas por su Monte Rushmore esa noche y dejas a la patria de Bolívar en alto.

Como te dije, cuando alguien me preguntaba algo así, marico, como la doña mejicana, yo me armaba, jugaba mis cartas inteligentemente, mi hermano, Truco, embido, ¡quiero! y listo el pollo le metía ese huevo pelao al peo del país y además le caía bien a la gente. Pero aquel día no sé qué pasó, chamo, la verga no salió. Me quedé desarmao y hasta terminé admitiendo, huevón, lo que ahora todos los que vivimos afuera decimos como si fuera cualquier vaina. Tú sabes, esa mierda de que de pana con Chávez vivíamos mejor.

Al concierto llegué solo. Otra mejicana que no es la que te estoy contado arriba me regaló la entrada. Sí, mi pana, aquí hay burda de mejicanos. Te cuento que de vaina he hablado inglés en esta verga. Todo el mundo habla paja de Miami, que allá lo único que se oye es español todo el día, pero eso es porque nadie ha venido a Chicago. Esta vaina es “Viva México, cabrones” por todos lados, tanto que el viajecito que quería hacer para el DF para jartarme de comida mexicana que tú sabes que me gusta el picante que jode, ya no lo voy a hacer, marico, porque aquí hay una zona que se llama Cícero, o una ciudad, como dicen, y esta verga, mi pana es México, ¿oyó? Chicago no es sino un exclave entre Wisconsin e Indiana, ¿sabes? como un Kaliningrado mexicano. Si no me crees, googlea “Telemundo Chicago” y verás que sí. Verga, me desvié, ¿qué te venía diciendo? Ajá, a la mejicana esta la conocí en un Meetup de inglés. La pana organizaba un grupo de conversación y yo me lancé un día. Al final hablamos de gustos y cosas y cuando les tocó hacerme preguntas a mí me dispararon que por qué no iba al Ruido Fest. Esa vaina era un festival de música rock mejicana con algunos invitados del resto de Latinoamérica, pero serio porque no invitaron a Maná, ¿ves? Yo dije que coño, que de pana sólo quería ir por La Vida Bohème, pues, pero que, marico, no iba a pagar 50 dólares para ver a una sola banda. Entonces la mejicana me dijo, que a ella le habían regalado un pase de tres días y que para el domingo ella no podía ir porque tenía full trabajo, pues, y que si yo me quería lanzar que ella me daba el ticket. Y yo quedé, woow, qué de pinga, gracias, chama, de pana en serio que gracias, no sabes lo alegre que estaba, ¿viste por qué te digo que uno no puede andarse con mierdas en la calle?

Entonces me lancé pal concierto, bróder. Justo el día del show, la chama se apareció con el jevo para darme el ticket y me ofrecieron la cola pal festival. Iban en la vía, won, porque aquí dar la cola es forzao por el tema de la gasolina. No es gratis como allá.

Eso fue lo que me desarmó todo, chamo, el tema del precio de la gasolina. La doña mejicana, la otra, no la que me regaló la entrada, nos preguntó en su casa que cómo coño (no con esas palabras, pero así lo entendí yo) un país subsidiaba la gasolina y no se encargaba de la comida del pueblo. Y, ay chamo, de pana, que no me hagan hablar que voy que quemo, marisco… pero no tuve respuesta. Me quedé callao. O sea, de pana que obvio que le iba a dar la razón a la doña, pero, mi bien, no pude sacar sino fue peste ese día y me da arrechera contarlo.

Y sonó “El sentimiento ha muerto”. Marico, se me erizaron los pelos de los brazos. Chimbo-chimbo, me hacía falta haber ido con un pana para tripear, won, qué arrechera que te negaron la visa.

El Ruido Fest estaba pelao. Llegué como a las 2 de la tarde y La Vida Bohème tocaba a las 2:45. Me fui chola pal stage donde iban a tocar los panas y eso estaba naiboas con papelón. Me cagué un pelo, porque iba a ser burde chimbo que los panas vinieran de tan lejos y nadie les parara bolas aquí. Entonces, mientras llegaban los bichos me tomé par de curdas soledad bravo frente a la tarima. Los chamos se aparecieron al ratico a instalar los equipos. ¿sabes qué cosa de pinga pasó? Nada, marico, que yo estaba bebiéndome la birra ahí en la primera fila cuando la vaina se empezó a llenar de venezolanos. Se armó un limpio, pensé. Y seguí con mi curdita. Una jevita se apareció con una bandera de Venezuela y todo chamo. No sabes cómo se me puso la garganta cuando vi esa verga al tiempo que Henry soltaba los probando uno-dos-tres y vino el otro pana el bajista, el que estudió ahí en el Peñón que Graciela le dio clases, ¿sabes? que un día nos los encontramos en la panadería de La Trinidad y Graciela nos los presentó, Rafael, vale, acabo de ver en Wikipedia, bueno, ese bicho viene y me pregunta que si mi franela es de Coba y yo sí,  marico, sí es y él qué de pinga, hermano, tripea. Y nada, chamo, se me acabó la birra y me quedé ahí fajado con la primera, obvio, Radio Capital.

Y verga uno estando solo, lejos y sin conocer nadie en esta verga uno se pone a pensar huevonadas y más con Henry preguntándote cada dos minutos que cómo va a ser la vida mejor y que nadie le respondió. Y tu cabeza te hace juegos, tu garganta se endurece y tus ojos, marico, si no te digo, mis ojos se aguaron mal. No lloré porque me daba paja que me vieran así, pero me sentía brutal-chimbo. Yo de pronto dejé de estar ahí y sonó “El sentimiento ha muerto” y aparecí en Caracas, en la Sadel o en Zona Rental, en este mismo Ruido Fest, pero explotado de full de verdad, con mis tukys, mis chamos que arman la olla, mis jevitas que había que proteger, mis panas de la uni, qué sé yo marico, me imaginé que estaba en el 2007… no, no, quiero decir que me imaginé que la Venezuela del 2007 todavía existía, cuando apenas empezaba la universidad, cuando nadie quería irse, cuando no había que ir a comprar con cédula, ¿sabes? cuando los peos más grandes del país eran esa mariquera que llamábamos diferencia de ideología con la que nos marearon como catorce años y nos pusieron a pelear para un coño: para terminar todos hechos mierdas igual. Chamo, la soledad, el estar en Chicago rodeado de venezolanos cartel, las birritas, la bandera moviéndose, y “Nicaragua”, esa fue la última, y te lo juro, ahí me fui ido y vi a mi mamá jodiéndose por allá, a mi hermana viendo cómo coño termina la universidad para irse parco, mis amigos dándole coñazos a un teclado mientras tratan de meter Simadi para ver si compran un boleto pa’ donde sea, me acordé de esa época de Parguito, de las empanadas de doña Eudys, del sabor de la guasacaca en la masa, del primer mordisco, el maridaje de la malta, los pies en la arena caliente bajo la sombra del techo de zinc del puesto de Eudys, la brisa, del sonido de las olas y de los rayos de sol.

Viví toda mi vida en ese instante.


“Otra, otra” gritamos a todo pulmón todos como unos huevones mientras desinstalaban los aparatos y los chamos en la tarima después de la reverencia nos señalaban su reloj de pulsera todos frustrados.


martes, 6 de enero de 2015

La primera vez que usé el seguro


Cuando me caí para escoñetarme las costillas fue arrechísimo y doloroso. Lo primero que hice fue voltearme bocarriba. Había caído de frente esplatanado como si fuera a zambullirme en el concreto. Las manos no llegaron a tiempo para absorber el golpe y los raspones. Mi pecho rebotó con el piso como si fuera un balón de baloncesto. Al voltearme, el dolor llegó después de la primera inhalación. Sentía que no tenía aire y que no podía llenar mis pulmones. Una sensación de apretujamiento recorría todo mi pecho y el dolor impedía que pudiera gritar o apenas emitir un sonido. Mis piernas las tenía arriba; sentía la necesidad de subirlas. Capaz quería inconscientemente que la sangre se me fuera al pecho a ver si se me escurría por algún lado. Me revisé con la mirada y sólo encontré un raspón en el codo izquierdo. De frente venía un carro. Antes de la caída vi que venía rápido, a toda velocidad, pero cuando me caí la redujo. Me pasó al lado, lento como un barco que zarpa y cuyos tripulantes se despiden de quienes siguen en el puerto. Los carajitos que iban en el asiento de atrás casi sacaron la mano para saludarme. El chofer y la copitolo sacaron sus cabezas a ver si había muerto o si me había roto algo interesante. Me miraron como miran las doñas del pueblo a todos los que van pasando frente a su casa. Como el espectáculo no fue suficiente, siguieron sin detenerse: sin decir nada insatisfechos de mi cuerpo retorcido.

En los años 80 mi papá era el mejor corredor de seguros de Venezuela. Tanto así que le dieron una placa. Recuerdo una vez, muchos años después, que me asomé en su cuarto y vi un cuadro grande en el que se podía ver su nombre repetidas veces después de cada año y al lado “GANADOR”. Sí, mi papá fue el campeón de los seguros. Prácticamente no había más nadie en Margarita, cuya póliza no viniera bendita de antemano. Tanto así que en Porlamar era una leyenda entre los comerciantes. Decían que si te asegurabas con Lárez, nunca le iba a pasar nada a tu negocio, ni un terremoto iba a generar pérdidas involuntarias en tu mercancía. En Tierra Firme se corría el rumor sobre mi padre. Los mejores corredores de Caracas no entendían cómo alguien podía vender tanto en una isla que no pasaba las cuatrocientas mil personas. A mi papá lo llamaban para hacer pólizas en Carúpano, en Cumaná, en Caripito, Caripe, Güiria, Puerto La Cruz, Barcelona, Guanta, Píritu y hasta en El Tigre fue una vez a asegurar a un turco o árabe de esos de Juan Griego cuya amante vivía en aquel pueblo. Así de grande era la fama de mi padre, y sin embargo, como dice el dicho “en casa de herrero, cuchillo de palo” la primera vez que tuve seguro fue a los 25 años cuando pude ahorrar para pagármelo yo mismo.

Tengo la dicha de gozar de buena salud. Casi nunca he tenido que ir a una clínica a revisarme algo, ni tampoco he pasado nunca la noche en un hospital en toda mi vida. Así que era de esos que piensan que pagar un seguro médico es una de esas cosas innecesarias en las que a esa gente que es súper precavida, estresada por el universo y planificada le gusta desperdiciar su tiempo (y dinero).

A pesar de mi buena salud, cuando era chamo fui al ambulatorio de Salamanca varias veces por asma. Recuerdo que eso se me curó solo con el tiempo. Mi mamá siempre dice que las enfermedades son un peo emocional y el asma me dio en plena pubertad. Siempre lo relacioné con eso. Apenas ya tuve pelo en el pecho y en las bolas empecé a respirar bien y el asma así como mis idas al médico desaparecieron pa-ra-siem-pre.

La vaina de pagar el seguro fue idea de mi flatmate en Caracas: que hay que ser precavido, que uno nunca sabe, que mejor invertir esa platica y no tener que lamentar, que párale bolas, que tú no eres un súper héroe, que, marico, no te cuesta nada. Y tanto me dio que al año de estar viviendo con ella le hice caso y lo pagué. Al mes de eso, había una ambulancia frente a mi casa en Margarita, y volteado bocabajo estaba pegando gritos de dolor.

Ambulancia en Paraguachí


Un par de días antes, mi hermana y yo estábamos en el Sambil babeados frente a unos patines en línea. Casualmente quedaban dos y justo de nuestras tallas. Lo vimos como una conspiración divina: nada podía ser tanta casualidad en esta vida. En la noche, cuando llegamos a casa hicimos los mil planes de cómo íbamos a usarlos. “Listo, hermana, mañana nos vamos a la playa en patines. Esos nos los ponemos, les damos chola y ya, palante”. Yo me imaginaba patinando tipo tranquilo. Imaginaba que todo el rollo de patinar era algo similar a darle en bicicleta pero más fácil. “¿Quién no se sabe parar en ocho ruedas y darle palante?” Eso era todo. Un par de amigas me habían invitado hace unos meses a patinar en Los Próceres y en La Cota Mil diciéndome que por allá alquilaban los patines y alegaban no tener mucha experiencia en el asunto. Basado en aquello compré mis patines en línea a precio viejo en El Sambil.

A la mañana siguiente, me desperté como si fuera a abrir los regalos de San Nicolás. Mi hermana llevaba dos horas patinando en la sala de la casa y ya se había dado una caída leve. “Te quiero ver poniéndote los patines”, dijo toda burlona.

La última vez que había patinado había sido probablemente hace unos 15 ó 16 años. En aquellos días las calles de Paraguachí estaban más pulidas que ahora y uno salía a estrenarse severendo regalo el 25 de diciembre junto a los vecinos quienes también habían recibido aquel trofeo para los pies. De aquel 25 de diciembre en adelante me había quedado en la memoria que yo sabía patinar y que probablemente me había caído con alguno que otro raspón más o menos suave.

Antes de salir a la playa con mi hermana, practiqué varias veces en el garaje de mi casa y en la sala. No me iba tan bien como parecía, sin embargo quise arriesgarme. Ellla dijo que le parecía más sabio que saliéramos sin patines y que cuando viéramos una calle más pulcra que la de nosotros en Paraguachí nos los pusiéramos.

Caminamos hasta El Cardón y a la altura de Fritín me puse los patines. Mi hermana se quedó atrás con mi mamá y mi padrastro viendo. Ella se los iba a poner después. Arranqué confiado. La calle era muchísimo más suave que la que estaba en Paraguachí. Se patinaba bien y suave. Aumenté la velocidad. Me sentía como si volara. Era una sensación increíble. Sentía cómo los patines me deslizaban con rapidez y cómo la adrenalina me subía por la espalda, el cuello y hasta la cabeza. Le di más duro. Mi mamá decía desde atrás “¡hijo, sí que sabes patinar!”. Yo quería lucirme, así que le di más y más duro hasta que vi a lo lejos un carro que venía de frente a toda la velocidad. Quise frenar y no supe. Levanté el pie derecho para apretar contra el piso el taloncito que trae de freno el patín y no funcionó. Traté de manejar de forma curva para frenar y tampoco funcionó. El carro se acercaba de frente a gran velocidad. Me desesperé. No quería que me chocaran en mis primeros segundos sobre mis nuevos patines. Intenté agarrame de algo en el aire como si los alambres para guindar la ropa de mi garaje estuvieran disponibles en todas las partes del mundo mientras yo patinaba. No había nada. Después intenté frenar con las ruedas, metiéndolas de golpe para impedir que siguieran girando y me fui de boca.

A los quince minutos me levanté. Mi mamá me preguntó que si me iba a quitar los patines o que si le iba a seguir dando. El dolor se había ido casi por completo. Pensé que no había pasado nada, que se me había salido el aire de los pulmones y ya. Así que me quedé con los patines y llegué a Playa Puerto Abajo con ellos. De regreso a Paraguachí sí le di a pie. Soy de esas personas que después de que tocas la arena de la playa les cuesta volver a su estado natural si no han pasado por la ducha.

A la mañana siguiente, el dolorcito que tenía en el pecho se hizo más fuerte. Tomé un Ibuprofeno con relajante muscular por recomendación de mi mamá. “Ese debe ser el golpe, hijo, no fue poca cosa”. A las ocho horas volvió el dolor y continué con las mismas pastillas. Al otro día pasó lo mismo, pero con un dolor más fuerte aún. Le conté a mi mamá y se asustó toda, llamé a mi flatmate en Caracas y me preguntó que cómo se sentía. Le dije que me dolía cuando respiraba y cuando me movía, de resto era como si algo allí me latiera. “Tienes las costillas fracturadas”, me dijo. Me explicó que no es algo que se sienta y que las costillas no es una cosa que me pudieran enyesar, que me tocaba un reposo parejo y fastidioso. “Llama a tu seguro”. Y tuve que darle las gracias.

Me mandaron una ambulancia para la casa cuando ya estaba agonizando de dolor. “Voltéate chamo”, dijo la enfermera que entró a mi cuarto cuchicheando con otro enfermero. Me agarró una nalga sin manoseármela y me pasó antiinflamatorio y analgésico. Desde los 8 ó 10 años no me inyectaban en las nalgas. No recordaba lo doloroso que era. Casi que dejé de sentir dolor en el pecho y sólo podía pensar en el dolor en las nalgas. Cuando pude incorporarme y me volteé vi al enfermero que acompañaba a la que me había inyectado. Su cara se me hacía familiar. Él, cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, agachó la cara y quiso apurar el paso. Llamé a mi mamá. Pensé que quizá se estaba robando algo. “En estos tiempos en Venezuela, hay que tener cuidado de hasta los enfermeros que llegan por el seguro”, pensé. (Después pensé que qué bolas mi pensamiento, si yo jamás había tenido seguro, cómo iba a saber cómo eran estos carajos). Cuando llegó mi mamá, el tipo no se puso más nervioso, más bien se puso a hablar con ella para evitarme.



“Entonces, no me robó nada del cuarto”, pensé.

Para salir de dudas, abrí mi boca y tratando de olvidar el dolor en las nalgas le dije: −¿Pana, yo a ti te conozco de algún lado, verdad?−. El enfermero soltó a mi mamá y asintió avergonzado. La enfermera lo vio y se tapó la boca para no reírse.

−Si, chamo. Yo era el que iba manejando el carro cuando te caíste.


lunes, 3 de marzo de 2014

Ansiedad de Jonás

Un amiga me contó que su mejor amiga había conocido a su marido por Instagram. No le pregunté cómo había sido, pero imaginé lo obvio: él le dio like a una foto. Ella lo agregó y le dio like a otra. Luego empezaron a comentarse las fotos. Luego le dieron like a fotos viejas en traje de baño. Luego comentaron las fotos viejas en traje de baño. Se mandaron un mensaje privado con sus números de teléfono. Luego se escribieron. Se llamaron por teléfono. Se llamaron por hangouts. Comieron juntos. Se besaron. Tuvieron sexo. Se empataron. Vivieron juntos. Se casaron.

Fue así que me imaginé a mí mismo en una situación similar en donde repartiendo likes a diestra y siniestra encontraba al amor de mi vida. Ese mes, mi plan de navegación del teléfono duró muy poco.

Con el tiempo olvidé el asunto y me cansé de buscar a la persona ideal por Instagram. Fue difícil darme cuenta de que la relación idílica de la amiga de mi amiga había sido una gran casualidad. Así fue que me sentí derrotado y quise seguir adelante. Hice un curso de cocina vegetariana, un curso de alemán y tomé clases de paracaidismo. Mi plan era invitarla a comer a mi casa; invitarla a conversar en alemán a mi casa o invitarla a saltar del mismo paracaídas que yo. Lo intenté; me divertí mucho, pero allí tampoco conocí a nadie que me otorgara la reciprocidad que estaba buscando; sin embargo la derrota no había sido mayor a la anterior: ahora sabía hacer pastel de chucho con soya, le había perdido el miedo a las alturas y sabía el significado de Du hast.

La siguiente etapa fue entregarme al alcohol: la salida fácil. Empecé a ir a bares con un par de viejos amigos que había dejado con la universidad. Ellos, solteros y treintones como yo, estaban en la búsqueda de féminas quizá con un propósito diferente al mío, no obstante eso me bastaba como excusa para salir a cazar con ellos. Mi estrategia aquí era la siguiente: Emborracharme. Emborracharla. Hablar fluidamente sin inhibiciones. Hacer que se enamorara de mi espontaneidad. Darle un beso. Meterle mano. Invitarla a mi casa. Acostarme con ella. Pedirle el empate a la semana. Decirle que es el amor de mi vida. Casarme con ella.

Esto funcionó. La segunda vez que salí con los chicos conocí a Juana. Ella llamó mi atención y me emborraché. Fui a hablar con ella. La emborraché. La besé. La invité a mi casa. Tuvimos sexo. Le escribí una semana después. Le dije que era el amor de mi vida. Nos empatamos. Nos casamos.

Juana era una hija única de padres divorciados. Antes de nuestro matrimonio se repartía los días de la semana en la casa de su padre y su madre. Juana era adicta al control, a hacer las relaciones tóxicas, a escudarse en sus problemas con alguien y era una manipuladora experta. Juana era morena y esbelta. Tenía una sonrisa que contaminaba la razón y una mirada penetrante color ámbar que nublaba cualquier juicio lógico. Juana era lo que yo quería.

Duramos tres años. Desde que me casé sabía que había algo que no estaba bien. Me di cuenta de que yo no había querido estar solo. Y estaba buscando aferrarme a alguien para distanciarme de mi problema. Me eché la culpa. Ella se fue con un canadiense con un yate. Destruyó mi ego increíblemente. Escupió mi virilidad; mis ganas de compartir.

Pasé un año y medio solo. Sin relaciones. Me pagué un par de putas cuando el cuerpo me pedía sexo. El resto del tiempo lo quemé haciéndome la paja con Internet. Salí con amigos. Nos emborrachamos y varias mujeres se me acercaron. Las rechacé. Rechazaba cualquier compromiso: cualquier contacto. El sólo hecho de que me desearan me disgustaba. Sentía que, con el primer contacto, me decían con sus ojos que tenía que complacerlas. Eso me hacía sentir que las decepcionaba y por eso me encerraba más. Me quedé ese año con mi porno y mis putas; mi trabajo y unos cuantos libros de autoayuda de esos que regalan las tías en navidad para el autoestima.

Al año y medio conocí a Tatiana. Yo no buscaba conocerla. No estaba buscando nada. Al salir del trabajo, me encontré con un anuncio en una cartelera de la oficina. Decía que una compañera de labores tenía a su perro muy enfermo, que un veterinario había realizado una mala praxis, que ella había gastado todo su salario y todos sus ahorros en él. En el letrero había un número de cuenta. No había ninguna foto de Tatiana: sólo de "Camy", el perro. Hice una transferencia de un monto modesto, como seguro la hicieron otras personas. El resto de la noche lo pasé metido en Facebook. Hablé con algunos viejos amigos mientras creaba algunas listas de reproducción online. Cuando ya no pude más, me fui a dormir.

Esa noche soñé que mi perro se enfermaba y unos amigos me ayudaban a llevarlo al veterinario. Luego, mi perro se curaba y le salían alas. Entonces podía ir al trabajo volando sobre mi perro. Me desperté cuando de camino al trabajo, mi perro se saltó una luz roja de una especie de semáforo en el aire y chocó con otro perro volador. El choque había sido tan estrepitoso que caí al pavimento. Me desperté con el vértigo de la caída.

Abrí los ojos. Tomé el celular. Tenía 10 notificaciones. Una de ellas no identifiqué en un primer momento: era un email de una Tatiana A. Giménez Q.:
"Hola, Jonás, ¿cómo estás? Gracias por ayudar a Camy. Ella y yo estamos muy agradecidas contigo ♥.
Besos.
Tatiana."

 Vi el reloj: 7:00 am. Me limpié las lagañas. Me cepillé. Le respondí cualquier vaina:
"Tatiana. Un gusto en conocerte. Pensé que Camy era un macho, ja ja ja. Lo que hice no es nada. Yo tengo 6 perros y sé lo que se siente tener a uno mal.
 Un abrazo.
Jonás."
 Ella me respondió al minuto: que Camy era de Camila, que para ella significaba muchísimo mi ayuda y que estaba muy agradecida. Yo le respondí otra cosa mientras desayunaba. Ella me escribió otra. Ahí empezamos a entablar una conversación epistolar que duró 12 horas o más: pasamos de perros a películas, de películas a libros y de libros a viajes. Luego hablamos de momentos perfectos, de felicidad, de compartir, de la vida y del amor.

Me volví a sentir pleno, sentí que me había vuelto a encontrar conmigo mismo y que había encontrado a alguien para compartirlo al mismo tiempo. Sentí que quería estar con Tatiana, que quería hablar con ella más, que quería compartir con ella más.

Al día siguiente no le escribí. No quería hacerla sentir que estaba desesperado. Me aguanté, me hice mil fantasías acerca de un futuro nosotros y tracé un plan: Le escribo por correo mañana y le pido el número. Luego le mando mensajitos. Luego la llamo. La agrego a Facebook. La invito a cenar. La invito a mi casa. Le pido el empate. Me caso con ella.

Fue así que me armé de valor y le escribí no al día siguiente, sino que esperé un día más por la tarde:
"Hola, Tatiana. ¿Qué tal estos días Camy?
 Un abrazo.
Jonás"

Esperé. Vi el celular. Vi el techo de mi habitación. Saqué la cabeza por la ventana. Vi el cielo. Me hice fantasías. Me acordé de mi perro con alas. Esperé. Me acordé de Juana y de la amiga de mi amiga que se casó porque conoció al marido por Instagram. Esperé más. Fui a trabajar. Volví de la oficina. Vi el teléfono. Revisé la configuración de mi correo. Me dormí. Pasaron los días. Pregunté por ella en el trabajo. Nadie sabía nada. El anuncio tampoco estaba en la cartelera. Le escribí otra vez. No tuve respuesta.

Me deprimí. Me acordé de las putas, del alcohol, de Juana, de las clases de alemán, de paracaidismo, de dar likes a Instagram de forma desesperada. En mi cuarto, vi la pantalla de la computadora. Revisé Facebook, Twitter e Instagram. Abrí mi blog. No publicaba desde año y medio. Me decidí a escribir la historia de un muchacho, de menor edad que yo. Menos solo: con más amigos. Este muchacho trabajaba en una oficina y leía el letrero sobre un hámster cuya dueña no tenía recursos para operarlo.

La dueña sí se había interesado en él, sí salieron, se enamoraron, se casaron y a los tres años se divorciaron. En su despecho, el muchacho salió con amigos, se emborrachó y le rompió el corazón a otra mujer. En su soledad después de año y medio probó ir a clases de francés, de snorkeling, de cocina japonesa...

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...