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martes, 19 de junio de 2018

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trabajar en todo tipo de reparaciones para quien lo necesitara, mientras yo me quedaba ayudando a mamá en la limpieza de la casa.

Las mañanas no eran muy diferentes. Ayudaba a mamá a hacer las arepas pelás en la cocina, treinta por día. Las rellenábamos con el pescado que traía papá de la pesca mañanera y, cuando estaban listas, ella salía a venderlas a la plaza del pueblo.

Mientras mamá estaba fuera, papá y yo aprovechábamos para meternos en los chinchorros a ver las olas y dejábamos que pasara el tiempo, disfrutando de nuestro único momento de descanso. Ella se quejaba y nos pedía que fuésemos más productivos o que, por lo menos, la acompañáramos a vender a la plaza. Pero papá siempre se negaba a ir.

¿No se aburría mamá en aquel lugar? Desde mi recuerdo más antiguo, solo se dedicaba a hacer arepas y venderlas allá. Era un sitio caluroso, húmedo y salado, en donde pocos se reunían. La mayoría sólo iba de paso a sus trabajos.

–¿Y yo cuándo descanso, Juan?
–Todas las tardes, cuando pones a nuestro hijo a limpiar.

El dinero de las arepas sólo servía para comprar más maíz para hacer más arepas y lo que quedaba se iba en reparaciones del peñero. Más nada.

Los días pasaban de la misma manera y la casa siempre olía a maíz, a mar y a detergente. Lo único que variaba algo nuestra rutina era la posición del sol y su manera de entrar por la ventana.

Un día mamá enfermó y me tocó a mí salir a vender las arepas. Me enfrenté a la soledad de la plaza y a la antipatía de los transeúntes. Con suerte vendí todas y pude unirme a papá antes de que acabara sus reparaciones. Cuando regresamos a casa, mamá estaba tirada en la sala llorando. Nos habían robado los chinchorros.

A partir de ese día, papá y yo comenzamos a acompañar a mamá a vender a la plaza. Pasábamos las tardes ofreciendo arepas a la gente y envolviéndolas para llevar. La gente era difícil. La mayoría seguía su propio paso y casi nunca se detenían a escucharnos. No vendíamos mucho y pocos eran los clientes frecuentes. Sin embargo, mamá estaba más alegre que nunca y a menudo nos decía lo mucho que le gustaba nuestra compañía.

Una madrugada los oí pelear desde mi cuarto. No pude escuchar con claridad lo que se decían, pero me preocupó. Casi nunca peleaban, y mucho menos a esas horas de la noche. Desde que nos habían robado los chinchorros, papá estaba más irritado de lo normal. De la pesca a la plaza, de la plaza a las reparaciones, mientras su mujer estaba más contenta ahora que todo lo hacía acompañada.

Después de esa madrugada, no volvimos a ver a papá.

Tuve que empezar a salir yo a buscar el pescado. Fueron unas semanas difíciles. Como el botecito de la casa se había perdido con papá, pedimos prestado un peñero mientras reuníamos para uno nuevo. Mamá duplicó la cantidad de arepas diarias y yo no volvía a casa hasta que no conseguía más pescado del que papá traía normalmente. Cada mañana, al regresar de la pesca, me la encontraba sentada en la orilla. Cogió la costumbre de salir a esperarlo a la playa. Muchas veces intenté hacerle ver que era inútil, que papá jamás había pasado más de un día fuera, pero ella permanecía atada a sus recuerdos, con la mirada fija en el horizonte, sintiendo la brisa y oyendo el mar. En alguna ocasión le pregunté por qué habían discutido aquella noche. Nunca me respondió.

Con el tiempo terminé por acostumbrarme a mi nueva rutina: al desconsuelo de mamá, a la soledad de la plaza, al olor a pescado, a maíz y a detergente… Una madrugada antes de salir me metí en el patio de la casa a buscar aceite para el motor del peñero. Como no lo encontré a primera vista, busqué en otras partes que eran extrañas para mí. Escondido detrás de unas telas rotas y unos potes de aceite vacíos, encontré mi chinchorro junto al de papá. Lo tomé con nostalgia y mi garganta se tensionó como una cabuya con marea alta.

Salí corriendo hacia el peñero y me adentré en el mar iluminado por las estrellas. Me dejé guiar por la rabia en una vertiginosa trayectoria desigual. Estaba solo, rodeado de aire, cielo, agua y del silencio cortado por el ronquido irregular del motor. Cuando la costa se hizo imperceptible supe que tenía que detenerme a gritar. Maldecí. Odié a mi madre. A las arepas. A la plaza. A esa obligada rutina.

Foto de Miguel Gomez 

El sol comenzó a salir detrás de lo que parecía un islote. Me adentré curioso, el peñasco de tierra se hacía más grande cada vez que avanzaba. Acababa de llegar a otra isla.

Al desembarcar, sentí un aire distinto con un sabor dulce despojado de esa sal desperdigada del mar que suele bañar las costas. Atraqué en una playa desde donde iniciaba un caserío. Había gente por doquier. Un grupo de extraños me regalaron saludos de manos y sonrisas apenas me bajé del bote.

El caserío se convirtió en un pueblo con una plaza desbordada de gente alegre y feliz. Bailé en la plaza junto a los locales al ritmo de su música marina. Bailé en grupo, bailé en pareja, me deshice en la multitud y no me sentí extraño al compartir el momento con ellos. Una mujer me invitó a pasar la noche en su casa. Terminé pasando con ella días, semanas, meses. Pescaba con mi bote y ocupaba un espacio junto a ella en la plaza vendiendo arepas.

Nos enamoramos. Nos casamos. Tuvimos hijos y una vida placentera. Pocas veces volví a estar solo.

Años después, bailando con mi esposa en la plaza del pueblo, un hombre viejo me saludó. Bailaba con otra mujer y se veía contento. Le respondí con una sonrisa de felicidad y sentí calma en mi interior.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El asiento vacío

A mi lado estaba todavía vacío. El cojín no tenía un trasero en su cara; el respaldo no sufría con la transpiración de alguna espalda peluda, ni tampoco había algún molesto brazo derramado sobre reposabrazos compartido con mi asiento.

Se veía feliz y brillante. Evocaba esa misma alegría que emanan los sofás de tiendas cuando les ponen un “prohibido sentarse” encima.

Me levanté para probarlo. Me resultaba apetecible sentir su contacto con mis nalgas y ser la primera en disfrutar el placer de calentarlo: unidos descenderíamos por milisegundos, mientras el aire saldría y el frío de su cuero virgen tocaría el jean de mi falda y la piel de la parte de atrás de mis rodillas.

Cuando lo vi desde arriba para sentarme, me di cuenta de que presumía su felicidad con mi asiento. Entonces me detuve y acerqué la mirada. Mi sombra lo opacó y el asiento vacío me miró inexpresivo, como queriendo decirme que no me atreviera a sentarme porque lo molestaría.

Me di cuenta de que era un gruñón y que no me merecía. Ya había cometido suficientes errores así en la ciudad. Así que le hundí mi mano y le saqué el aire repetidas veces. Sus exhalaciones fueron largas y chillonas. Me entretuvieron, pero no fue suficiente castigo a pesar de que la cara del cojín seguía opaca: ahora furiosa. Así que prendí la luz para calentarlo.

Con esto volvió a brillar y a mostrarse alegre, vívido. Enfurecida por su alegría me levanté para sentarlo de una vez por todas. Pero una aeromoza que pasaba me mandó a mi puesto y a usar el cinturón. El asiento se regocijó y expresó exhalaciones burlonas cuando lo castigué antes de que dieran las instrucciones de seguridad.

Él –feliz por mi fracaso– brilló más que nunca.

Justo antes de despegar volvieron a abrir la puerta. Entró un hombre un poco gordo y sudado: venía corriendo porque casi perdía el vuelo. Iba para el asiento vacío.


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Apagó la luz que permanecía encendida y luego posó su culo sobre el asiento que antes estaba vacío. Su última exhalación fue de arrepentimiento. Yo disfruté el sabor de la venganza hasta que el hombre ya dormido derramó su brazo sobre reposabrazos compartido hacia mi lado.

martes, 25 de julio de 2017

Ciudad Fénix

Marico, a Juan Andrés la compañía lo va a trasladar pa’ la casa. Me dijo que se va con la esposa y los hijos. Que al principio le dio como paja, pero que lo habló con la mujer y bueno se van para allá. El pana está súper contento, no sabes. O sea, medio cagao pues, pero va a echarle bolas. Los hijos de él tienen 10 y 12 años, hablan con el acento ese pajuo y jamás han ido. Juan tiene una ilusión inmensa de que los carajitos amen Venezuela como él. ¡Qué bolas esa vaina!, ¿no?

No te creo. ¿Cuándo se va?... María, yo también me voy. No aguanto este país de mierda. También me llevo a mis carajitos.

¡QUEEEEE! ¿De pana?

Sí, marica, de pana. Vamos a echarle bolas.

Berro, marico, qué sorpresota. Sabes que yo lo he estado pensando también porque todo el mundo se está yendo. Después del divorcio quiero es estar cerca de los viejos. Y bueno, ya la cosa no es como antes. Pero igual no sé. ¿Regresar?

Sí, marica. Regresar. 

¿Va a ser todo como antes?

No creo, estos bichos dejaron todo hecho mierda, ja, ja, ja, pero en algunos años vamos a estar mejor, eso sí. ¿Te imaginas, tipo que hagan el Por el medio de la calle otra vez? Nosotros caminando por esa verga borrachos como a las 10 de la noche como hace un montón de años.

Ja, ja, ja, ¿huevón y con quién dejo el carajito?

Con tu mamá, ella seguro contenta ¿no? Mira, de pana creo que las cosas van full para mejor. Imagínate el nivel de lo que está pasando que los chamos de Americania se devolvieron también y volvieron a montar la banda. ¡Ah! y los de la Vida Bohème también.

¡Whaaat! ¿Americania se volvió a juntar? Lo de La Vida lo vi por Facebook sí. ¡Chamo cómo extraño Caracas! Me imagino ir que si a los chinos alemanes, caernos a curda y después que si despertarnos para salir al Ávila en la mañana.

Mamahueva, ¡ya no tenemos 25!




¿Regresar, chamo?

¡Regresar, sí! Renuncia a esa trabajo de mierda. En Caracas tienes donde llegar los primeros días y después vas viendo.

Regresar.

Va a ser igual que cuando nos fuimos, pero más fácil. Velo por este lado, ya no tenemos el peo de tener que sacar los papeles.

¡Coño, yo sí tengo, cabrón! Tengo la cédula vencida desde hace un verguero de años. ¡Y el pasaporte! Tengo aaaaños sin viajar con pasaporte venezolano.

Eso lo sacas rápido, chica. Vas ahí al consulado y listo. A Ariana se lo dieron en Argentina pal día siguiente. De pana que este brother está haciendo las cosas bien. Todo es más eficiente, más seguro. Vamos pa’lante. Todo el mundo está contento.

¡Qué bolas!, ¿no? Yo pensé que esa mierda se iba a quedar así para siempre…. como Cuba. Qué arrecho. No me lo creo.

Yo tampoco. Tengo la misma emoción que sentí aquel año que clasificamos al mundial.

¡Sííí, marico! yo no me creía esa vaina.

Entonces, ¿juntamos las familias para hacer las hallacas este diciembre?

¡Dale! Yo lo que quiero es una chicha de la Central. 


¿Bueno, nos vemos en Caracas?

*




¿Y tú, lector, nos vemos la próxima vez en Caracas?


jueves, 24 de diciembre de 2015

De cómo boté mi maleta mi primer día en Corea del Sur

Mi mamá tenía la razón: soy un caídodelamata.

Un mes antes, me volvía encontrar con Andrew en Minneapolis. Le conté que me iba a Seúl por unas semanas. Y él me dijo que “qué arrecho, marico”, que él tenía allá a su amiga Patricia, que le iba a mandar noséquévaina conmigo.

Jinhee y yo nos conocimos en Portland, Oregon, en el verano. Yo organiza un evento de Couchsurfing para pasar el International Beer Festival “hanging out” con alguna gente que apareciera por ahí, y ella iba de paso a visitar a unos panas de San Francisco y a darle una vuelta a la Costa Oeste gringa. Así fue como por Couchsurfing nos conocimos, nos hicimos burdepanas y me invitó a Seúl a ver cómo o mataba tigres dando clases de español o acababa los trapos y ya para el diciembre. 

El pasaje salió pingadebarato, más que ir a Venezuela. Así que después de meditarlo con la almohada, dije sí va, marico. Salí de Chicago con escala en Los Ángeles (5 horas) y después para Pekín (13 horas) y de ahí con los “layovers” terminé llegando al aeropuerto de Incheon 25 horas después todo jetlageado, o sea, con pinga de sueño.

La vaina es que uno no va a Asia todos los días. Tipo que no vas a llegar y acostarte a dormir. O sea, llegas a Asia y, marico, lo que haces es ir a darle duro a la rumba de guanfor. Entonces, tipo que llego al aeropuerto y leo el mensaje que me mandó Jinhee cuando estaba en EEUU todavía. Traduzco del inglés: “Marico, no te voy a ir a buscar al aeropuerto porque me sale pinga de caro ir para esa verga, pero, huevón, agarra la camionetica 6020, apenas salgas de Incheon. Ese bicho te va a pasear por Seúl un pelo, pero te bajas en ‘National University of Education’, ahí te estoy esperando yo, apenas tú llegues, y de ahí le damos para case unos panas por ahí por Gangnam”.

 Un mes antes, otra vez en Minneapolis, Andrew me dice que marico, Seúl es la ciudad más segura del mundo. Que el bicho había dejado su celular en el metro un día y que apareció que si a las horas. Que se lo encontró un coreano del coño y el bicho tipo que por el historial del GPS y la verga que graba el Google Maps consiguió dónde era el hostal donde se estaba quedando Andrew y le devolvió la vaina. Así, a ese nivel. Entonces, yo, todo venezolano emocionado por probar la verga dije algo así tipo, nojodacoñoelamadre, ojalá una verga así me pasara a mí. Pero de pana que no lo dije en serio, ¿verdad? O sea, de pana no quería botar mi maleta, pues. Lo dije tipo “Ojalá me ganara el Kino”, tipo como una vaina que dice todo el mundo, pero de pana no espera que pase.

De vuelta a Seúl, agarré la camionetica 6020. Era una camionetica con aire y vaina, tipo las que uno agarra cuando viene de Maiquetía para Parque Central. La única diferencia es que esta bicha venía con calefacción y que tenía una pantalla que te venía diciendo en coreano e inglés dónde coño más o menos iba uno. Tipo que te dijera “next stop is Gato Negro, be ready to bajartedelbus”. 

Así fue como cuando pegado a la ventana, medio babeando la vaina viendo los edificios de la capital de Corea, como un carajito que nunca ha salido de Antolín del Campo, escuché que el altavoz con voz de Siri con acento coreano viene y dice “Next stop is National University of Education”. Entonces, marico, apreté el botón rojo que decía “request stop” y piré de la verga esa.

Me bajé de la camionetica y me enfrenté a un frío medio chicaguense. Tipo unos cero grados y vaina. Me puse mis guantes y verga, cogí aire y sentí un ardor en mi estómago. Un hambre descomunal de esas que te dan cuando pasas más de 24 horas en aeropuertos comiendo comida de mierda.

Entonces caminé hasta la entrada de la estación de metro y con mi morralito me senté a esperar a Jinhee. Cuando la chama llegó, lo primero que me dijo fue “marico, ¿eso es todo lo que traes, huevón?” señalando mi inexistente equipaje. Y yo no pude sino pensar: “¡Ve la verga, ve! Ya la estoy cagando”.

Así fue como me acordé de Andrew. De Minneapolis. De cómo él botó su celular en el metro. De cómo yo boté mi pasaporte (¿Ya leíste el post anterior, no?), de cómo había decidido dejar el alcohol un pelo para no tener más blackouts y tripear de manera más consciente. Me acordé inmediatamente de mi mamá, de mi hermana, de Nataly, de mi tía, de toda mi familia. De mi fiesta de 25 años donde todo se quedó en casa de Josh. Me imaginé el peo que me armaría mi mamá si hubiera viajado conmigo y yo hubiera dejado mi maleta de 23 kilos en el bus. 

Me acordé del regalo que Andrew le había mandado a Patricia y que el regalo estaba en mi maleta. Me acordé también de cuando fui al Walgreens en Chicago, pasé por la sección de viajes y dije así todo confiado súper pajúo “yo no le voy a poner candado a mi maleta, ni que estuviera en Venezuela, chia”. Todo por no pagar cinco piazo’e dólares.

Entonces, resolvimos la vaina así. Jinhee se metió en “Naver” (porque aquí la gente no usa Google) y buscó el número de la compañía de autobuses. Llamó. Le dijeron que el autobús iba a dar la vuelta. Que por favor cruzara la calle y esperara 4 minutos. Nosotros cruzamos la calle y esperamos.

4 minutos después, el autobús estaba regresando fuera de su ruta. El chofer se bajó. Dijo apenado algo en coreano enfatizando algo así como “disculpe señor por no recordarle que se estaba bajando del bus sin su maleta” y me hizo como 14 reverencias. Y yo como que diciéndole en inglés algo así como “marico, huevón, si la culpa es mía por andar pendejeando viendo el Facebook y chateando por Whatsapp” y dándole como 22 reverencias también.


Y así, 6 minutos después volví a tener mi maleta. La adrenalina fue la misma de una tarde de rafting, o de cuando esquivas a un choro que te quiere robar sin arma en Caracas. ¿Será que pruebo dejar el celular un día en una plaza a ver en cuánto tiempo aparece?  ¿Qué de pinga es Corea, no? 


martes, 18 de agosto de 2015

De cómo boté mi pasaporte con la visa en Chicago

Lo primero que pensé fue en lo que me dijo mi mamá con arrepentimiento. Recuerdo que me aconsejó antes de embarcarme al avión para Estados Unidos que me avispara. Que yo era un muchacho bueno y vaina, pero también ahuevoniao. Me dijo que las vergas allá no eran como aquí en Venezuela, que allá sí iba a tener que estar pila y que mi suerte para escaparme de la mayoría de los problemas, no iba a servir de mucho. Yo pensando que mi mamá era una exagerada asentí a todo de la misma forma en la que uno asiente al discurso de las personas que tocan tu puerta a hablarte de religión. Me pregunté a mí mismo si mi mamá no se había dado cuenta de que después de que salí de Paraguachí, sobreviví 9 años en Caracas yo solito. ¡Ahí la gente sí es viva! ¡No en Estados Unidos, carajo! No hay malandro gringo que pueda contra mí. Mi mamá se preocupa porque me quiere y como ella ve sólo películas tipo Taken cree que una verga así me va a pasar. ¿¡A mí!? Chiaj, yo soy de Paraguachí y crecí en Caracas, la mía, y yo lo que voy a Estados Unidos es que quemo.

Pero la verdad es que nunca sabes cuando tu vida se puede ir a la mierda en un instante. Todo puede estar súper bien, que si, el trabajo, la familia, la vaina con tu novia y, de repente, una verga súper pajua puede echar a perder toda la ficción que sin haberte dado cuenta habías construido alrededor de ti.

Les voy a poner un ejemplo: no sé si les han montado cachos una vez, pero a mí sí. Y esa verga, marico, duele. Y-que-jo-de. Así más o menos imagínate que estás súper fino con tu jeva y un día empiezas a notar vainas raras, pero no le paras bola a eso, porque como que confías burda en ella, y de pana no hay chance de que algo esté pasando. Piensas que es la regla, qué se yo, está hormonal y le crees todas sus excusas y vaina, y tú, tipo tranquilo te comes el mojón y vas viviendo en esa paja así hasta que un día te enteras, webón, por un marisco, que tu jeva andaba con otro macho, y tú no le crees, ¿cómo le vas a creer si tú confías demasiado en esa pana a quien le has entregado tu corazón y han hecho planes de vida serios? Pero el bicho te muestra una foto y verga, pana, qué bolas esta jeva. Y verga te da como arrecherita al principio, así como una rabia pajua, pero tú no lo crees ahorita, porque –aceptémoslo– eres un huevón, pero igual vas y le tiras la punta y la bicha se hace la loca. Y tú te quedas como cabezón un par de días. Y sigues viviendo como con una angustia, una vaina que sientes como por la garganta. Una sensación súper chimba. Sabes que la vaina no está bien, pero te da un sustico enfrentarlo directamente, porque no te imaginas que el resultado sea lo peor. Entonces un día decides dejar de caerte a paja y vas y la confrontas y ella te dice lo que no quieres oír nunca en tu vida, porque tú has sido un perro bueno fiel desde que tienes edad para singar, te dice que sí, mi amor, lo siento, pero yo voy a cambiar, solo fueron como 15 veces que me lo cogí, pero te amo a ti, mi tribilincito hermoso de mierda.

Bueno… así me sentí cuando me di cuenta de que había perdido mi pasaporte con la visa gringa en Chicago.

Todo empezó por culpa de Sascha Fitness. Resulta que un día voy a un bar a ver a una pana tipo tranquilo y el metro estaba burda de retrasado así que no llegué a tiempo y esta amiga se arrechó y se fue. Entonces, me metí igual en el barsito que nos íbamos a ver como para beberme una birra y pasar el despecho emocional de quedar mal con alguien. Entonces, de la nada me saludó un ruso y yo tipo moví la cabeza y las cejas parriba saludando para no mover las manos no vaya a ser que no fuera conmigo. El ruso insistió y yo vi para todos lados a ver si le estaba haciendo señas a alguien que no fuera yo. Entonces, nada, sí era conmigo. Me fui para la mesa donde estaba el pana así como con pena y al llegar me preguntaron que de dónde era. Cuando dije “Venezuela” sus amigas, una uruguaya y una brasilera, se emocionaron porque eran fans de Sascha Fitness y como yo era venezolano como ella, entonces también era cool y me pegué con ellos toda la noche.

Al día siguiente, nos fuimos a una discoteca después de un largo predespacho en casa de un indio súper pana que también había conocido la noche anterior: Alcohol + alcohol + alcohol + no comida = llegué rascao a Sound Bar. Tipo que fui a pedir una birra, y el carajo de la barra me dice que si dejo la cuenta abierta o si la cierra de una. Y yo de pajuo vengo y le digo todo prendío deja esa mierda abierta, no joda, y él me dice que claro, señor, cómo no, su ID, por favor, para tenerlo de garantía.

Eso es lo último que recuerdo de esa noche.

Me desperté en el sofá de la casa de mi pana el indio al día siguiente. Vi el reloj y empecé a recoger mis cosas. Faltaba el pasaporte. Sudé cubitos de hielo.

Vinay se despertó y le conté la vaina. Marico, no sé, no vi tu pasaporte, después de ahí fuimos a otro bar y luego nos vinimos para acá.

Llamamos a todos los bares, llamamos a todos los Übers. Nada. Llamamos a la uruguaya, al ruso, a los otros panas. Nadie sabía algo sobre mi pasaporte. Gracias, Sascha Fitness.

Revisé en Internet para ver qué se hace cuando se pierde tu pasaporte con tu visa mientras estás en Estados Unidos.

Paso 1: denunciarlo a la policía.

Paso 2: ir al consulado de su país y sacar un nuevo pasaporte.

Paso 3: devolverse a su país inmediatamente con ese pasaporte que te dieron y pedir una nueva visa si quiere volver a los Estados Unidos con un alto porcentaje de negación por irresponsable, porque las visas de otra gente, ahuevoniao, las usan para cometer actos fraudulentos.

El discurso de mi mamá empezó a tener sentido. De la misma manera que los discursos de religión la tienen cuando el avión va en picada.

En la tarde una amiga me buscó para ir a comer. Almorzamos y le cuento la vaina, que me voy a tener que devolver más pronto que tarde. Me dijo “y si vamos al local ahorita y vemos si la conseguimos”. Y nos fuimos inmediatamente. Al llegar, el pajuo de seguridad nos dice que aquí se pierden los pasaportes a cada rato, que tengo que llamar el lunes a un número que me dan ahí en horario de oficina y que si tengo leche, fue que la caraja que había llamado antes, no me dio la información bien.

Me alimenté de esperanza. Pero de esa esperanza que da la negación. Esa misma que tienes cuando una relación va en picada, pero que uno insiste en tener para que las patas de nuestra mesa de la seguridad no se tambalee.

Faltaban dos días para el lunes.

Volví a ver a mis nuevos amigos. Hicieron miles de chistes al respecto. Trataron de levantarme los ánimos, y lo lograron un poco. Sin embargo, mi domingo por la tarde trascurrió tan lento como un Aló Presidente en algún caserío de Barinas con el pueblo sapeando a todos los ministros presentes.

Cuando desperté el lunes agarré el teléfono. Y marqué de la misma forma que uno marca el teléfono para decirle a tu pareja “tenemos que hablar”.

La llamada no salió. T-Mobile justo me cobró la renta ese día y había olvidado meterle saldo.

Abrí Skype. Aún quedaban unos créditos que había metido con mi último cupo cadivi. Hice la llamada. Repicó 3 veces.

–Buenos días. Estoy llamando porque el viernes creo que perdí mi pasaporte en su local. –Dije en mi paupérrimo inglés.

–¿Cómo se llama usted?

–Moisés. Like Moses but with an i in the middle.

Esperé 48 segundos.


–Todo está bien. Venga y busque su pasaporte y su tarjeta de débito. Lo único que debo informarle es que lamentablemente ya no podrá dar propina a su cuenta porque ésta fue cerrada el día que usted se fue sin pagar.


sábado, 25 de julio de 2015

La mujer policía, los matraqueros y cómo llegamos a Cúcuta


En la cara de los otros policías se notaba el descontento por no habernos descubierto primero. Los que nos tenían consigo nos mostraban como un botín con el que iban a resolver el resto del mes, el trofeo de ascenso, el orgullo para sus jefes, el traslado a otro cuerpo policial de mayor importancia. Los que no, nos veían como hienas que lamentan que el león hubiera llegado antes, pero con la boca ansiosa esperando que el que estaba por encima en la pirámide alimenticia terminara de comer, para ellos por lo menos roer el hueso en un puesto policial más adelante.

Tres semanas antes, un gran amiga me anunciaba que había resuelto cómo irse del país. Yo, en shock, tragué saliva y le deseé lo mejor. Ella y yo ese año nos habíamos puesto de acuerdo para irnos juntos, en ver cómo salíamos de este peo y entre apoyos, apostillas y palancas para pasajes aéreos habíamos montado un parapeto para irnos a vivir a Madrid. Todo se cayó cuando la aerolínea en la que nos íbamos redujo la cantidad de vuelos desde y hacia Caracas y eliminaron Cadivi estudiantil. La noticia de que Daniela había resuelto cómo irse me dio alegría y tristeza al mismo tiempo. Durante esos días de revoltijo emocional me escribió otra amiga, Carolina, una paisa que había conocido en Malta, invitándome a conocer Medellín. Yo, en búsqueda de oportunidades, de explorar más ciudades, de conocer mundo, de ver a Caro y de sacarme el despecho emocional, le dije que sí.

Durante aquellos días, me puse a probar la aplicación de Couchsourfing y conseguí a un danés varado en un hotel de mala muerte en la avenida Baralt que tenía que estar en Caracas unos pocos días. Resulta que Andreas andaba en un viaje de un año por Sudamérica. Había comenzado en Brasil y su segunda parada era Venezuela. Él, por la fama del país, había decidido quedarse sólo unos pocos días y conocer La Gran Sabana y Mérida. Pero estando en el Salto Ángel botó su tarjeta de crédito danesa, como pudo la reportó y le dijeron que se la enviaban al consulado danés más cercano: en Caracas.

El pobre danés que había decidido obviar Caracas en su tour, ahora tenía que ir a enfrentarla. Quiero decir que no fue sólo una suerte para él haberme conocido gracias a Couchsourfing, sino para mí también. Conocí a uno de los carajos más panas del universo.

Cuando Andreas resolvió el peo de la TDC se iba a Mérida justo días antes de que yo casualmente también fuera para allá en mi vía a Medellín. Nuestros itinerarios coincidieron en el cruce de fronteras. Yo iba a Mérida a pasar unos días en casa de un amigo y vería cómo me iba al aeropuerto Camilo Daza de Cúcuta; Andreas iba a pasar unos días en Mérida y de ahí veía cómo cruzaba la frontera con Colombia para ir de alguna manera a Santa Marta.

En el terminal de Mérida nos dieron dos opciones para llegar a Colombia: 1. Un bus hasta El Vigía y luego otro bus a Cúcuta y 2. Un bus hasta San Cristóbal y luego un taxi hasta Cúcuta. Una amiga en Caracas me había recomendado la segunda opción por ser más segura y, vamos, yo andaba viajando con un extranjero, así que llamé al Sr. Romer, un taxista de la frontera, y cuadré la carrera con él a las 7am desde el terminal de autobuses de San Cristóbal.

Después de una larga noche, a eso de las 6 de la mañana Andreas y yo decidimos comernos un pastelito andino en el terminal de autobuses de San Cristóbal, de esos que tienen más arroz que carne, cuando un policía de metro y medio nos gritó: “¡Gringos!, ¡alto ahí!”

Andreas, por suerte, tenía un buen nivel de español. Así que pudo entender el comando del policía: “Miren, gringos, pasaporte vigente en mano”.

–¿Adónde se dirigen, ciudadanos? –Yo pensé que decirnos “gringos” y después “ciudadanos” era una contradicción, ¿para eso nos pedía las cédulas, no?

–Vamos a Cúcuta. Al aeropuerto. Vamos a tomar un avión esta tarde. –Le dije tomando la iniciativa, con acento margariteño y cédula en mano, para que dejara la mariquera de decirme “gringo”.

–Le pedí su pasaporte. No su cédula. ¿O que usted es extranjero y está ilegal aquí? –Pensé: “¡Guevón! Es imposible que sea extranjero si te saco la cédula, majcareverga”. Y saqué mi pasaporte. –Ok, muy bien, vamos un momentico a la caseta para revisarlos.

Después de eso, el policía enano hizo señas a otro policía más alto que estaba metiéndose un papelón con limón en una esquina y no se había dado cuenta del show. Mientras caminábamos hacia la caseta, otros policías que andaban por ahí ponían cara de tristeza, como si se hubieran perdido el botín del siglo, mientras que nuestros policías alto y enano tenía una cara sonriente y nos exhibían como si esa tarde fueran a recibir un ascenso.

En la caseta de policía nos revisaron todo. Abrieron nuestras maletas por ser culpables del crimen de viajar. El ambiente estaba tenso. Yo que había pasado dos semanas tratando de que Andreas sintiera que era un país de pinga, con gente de pinga, lugares de pinga, se me había cagado la vaina con estos huevones revisándonos a una hora de distancia de Colombia. Así que intenté lo imposible: romper el hielo.

-Dígame la verdad, ¿dónde metió la marihuana?

-Coño, mi pana, yo no fumo y este pana tampoco, de pana estamos viajando por tierra porque es más barato.

-¿De pana? Dígame la verdad. No le voy a hacer nada. –Dijo con su súper gocho acento.

-De verdad, somos chamos sanos. ¿Tú sabes cuántos años tiene este catire?

-¿Cuántos, a ver, dígame?

-21. Recién cumplidos.

-¡Aaaay, pero no puede ser! Si está como grandote. Mire que le voy a buscar a alguien de la misma edad que él, pero más alto.

Y se apareció con este policía más enano aún.





Después de joder como media hora mientras nos dejaban meter todo en nuestras maletas otra vez, casi que no nos pusimos a beber cervezas con ellos porque eran las 8am. Durante el rato aparecieron otros policías a comparar las estaturas de Andreas y la del policía enano y a averiguar cuántos dólares nos habían sacado.

-Nada. –Le dije a un carajo que fue demasiado boleta preguntando– No teníamos una verga. Somos la gente buena.

-Ah, bueno, la gente como usted es la que hace falta para construir este país –Dijo el bicho que me quería matraquear.

Así, a los minutos terminamos en la entrada del terminal de San Cristóbal otra vez, escoltados por una mujer policía y gocha que tenía todo el paquete para una digna escena de película porno que nos dijo: “Papitos, ¿pero me puedo ir yo con ustedes para Colombia? Así me dan un paseíto y vemos qué pasa. Y ya van a ver, nadie los va a parar más, porque la que los va a tener parados a ustedes soy yo”.


Y así fue. Luego de su propuesta que rechazamos porque "no cabía en el taxi", nadie nos paró más y llegamos a Cúcuta.



Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...