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martes, 19 de junio de 2018

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trabajar en todo tipo de reparaciones para quien lo necesitara, mientras yo me quedaba ayudando a mamá en la limpieza de la casa.

Las mañanas no eran muy diferentes. Ayudaba a mamá a hacer las arepas pelás en la cocina, treinta por día. Las rellenábamos con el pescado que traía papá de la pesca mañanera y, cuando estaban listas, ella salía a venderlas a la plaza del pueblo.

Mientras mamá estaba fuera, papá y yo aprovechábamos para meternos en los chinchorros a ver las olas y dejábamos que pasara el tiempo, disfrutando de nuestro único momento de descanso. Ella se quejaba y nos pedía que fuésemos más productivos o que, por lo menos, la acompañáramos a vender a la plaza. Pero papá siempre se negaba a ir.

¿No se aburría mamá en aquel lugar? Desde mi recuerdo más antiguo, solo se dedicaba a hacer arepas y venderlas allá. Era un sitio caluroso, húmedo y salado, en donde pocos se reunían. La mayoría sólo iba de paso a sus trabajos.

–¿Y yo cuándo descanso, Juan?
–Todas las tardes, cuando pones a nuestro hijo a limpiar.

El dinero de las arepas sólo servía para comprar más maíz para hacer más arepas y lo que quedaba se iba en reparaciones del peñero. Más nada.

Los días pasaban de la misma manera y la casa siempre olía a maíz, a mar y a detergente. Lo único que variaba algo nuestra rutina era la posición del sol y su manera de entrar por la ventana.

Un día mamá enfermó y me tocó a mí salir a vender las arepas. Me enfrenté a la soledad de la plaza y a la antipatía de los transeúntes. Con suerte vendí todas y pude unirme a papá antes de que acabara sus reparaciones. Cuando regresamos a casa, mamá estaba tirada en la sala llorando. Nos habían robado los chinchorros.

A partir de ese día, papá y yo comenzamos a acompañar a mamá a vender a la plaza. Pasábamos las tardes ofreciendo arepas a la gente y envolviéndolas para llevar. La gente era difícil. La mayoría seguía su propio paso y casi nunca se detenían a escucharnos. No vendíamos mucho y pocos eran los clientes frecuentes. Sin embargo, mamá estaba más alegre que nunca y a menudo nos decía lo mucho que le gustaba nuestra compañía.

Una madrugada los oí pelear desde mi cuarto. No pude escuchar con claridad lo que se decían, pero me preocupó. Casi nunca peleaban, y mucho menos a esas horas de la noche. Desde que nos habían robado los chinchorros, papá estaba más irritado de lo normal. De la pesca a la plaza, de la plaza a las reparaciones, mientras su mujer estaba más contenta ahora que todo lo hacía acompañada.

Después de esa madrugada, no volvimos a ver a papá.

Tuve que empezar a salir yo a buscar el pescado. Fueron unas semanas difíciles. Como el botecito de la casa se había perdido con papá, pedimos prestado un peñero mientras reuníamos para uno nuevo. Mamá duplicó la cantidad de arepas diarias y yo no volvía a casa hasta que no conseguía más pescado del que papá traía normalmente. Cada mañana, al regresar de la pesca, me la encontraba sentada en la orilla. Cogió la costumbre de salir a esperarlo a la playa. Muchas veces intenté hacerle ver que era inútil, que papá jamás había pasado más de un día fuera, pero ella permanecía atada a sus recuerdos, con la mirada fija en el horizonte, sintiendo la brisa y oyendo el mar. En alguna ocasión le pregunté por qué habían discutido aquella noche. Nunca me respondió.

Con el tiempo terminé por acostumbrarme a mi nueva rutina: al desconsuelo de mamá, a la soledad de la plaza, al olor a pescado, a maíz y a detergente… Una madrugada antes de salir me metí en el patio de la casa a buscar aceite para el motor del peñero. Como no lo encontré a primera vista, busqué en otras partes que eran extrañas para mí. Escondido detrás de unas telas rotas y unos potes de aceite vacíos, encontré mi chinchorro junto al de papá. Lo tomé con nostalgia y mi garganta se tensionó como una cabuya con marea alta.

Salí corriendo hacia el peñero y me adentré en el mar iluminado por las estrellas. Me dejé guiar por la rabia en una vertiginosa trayectoria desigual. Estaba solo, rodeado de aire, cielo, agua y del silencio cortado por el ronquido irregular del motor. Cuando la costa se hizo imperceptible supe que tenía que detenerme a gritar. Maldecí. Odié a mi madre. A las arepas. A la plaza. A esa obligada rutina.

Foto de Miguel Gomez 

El sol comenzó a salir detrás de lo que parecía un islote. Me adentré curioso, el peñasco de tierra se hacía más grande cada vez que avanzaba. Acababa de llegar a otra isla.

Al desembarcar, sentí un aire distinto con un sabor dulce despojado de esa sal desperdigada del mar que suele bañar las costas. Atraqué en una playa desde donde iniciaba un caserío. Había gente por doquier. Un grupo de extraños me regalaron saludos de manos y sonrisas apenas me bajé del bote.

El caserío se convirtió en un pueblo con una plaza desbordada de gente alegre y feliz. Bailé en la plaza junto a los locales al ritmo de su música marina. Bailé en grupo, bailé en pareja, me deshice en la multitud y no me sentí extraño al compartir el momento con ellos. Una mujer me invitó a pasar la noche en su casa. Terminé pasando con ella días, semanas, meses. Pescaba con mi bote y ocupaba un espacio junto a ella en la plaza vendiendo arepas.

Nos enamoramos. Nos casamos. Tuvimos hijos y una vida placentera. Pocas veces volví a estar solo.

Años después, bailando con mi esposa en la plaza del pueblo, un hombre viejo me saludó. Bailaba con otra mujer y se veía contento. Le respondí con una sonrisa de felicidad y sentí calma en mi interior.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El asiento vacío

A mi lado estaba todavía vacío. El cojín no tenía un trasero en su cara; el respaldo no sufría con la transpiración de alguna espalda peluda, ni tampoco había algún molesto brazo derramado sobre reposabrazos compartido con mi asiento.

Se veía feliz y brillante. Evocaba esa misma alegría que emanan los sofás de tiendas cuando les ponen un “prohibido sentarse” encima.

Me levanté para probarlo. Me resultaba apetecible sentir su contacto con mis nalgas y ser la primera en disfrutar el placer de calentarlo: unidos descenderíamos por milisegundos, mientras el aire saldría y el frío de su cuero virgen tocaría el jean de mi falda y la piel de la parte de atrás de mis rodillas.

Cuando lo vi desde arriba para sentarme, me di cuenta de que presumía su felicidad con mi asiento. Entonces me detuve y acerqué la mirada. Mi sombra lo opacó y el asiento vacío me miró inexpresivo, como queriendo decirme que no me atreviera a sentarme porque lo molestaría.

Me di cuenta de que era un gruñón y que no me merecía. Ya había cometido suficientes errores así en la ciudad. Así que le hundí mi mano y le saqué el aire repetidas veces. Sus exhalaciones fueron largas y chillonas. Me entretuvieron, pero no fue suficiente castigo a pesar de que la cara del cojín seguía opaca: ahora furiosa. Así que prendí la luz para calentarlo.

Con esto volvió a brillar y a mostrarse alegre, vívido. Enfurecida por su alegría me levanté para sentarlo de una vez por todas. Pero una aeromoza que pasaba me mandó a mi puesto y a usar el cinturón. El asiento se regocijó y expresó exhalaciones burlonas cuando lo castigué antes de que dieran las instrucciones de seguridad.

Él –feliz por mi fracaso– brilló más que nunca.

Justo antes de despegar volvieron a abrir la puerta. Entró un hombre un poco gordo y sudado: venía corriendo porque casi perdía el vuelo. Iba para el asiento vacío.


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Apagó la luz que permanecía encendida y luego posó su culo sobre el asiento que antes estaba vacío. Su última exhalación fue de arrepentimiento. Yo disfruté el sabor de la venganza hasta que el hombre ya dormido derramó su brazo sobre reposabrazos compartido hacia mi lado.

lunes, 3 de marzo de 2014

Ansiedad de Jonás

Un amiga me contó que su mejor amiga había conocido a su marido por Instagram. No le pregunté cómo había sido, pero imaginé lo obvio: él le dio like a una foto. Ella lo agregó y le dio like a otra. Luego empezaron a comentarse las fotos. Luego le dieron like a fotos viejas en traje de baño. Luego comentaron las fotos viejas en traje de baño. Se mandaron un mensaje privado con sus números de teléfono. Luego se escribieron. Se llamaron por teléfono. Se llamaron por hangouts. Comieron juntos. Se besaron. Tuvieron sexo. Se empataron. Vivieron juntos. Se casaron.

Fue así que me imaginé a mí mismo en una situación similar en donde repartiendo likes a diestra y siniestra encontraba al amor de mi vida. Ese mes, mi plan de navegación del teléfono duró muy poco.

Con el tiempo olvidé el asunto y me cansé de buscar a la persona ideal por Instagram. Fue difícil darme cuenta de que la relación idílica de la amiga de mi amiga había sido una gran casualidad. Así fue que me sentí derrotado y quise seguir adelante. Hice un curso de cocina vegetariana, un curso de alemán y tomé clases de paracaidismo. Mi plan era invitarla a comer a mi casa; invitarla a conversar en alemán a mi casa o invitarla a saltar del mismo paracaídas que yo. Lo intenté; me divertí mucho, pero allí tampoco conocí a nadie que me otorgara la reciprocidad que estaba buscando; sin embargo la derrota no había sido mayor a la anterior: ahora sabía hacer pastel de chucho con soya, le había perdido el miedo a las alturas y sabía el significado de Du hast.

La siguiente etapa fue entregarme al alcohol: la salida fácil. Empecé a ir a bares con un par de viejos amigos que había dejado con la universidad. Ellos, solteros y treintones como yo, estaban en la búsqueda de féminas quizá con un propósito diferente al mío, no obstante eso me bastaba como excusa para salir a cazar con ellos. Mi estrategia aquí era la siguiente: Emborracharme. Emborracharla. Hablar fluidamente sin inhibiciones. Hacer que se enamorara de mi espontaneidad. Darle un beso. Meterle mano. Invitarla a mi casa. Acostarme con ella. Pedirle el empate a la semana. Decirle que es el amor de mi vida. Casarme con ella.

Esto funcionó. La segunda vez que salí con los chicos conocí a Juana. Ella llamó mi atención y me emborraché. Fui a hablar con ella. La emborraché. La besé. La invité a mi casa. Tuvimos sexo. Le escribí una semana después. Le dije que era el amor de mi vida. Nos empatamos. Nos casamos.

Juana era una hija única de padres divorciados. Antes de nuestro matrimonio se repartía los días de la semana en la casa de su padre y su madre. Juana era adicta al control, a hacer las relaciones tóxicas, a escudarse en sus problemas con alguien y era una manipuladora experta. Juana era morena y esbelta. Tenía una sonrisa que contaminaba la razón y una mirada penetrante color ámbar que nublaba cualquier juicio lógico. Juana era lo que yo quería.

Duramos tres años. Desde que me casé sabía que había algo que no estaba bien. Me di cuenta de que yo no había querido estar solo. Y estaba buscando aferrarme a alguien para distanciarme de mi problema. Me eché la culpa. Ella se fue con un canadiense con un yate. Destruyó mi ego increíblemente. Escupió mi virilidad; mis ganas de compartir.

Pasé un año y medio solo. Sin relaciones. Me pagué un par de putas cuando el cuerpo me pedía sexo. El resto del tiempo lo quemé haciéndome la paja con Internet. Salí con amigos. Nos emborrachamos y varias mujeres se me acercaron. Las rechacé. Rechazaba cualquier compromiso: cualquier contacto. El sólo hecho de que me desearan me disgustaba. Sentía que, con el primer contacto, me decían con sus ojos que tenía que complacerlas. Eso me hacía sentir que las decepcionaba y por eso me encerraba más. Me quedé ese año con mi porno y mis putas; mi trabajo y unos cuantos libros de autoayuda de esos que regalan las tías en navidad para el autoestima.

Al año y medio conocí a Tatiana. Yo no buscaba conocerla. No estaba buscando nada. Al salir del trabajo, me encontré con un anuncio en una cartelera de la oficina. Decía que una compañera de labores tenía a su perro muy enfermo, que un veterinario había realizado una mala praxis, que ella había gastado todo su salario y todos sus ahorros en él. En el letrero había un número de cuenta. No había ninguna foto de Tatiana: sólo de "Camy", el perro. Hice una transferencia de un monto modesto, como seguro la hicieron otras personas. El resto de la noche lo pasé metido en Facebook. Hablé con algunos viejos amigos mientras creaba algunas listas de reproducción online. Cuando ya no pude más, me fui a dormir.

Esa noche soñé que mi perro se enfermaba y unos amigos me ayudaban a llevarlo al veterinario. Luego, mi perro se curaba y le salían alas. Entonces podía ir al trabajo volando sobre mi perro. Me desperté cuando de camino al trabajo, mi perro se saltó una luz roja de una especie de semáforo en el aire y chocó con otro perro volador. El choque había sido tan estrepitoso que caí al pavimento. Me desperté con el vértigo de la caída.

Abrí los ojos. Tomé el celular. Tenía 10 notificaciones. Una de ellas no identifiqué en un primer momento: era un email de una Tatiana A. Giménez Q.:
"Hola, Jonás, ¿cómo estás? Gracias por ayudar a Camy. Ella y yo estamos muy agradecidas contigo ♥.
Besos.
Tatiana."

 Vi el reloj: 7:00 am. Me limpié las lagañas. Me cepillé. Le respondí cualquier vaina:
"Tatiana. Un gusto en conocerte. Pensé que Camy era un macho, ja ja ja. Lo que hice no es nada. Yo tengo 6 perros y sé lo que se siente tener a uno mal.
 Un abrazo.
Jonás."
 Ella me respondió al minuto: que Camy era de Camila, que para ella significaba muchísimo mi ayuda y que estaba muy agradecida. Yo le respondí otra cosa mientras desayunaba. Ella me escribió otra. Ahí empezamos a entablar una conversación epistolar que duró 12 horas o más: pasamos de perros a películas, de películas a libros y de libros a viajes. Luego hablamos de momentos perfectos, de felicidad, de compartir, de la vida y del amor.

Me volví a sentir pleno, sentí que me había vuelto a encontrar conmigo mismo y que había encontrado a alguien para compartirlo al mismo tiempo. Sentí que quería estar con Tatiana, que quería hablar con ella más, que quería compartir con ella más.

Al día siguiente no le escribí. No quería hacerla sentir que estaba desesperado. Me aguanté, me hice mil fantasías acerca de un futuro nosotros y tracé un plan: Le escribo por correo mañana y le pido el número. Luego le mando mensajitos. Luego la llamo. La agrego a Facebook. La invito a cenar. La invito a mi casa. Le pido el empate. Me caso con ella.

Fue así que me armé de valor y le escribí no al día siguiente, sino que esperé un día más por la tarde:
"Hola, Tatiana. ¿Qué tal estos días Camy?
 Un abrazo.
Jonás"

Esperé. Vi el celular. Vi el techo de mi habitación. Saqué la cabeza por la ventana. Vi el cielo. Me hice fantasías. Me acordé de mi perro con alas. Esperé. Me acordé de Juana y de la amiga de mi amiga que se casó porque conoció al marido por Instagram. Esperé más. Fui a trabajar. Volví de la oficina. Vi el teléfono. Revisé la configuración de mi correo. Me dormí. Pasaron los días. Pregunté por ella en el trabajo. Nadie sabía nada. El anuncio tampoco estaba en la cartelera. Le escribí otra vez. No tuve respuesta.

Me deprimí. Me acordé de las putas, del alcohol, de Juana, de las clases de alemán, de paracaidismo, de dar likes a Instagram de forma desesperada. En mi cuarto, vi la pantalla de la computadora. Revisé Facebook, Twitter e Instagram. Abrí mi blog. No publicaba desde año y medio. Me decidí a escribir la historia de un muchacho, de menor edad que yo. Menos solo: con más amigos. Este muchacho trabajaba en una oficina y leía el letrero sobre un hámster cuya dueña no tenía recursos para operarlo.

La dueña sí se había interesado en él, sí salieron, se enamoraron, se casaron y a los tres años se divorciaron. En su despecho, el muchacho salió con amigos, se emborrachó y le rompió el corazón a otra mujer. En su soledad después de año y medio probó ir a clases de francés, de snorkeling, de cocina japonesa...

lunes, 4 de febrero de 2008

El tenor

Entré al hueco sin ningún problema, eran las nueve de la noche y no había mucha gente. Bajé las escaleras eléctricas, saqué mi ticket y vi a esos que hacen la cola porque nunca tienen para el multiabono. Llegué a los torniquetes mientras unos disfrazados de Daddy Yankee se ponían a hablar frente a ellos impidiendo el paso fluido. Era incómodo y olía mal. Era normal, me decía. La señora que le pegaba al niño bajaba delante de mí las escaleras. Abajo muy detrás de la raya amarilla me fijaba en la gente. ¿Qué más iba a hacer? El de los zapatos Nike forcejeaba sin verle la cara al del zarcillo para ver quien se pegaba más a la raya amarilla, la señora de al lado hacía gestos de desaprobación con su cara, pero ni por el carrizo se le ocurría irse a otro lado de la estación lejos de la demostración de superioridad por parte de los machos. La señora que le pegaba al niño se besuqueaba con un gordo de pelos en las axilas mientras el niño nos chillaba su melodía. La melodía del niño era una pieza musical entre una selva de fieras que se consumen unas a otras. Al final de la estación veía a una mujer sacándose la pintura de las uñas con un algodón que dejó en el piso cuando llegó el tren. En ese momento me quedé atrás observando la guerra de empujones y palabras. Para ellos esto era una rutina y tenían un guión de palabrotas preestablecido. Salieron y entraron todos en una semifusa. El niño seguía chillando. Quedaban dos segundos. Entré. No me empujó nadie.

En el vagón había pocas personas comparado con una hora pico. Adentro un hijo de Daddy Yankee ponía la música de su celular a todo volumen, mientas que sus amigos chita y chispita cantaban y hablaban de procrear con hembras. El niño llorón estaba con su mamá que le pegaba adentro. Seguía sonando su música y su mamá, cual instrumento, tocaba con más fuerza. El señor con pelo en las axilas le agarraba la cintura. Yo veía cerca la puerta sin querer adentrarme en la selva, sin querer ser devorado por alguna fiera hambrienta. Otra estación, empezaría la guerra. La marea me condujo hasta el interior del océano y luego me devolvió a mi sitio. Entró una señora: que soy pobre, que no tengo que comer, que estoy abandonada, que por favor dinero. La vieja parecía mudar la piel, daba lástima. Cuando hablaba todos volteábamos nuestras caras fingiendo no escucharla. Yo hacía las veces de tocar mi bolsillo y no encontrar nada. Sentí algunos billetes que había sacado del cajero. Me dije, no puedes dárselos, tú tampoco tienes qué comer. Un muchacho por aquí y otro por allá le daban alguna que otra moneda. Ella los bendecía y les suplicaba a los demás. Nadie más respondió. Salió y dijo con tono altanero "aquí nadie tiene plata y se montan en metro, van pal Sambil y gastan". Mi cerebro inmediatamente buscó una de esas fórmulas prediseñadas que tenemos para darme cuenta de que la señora no tenía razón. De que ella no tenía por qué decir eso, no hay derecho a ningún reclamo, además el pasaje del metro vale 50 céntimos. Empecé a preguntarme cuantas personas podía haber en el vagón y llegamos a Plaza Venezuela. Comenzaba la corriente a llevarme por la selva, a ser tocado en mis partes y a escuchar las onomatopeyas de los animales. De nuevo se estabilizó. Dentro seguía la melodía clásica del niño interpretada por su madre y auspiciada por el señor de las axilas quienes hacían competencia con Daddy Yankee, chita y chispita. Traté de pensar cuantas personas podía haber y me dije que cincuenta podía ser un buen número.

Entramos al túnel otra vez. El tren se detuvo. "Estimados usuarios hemos presentado fallas en nuestro sistema, en breve reanudaremos el recorrido". La música paró, se oían algunos cuchicheos. El niño dejó de chillar, ahora sólo se escuchaban susurros. Había un oficinista quien se echaba aire con el periódico; un rastafary con audífonos que movía la cabeza de arriba abajo y ponía los ojos en blanco. Sólo se escuchaban susurros. La selva se había tranquilizado por un instante y sus criaturas habían dejado de atacar a las otras. Todo era paz, susurros y calma. De pronto, se fue la luz. El gallinero se alborotó, muchos gritaban incluyendo el niño que era tocado por su madre imponiendo el ritmo a la melodía. Ella era la única violinista de la orquesta y el niño el único violín. Yo seguía de espectador auditivo. La oscuridad era total lo que me ayudaba a concentrarme en la música. Sonó por un instante un instrumento raro y me cagué. Me agaché pegado a la puerta y a la tablita de una de las sillas mientras seguía devorando mi concierto. De repente entró un tenor. "Señores y damas… esto no lo hago por mí, es por mi vieja a quien no le dieron nada. Se me bajan de la mula ya o los quiebro a todos". Levanté la cabeza para observar y lo único que vi fue la lucecita de un celular que medio mostraba una mano agarrando una pistola. Cuando el tenor se calló inmediatamente fue aceptado por el público y estallaron los aplausos. Sonaba la quinta de Beethoven, La Llamada del Destino. El violín de la mamá sonaba más desesperado de lo normal, pero aún así la música era buena, tenía ritmo. Aumentaban los aplausos, la velocidad, el suspenso. Se incorporaba la flauta, el clarinete en Si bemol y en Do, los oboes, los fagots. Yo me levantaba de mi asiento para aplaudir y tocaba el botón y nada. No había luz, si me pillaban me mataban. Seguía intentando y nada. Pensaba que no podía ser visto. La gente se quejaba y entregaba sus pertenencias al tenor que estaba callado y aún señalaba su instrumento con el celular. El violín aumentaba en velocidad y era apoyado por algún contrabajo. Llegó la luz, sonó la trompeta por fin. Todos vimos al tenor que nos había inspirado con su voz, quien sin querer culminó la obra con su instrumento por la sorpresa provocada. El violín calló, silencio total, las gotas de sangre en la ventana, la mamá con un grito ahogado, yo tocaba la trompeta de nuevo. El arma cayó también. Los amigos de Daddy Yankee se fueron sobre el tenor junto al oficinista y el rastafary. El arma llegaba a mis pies. Todo era de nuevo una selva, se habían convertido en zamuros que estaban esperando la muerte del león para comérselo. Para la madre aún sonaba La Llamada del Destino y yo seguía tocando la trompeta esperando que llegara el tren a la otra estación.

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...