martes, 6 de enero de 2015

La primera vez que usé el seguro


Cuando me caí para escoñetarme las costillas fue arrechísimo y doloroso. Lo primero que hice fue voltearme bocarriba. Había caído de frente esplatanado como si fuera a zambullirme en el concreto. Las manos no llegaron a tiempo para absorber el golpe y los raspones. Mi pecho rebotó con el piso como si fuera un balón de baloncesto. Al voltearme, el dolor llegó después de la primera inhalación. Sentía que no tenía aire y que no podía llenar mis pulmones. Una sensación de apretujamiento recorría todo mi pecho y el dolor impedía que pudiera gritar o apenas emitir un sonido. Mis piernas las tenía arriba; sentía la necesidad de subirlas. Capaz quería inconscientemente que la sangre se me fuera al pecho a ver si se me escurría por algún lado. Me revisé con la mirada y sólo encontré un raspón en el codo izquierdo. De frente venía un carro. Antes de la caída vi que venía rápido, a toda velocidad, pero cuando me caí la redujo. Me pasó al lado, lento como un barco que zarpa y cuyos tripulantes se despiden de quienes siguen en el puerto. Los carajitos que iban en el asiento de atrás casi sacaron la mano para saludarme. El chofer y la copitolo sacaron sus cabezas a ver si había muerto o si me había roto algo interesante. Me miraron como miran las doñas del pueblo a todos los que van pasando frente a su casa. Como el espectáculo no fue suficiente, siguieron sin detenerse: sin decir nada insatisfechos de mi cuerpo retorcido.

En los años 80 mi papá era el mejor corredor de seguros de Venezuela. Tanto así que le dieron una placa. Recuerdo una vez, muchos años después, que me asomé en su cuarto y vi un cuadro grande en el que se podía ver su nombre repetidas veces después de cada año y al lado “GANADOR”. Sí, mi papá fue el campeón de los seguros. Prácticamente no había más nadie en Margarita, cuya póliza no viniera bendita de antemano. Tanto así que en Porlamar era una leyenda entre los comerciantes. Decían que si te asegurabas con Lárez, nunca le iba a pasar nada a tu negocio, ni un terremoto iba a generar pérdidas involuntarias en tu mercancía. En Tierra Firme se corría el rumor sobre mi padre. Los mejores corredores de Caracas no entendían cómo alguien podía vender tanto en una isla que no pasaba las cuatrocientas mil personas. A mi papá lo llamaban para hacer pólizas en Carúpano, en Cumaná, en Caripito, Caripe, Güiria, Puerto La Cruz, Barcelona, Guanta, Píritu y hasta en El Tigre fue una vez a asegurar a un turco o árabe de esos de Juan Griego cuya amante vivía en aquel pueblo. Así de grande era la fama de mi padre, y sin embargo, como dice el dicho “en casa de herrero, cuchillo de palo” la primera vez que tuve seguro fue a los 25 años cuando pude ahorrar para pagármelo yo mismo.

Tengo la dicha de gozar de buena salud. Casi nunca he tenido que ir a una clínica a revisarme algo, ni tampoco he pasado nunca la noche en un hospital en toda mi vida. Así que era de esos que piensan que pagar un seguro médico es una de esas cosas innecesarias en las que a esa gente que es súper precavida, estresada por el universo y planificada le gusta desperdiciar su tiempo (y dinero).

A pesar de mi buena salud, cuando era chamo fui al ambulatorio de Salamanca varias veces por asma. Recuerdo que eso se me curó solo con el tiempo. Mi mamá siempre dice que las enfermedades son un peo emocional y el asma me dio en plena pubertad. Siempre lo relacioné con eso. Apenas ya tuve pelo en el pecho y en las bolas empecé a respirar bien y el asma así como mis idas al médico desaparecieron pa-ra-siem-pre.

La vaina de pagar el seguro fue idea de mi flatmate en Caracas: que hay que ser precavido, que uno nunca sabe, que mejor invertir esa platica y no tener que lamentar, que párale bolas, que tú no eres un súper héroe, que, marico, no te cuesta nada. Y tanto me dio que al año de estar viviendo con ella le hice caso y lo pagué. Al mes de eso, había una ambulancia frente a mi casa en Margarita, y volteado bocabajo estaba pegando gritos de dolor.

Ambulancia en Paraguachí


Un par de días antes, mi hermana y yo estábamos en el Sambil babeados frente a unos patines en línea. Casualmente quedaban dos y justo de nuestras tallas. Lo vimos como una conspiración divina: nada podía ser tanta casualidad en esta vida. En la noche, cuando llegamos a casa hicimos los mil planes de cómo íbamos a usarlos. “Listo, hermana, mañana nos vamos a la playa en patines. Esos nos los ponemos, les damos chola y ya, palante”. Yo me imaginaba patinando tipo tranquilo. Imaginaba que todo el rollo de patinar era algo similar a darle en bicicleta pero más fácil. “¿Quién no se sabe parar en ocho ruedas y darle palante?” Eso era todo. Un par de amigas me habían invitado hace unos meses a patinar en Los Próceres y en La Cota Mil diciéndome que por allá alquilaban los patines y alegaban no tener mucha experiencia en el asunto. Basado en aquello compré mis patines en línea a precio viejo en El Sambil.

A la mañana siguiente, me desperté como si fuera a abrir los regalos de San Nicolás. Mi hermana llevaba dos horas patinando en la sala de la casa y ya se había dado una caída leve. “Te quiero ver poniéndote los patines”, dijo toda burlona.

La última vez que había patinado había sido probablemente hace unos 15 ó 16 años. En aquellos días las calles de Paraguachí estaban más pulidas que ahora y uno salía a estrenarse severendo regalo el 25 de diciembre junto a los vecinos quienes también habían recibido aquel trofeo para los pies. De aquel 25 de diciembre en adelante me había quedado en la memoria que yo sabía patinar y que probablemente me había caído con alguno que otro raspón más o menos suave.

Antes de salir a la playa con mi hermana, practiqué varias veces en el garaje de mi casa y en la sala. No me iba tan bien como parecía, sin embargo quise arriesgarme. Ellla dijo que le parecía más sabio que saliéramos sin patines y que cuando viéramos una calle más pulcra que la de nosotros en Paraguachí nos los pusiéramos.

Caminamos hasta El Cardón y a la altura de Fritín me puse los patines. Mi hermana se quedó atrás con mi mamá y mi padrastro viendo. Ella se los iba a poner después. Arranqué confiado. La calle era muchísimo más suave que la que estaba en Paraguachí. Se patinaba bien y suave. Aumenté la velocidad. Me sentía como si volara. Era una sensación increíble. Sentía cómo los patines me deslizaban con rapidez y cómo la adrenalina me subía por la espalda, el cuello y hasta la cabeza. Le di más duro. Mi mamá decía desde atrás “¡hijo, sí que sabes patinar!”. Yo quería lucirme, así que le di más y más duro hasta que vi a lo lejos un carro que venía de frente a toda la velocidad. Quise frenar y no supe. Levanté el pie derecho para apretar contra el piso el taloncito que trae de freno el patín y no funcionó. Traté de manejar de forma curva para frenar y tampoco funcionó. El carro se acercaba de frente a gran velocidad. Me desesperé. No quería que me chocaran en mis primeros segundos sobre mis nuevos patines. Intenté agarrame de algo en el aire como si los alambres para guindar la ropa de mi garaje estuvieran disponibles en todas las partes del mundo mientras yo patinaba. No había nada. Después intenté frenar con las ruedas, metiéndolas de golpe para impedir que siguieran girando y me fui de boca.

A los quince minutos me levanté. Mi mamá me preguntó que si me iba a quitar los patines o que si le iba a seguir dando. El dolor se había ido casi por completo. Pensé que no había pasado nada, que se me había salido el aire de los pulmones y ya. Así que me quedé con los patines y llegué a Playa Puerto Abajo con ellos. De regreso a Paraguachí sí le di a pie. Soy de esas personas que después de que tocas la arena de la playa les cuesta volver a su estado natural si no han pasado por la ducha.

A la mañana siguiente, el dolorcito que tenía en el pecho se hizo más fuerte. Tomé un Ibuprofeno con relajante muscular por recomendación de mi mamá. “Ese debe ser el golpe, hijo, no fue poca cosa”. A las ocho horas volvió el dolor y continué con las mismas pastillas. Al otro día pasó lo mismo, pero con un dolor más fuerte aún. Le conté a mi mamá y se asustó toda, llamé a mi flatmate en Caracas y me preguntó que cómo se sentía. Le dije que me dolía cuando respiraba y cuando me movía, de resto era como si algo allí me latiera. “Tienes las costillas fracturadas”, me dijo. Me explicó que no es algo que se sienta y que las costillas no es una cosa que me pudieran enyesar, que me tocaba un reposo parejo y fastidioso. “Llama a tu seguro”. Y tuve que darle las gracias.

Me mandaron una ambulancia para la casa cuando ya estaba agonizando de dolor. “Voltéate chamo”, dijo la enfermera que entró a mi cuarto cuchicheando con otro enfermero. Me agarró una nalga sin manoseármela y me pasó antiinflamatorio y analgésico. Desde los 8 ó 10 años no me inyectaban en las nalgas. No recordaba lo doloroso que era. Casi que dejé de sentir dolor en el pecho y sólo podía pensar en el dolor en las nalgas. Cuando pude incorporarme y me volteé vi al enfermero que acompañaba a la que me había inyectado. Su cara se me hacía familiar. Él, cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, agachó la cara y quiso apurar el paso. Llamé a mi mamá. Pensé que quizá se estaba robando algo. “En estos tiempos en Venezuela, hay que tener cuidado de hasta los enfermeros que llegan por el seguro”, pensé. (Después pensé que qué bolas mi pensamiento, si yo jamás había tenido seguro, cómo iba a saber cómo eran estos carajos). Cuando llegó mi mamá, el tipo no se puso más nervioso, más bien se puso a hablar con ella para evitarme.



“Entonces, no me robó nada del cuarto”, pensé.

Para salir de dudas, abrí mi boca y tratando de olvidar el dolor en las nalgas le dije: −¿Pana, yo a ti te conozco de algún lado, verdad?−. El enfermero soltó a mi mamá y asintió avergonzado. La enfermera lo vio y se tapó la boca para no reírse.

−Si, chamo. Yo era el que iba manejando el carro cuando te caíste.


lunes, 3 de marzo de 2014

Ansiedad de Jonás

Un amiga me contó que su mejor amiga había conocido a su marido por Instagram. No le pregunté cómo había sido, pero imaginé lo obvio: él le dio like a una foto. Ella lo agregó y le dio like a otra. Luego empezaron a comentarse las fotos. Luego le dieron like a fotos viejas en traje de baño. Luego comentaron las fotos viejas en traje de baño. Se mandaron un mensaje privado con sus números de teléfono. Luego se escribieron. Se llamaron por teléfono. Se llamaron por hangouts. Comieron juntos. Se besaron. Tuvieron sexo. Se empataron. Vivieron juntos. Se casaron.

Fue así que me imaginé a mí mismo en una situación similar en donde repartiendo likes a diestra y siniestra encontraba al amor de mi vida. Ese mes, mi plan de navegación del teléfono duró muy poco.

Con el tiempo olvidé el asunto y me cansé de buscar a la persona ideal por Instagram. Fue difícil darme cuenta de que la relación idílica de la amiga de mi amiga había sido una gran casualidad. Así fue que me sentí derrotado y quise seguir adelante. Hice un curso de cocina vegetariana, un curso de alemán y tomé clases de paracaidismo. Mi plan era invitarla a comer a mi casa; invitarla a conversar en alemán a mi casa o invitarla a saltar del mismo paracaídas que yo. Lo intenté; me divertí mucho, pero allí tampoco conocí a nadie que me otorgara la reciprocidad que estaba buscando; sin embargo la derrota no había sido mayor a la anterior: ahora sabía hacer pastel de chucho con soya, le había perdido el miedo a las alturas y sabía el significado de Du hast.

La siguiente etapa fue entregarme al alcohol: la salida fácil. Empecé a ir a bares con un par de viejos amigos que había dejado con la universidad. Ellos, solteros y treintones como yo, estaban en la búsqueda de féminas quizá con un propósito diferente al mío, no obstante eso me bastaba como excusa para salir a cazar con ellos. Mi estrategia aquí era la siguiente: Emborracharme. Emborracharla. Hablar fluidamente sin inhibiciones. Hacer que se enamorara de mi espontaneidad. Darle un beso. Meterle mano. Invitarla a mi casa. Acostarme con ella. Pedirle el empate a la semana. Decirle que es el amor de mi vida. Casarme con ella.

Esto funcionó. La segunda vez que salí con los chicos conocí a Juana. Ella llamó mi atención y me emborraché. Fui a hablar con ella. La emborraché. La besé. La invité a mi casa. Tuvimos sexo. Le escribí una semana después. Le dije que era el amor de mi vida. Nos empatamos. Nos casamos.

Juana era una hija única de padres divorciados. Antes de nuestro matrimonio se repartía los días de la semana en la casa de su padre y su madre. Juana era adicta al control, a hacer las relaciones tóxicas, a escudarse en sus problemas con alguien y era una manipuladora experta. Juana era morena y esbelta. Tenía una sonrisa que contaminaba la razón y una mirada penetrante color ámbar que nublaba cualquier juicio lógico. Juana era lo que yo quería.

Duramos tres años. Desde que me casé sabía que había algo que no estaba bien. Me di cuenta de que yo no había querido estar solo. Y estaba buscando aferrarme a alguien para distanciarme de mi problema. Me eché la culpa. Ella se fue con un canadiense con un yate. Destruyó mi ego increíblemente. Escupió mi virilidad; mis ganas de compartir.

Pasé un año y medio solo. Sin relaciones. Me pagué un par de putas cuando el cuerpo me pedía sexo. El resto del tiempo lo quemé haciéndome la paja con Internet. Salí con amigos. Nos emborrachamos y varias mujeres se me acercaron. Las rechacé. Rechazaba cualquier compromiso: cualquier contacto. El sólo hecho de que me desearan me disgustaba. Sentía que, con el primer contacto, me decían con sus ojos que tenía que complacerlas. Eso me hacía sentir que las decepcionaba y por eso me encerraba más. Me quedé ese año con mi porno y mis putas; mi trabajo y unos cuantos libros de autoayuda de esos que regalan las tías en navidad para el autoestima.

Al año y medio conocí a Tatiana. Yo no buscaba conocerla. No estaba buscando nada. Al salir del trabajo, me encontré con un anuncio en una cartelera de la oficina. Decía que una compañera de labores tenía a su perro muy enfermo, que un veterinario había realizado una mala praxis, que ella había gastado todo su salario y todos sus ahorros en él. En el letrero había un número de cuenta. No había ninguna foto de Tatiana: sólo de "Camy", el perro. Hice una transferencia de un monto modesto, como seguro la hicieron otras personas. El resto de la noche lo pasé metido en Facebook. Hablé con algunos viejos amigos mientras creaba algunas listas de reproducción online. Cuando ya no pude más, me fui a dormir.

Esa noche soñé que mi perro se enfermaba y unos amigos me ayudaban a llevarlo al veterinario. Luego, mi perro se curaba y le salían alas. Entonces podía ir al trabajo volando sobre mi perro. Me desperté cuando de camino al trabajo, mi perro se saltó una luz roja de una especie de semáforo en el aire y chocó con otro perro volador. El choque había sido tan estrepitoso que caí al pavimento. Me desperté con el vértigo de la caída.

Abrí los ojos. Tomé el celular. Tenía 10 notificaciones. Una de ellas no identifiqué en un primer momento: era un email de una Tatiana A. Giménez Q.:
"Hola, Jonás, ¿cómo estás? Gracias por ayudar a Camy. Ella y yo estamos muy agradecidas contigo ♥.
Besos.
Tatiana."

 Vi el reloj: 7:00 am. Me limpié las lagañas. Me cepillé. Le respondí cualquier vaina:
"Tatiana. Un gusto en conocerte. Pensé que Camy era un macho, ja ja ja. Lo que hice no es nada. Yo tengo 6 perros y sé lo que se siente tener a uno mal.
 Un abrazo.
Jonás."
 Ella me respondió al minuto: que Camy era de Camila, que para ella significaba muchísimo mi ayuda y que estaba muy agradecida. Yo le respondí otra cosa mientras desayunaba. Ella me escribió otra. Ahí empezamos a entablar una conversación epistolar que duró 12 horas o más: pasamos de perros a películas, de películas a libros y de libros a viajes. Luego hablamos de momentos perfectos, de felicidad, de compartir, de la vida y del amor.

Me volví a sentir pleno, sentí que me había vuelto a encontrar conmigo mismo y que había encontrado a alguien para compartirlo al mismo tiempo. Sentí que quería estar con Tatiana, que quería hablar con ella más, que quería compartir con ella más.

Al día siguiente no le escribí. No quería hacerla sentir que estaba desesperado. Me aguanté, me hice mil fantasías acerca de un futuro nosotros y tracé un plan: Le escribo por correo mañana y le pido el número. Luego le mando mensajitos. Luego la llamo. La agrego a Facebook. La invito a cenar. La invito a mi casa. Le pido el empate. Me caso con ella.

Fue así que me armé de valor y le escribí no al día siguiente, sino que esperé un día más por la tarde:
"Hola, Tatiana. ¿Qué tal estos días Camy?
 Un abrazo.
Jonás"

Esperé. Vi el celular. Vi el techo de mi habitación. Saqué la cabeza por la ventana. Vi el cielo. Me hice fantasías. Me acordé de mi perro con alas. Esperé. Me acordé de Juana y de la amiga de mi amiga que se casó porque conoció al marido por Instagram. Esperé más. Fui a trabajar. Volví de la oficina. Vi el teléfono. Revisé la configuración de mi correo. Me dormí. Pasaron los días. Pregunté por ella en el trabajo. Nadie sabía nada. El anuncio tampoco estaba en la cartelera. Le escribí otra vez. No tuve respuesta.

Me deprimí. Me acordé de las putas, del alcohol, de Juana, de las clases de alemán, de paracaidismo, de dar likes a Instagram de forma desesperada. En mi cuarto, vi la pantalla de la computadora. Revisé Facebook, Twitter e Instagram. Abrí mi blog. No publicaba desde año y medio. Me decidí a escribir la historia de un muchacho, de menor edad que yo. Menos solo: con más amigos. Este muchacho trabajaba en una oficina y leía el letrero sobre un hámster cuya dueña no tenía recursos para operarlo.

La dueña sí se había interesado en él, sí salieron, se enamoraron, se casaron y a los tres años se divorciaron. En su despecho, el muchacho salió con amigos, se emborrachó y le rompió el corazón a otra mujer. En su soledad después de año y medio probó ir a clases de francés, de snorkeling, de cocina japonesa...

sábado, 15 de diciembre de 2012

Temporal fin del mundo


No está claro si se acabará el mundo en cinco días, así como tampoco qué pasará en el próximo periodo presidencial venezolano. La verdad es que estas navidades están llenas de un aura de incertidumbre que, si bien, no le quitan el sueño a nadie, creo que han plagado de un toque melancólico estos últimos días. ¿Serán los últimos de algún periodo? Yo creo que sí.

La constante evolución nos va haciendo más fuertes. Está demostrado históricamente; eso sí, no sé si nos hace más inteligentes, pero quizá, sí más civilizados, aunque muchos vivamos en Caracas y nos parezca raro este término. Eso porque por estas calles encontramos caras de personas que en sus hogares viven con costumbres de la edad antigua; otros, la mayoría, con de la edad moderna y unos pocos, con de la contemporánea. Estos últimos, a pesar de llevar una bandera que avanza en un estado natural de las cosas, son los que más sufren al tener que compartir con una cantidad de asimetrías no reconocidas y que no son económicas, que no dependen de la clase social, que no son culturales, ni de poder, ni raciales: son atemporales.

¿Encontrará la humanidad un mismo tiempo el próximo 21 de diciembre? ¿Seguiremos viviendo el barroco criollo? Status quo, incertidumbre, cambios. Status quo… Creo que esta es una buena fórmula para determinar el fin de un mundo.

Yo, que siempre he perseguido esa bandera, creo que es hora de cambiar. ¿Ustedes no?

lunes, 14 de mayo de 2012

Una mezcla de nieve y volcán


Centro de Reikiavik

En el bar nadie veía el partido de balonmano. Todo el mundo estaba pendiente de la otra pantalla. Esa que ponía en primer plano a Lionel Messi para ver cuántos goles hacía en un juego de semifinales de la Champions. Al principio sentí esa sorpresa estúpida de por qué en un país que nunca había clasificado al mundial, y cuya selección nacional tenía un gran partido de balonmano, tenía tanta gente volcada hacia el fútbol, además hacia el fútbol extranjero. Después me acordé de Venezuela y me sentí estúpido. Entonces, le di un sorbo a mi birra y me quedé meditando. Un par de minutos después esbocé otra idea estúpida, sólo para aplacar el estar bebiendo solo en un bar; me empecé a sentir alegre porque estaba en el culo del mundo y la gente estaba apoyando a un sudamericano, a Messi, y bueno, yo era sudamericano, pues. Me sentí arrecho, orgulloso, y sentía que podía hablar con cualquiera y decirle “Epa, bicho, sabes que yo soy venezolano, que Venezuela queda cerca de Argentina, pues, o sea, que yo tengo la misma sangre que Messi” y entonces pensé en Chávez, en las paradas de autobús sin reloj, en la gente que aquí también le va a muerte al Madrid o al Barça y me sentí como un bobo.

Así fue que me imaginé a un islandés, un chamo como de mi edad que bebe solo en un bar en Caracas. En el sitio, que es una tasca de chinos en Chacao, está viendo un juego de béisbol en donde se siente identificado con un jugador español que todos en el bar adoraban. Pero no pude imaginarme a un islandés feliz por un español, pensé que el beisbolista en cuestión debería ser noruego para que hubiera mayor empatía territorial, entonces empecé a construir la imagen de un Thor un poco menos papiado con un bate de béisbol y vestido con la ropa típica de Los Leones del Caracas. Así de absurdo, el islandés, que por alguna razón estaba en Caracas, veía el juego de pelota, cruzando los dedos por el noruego beisbolista. En medio de aquella algarabía el joven nórdico imaginaba que por la puerta del bar entraría una venezolana de más de 1,70, así como las ha visto en la televisión o buscando “venezuelan women naked” en Google o viendo videos de Reggaeton en Youtube, pero sólo entraban chicas que si bien, no le quitaban el ojo de encima, no era lo que él estaba buscando. Me sentí triste por el islandés, así que cerré la tapa de imaginaciones superfluas y seguí con la birra de 900 coronas en la barra del Hressó Bar esperando que alguien viniera a sacarme conversación.

En las calles de Reikiavik la gente podía ser tan amable o tan anti parabólica como fueran las necesidades de quien mira. Todos los islandeses, rubios y altos, hechos a imagen y semejanza de sus dioses nórdicos (y nórdicas) parecían haber salido de un catálogo de revista. No había uno que no pareciera imbuido por algún tipo de magia ancestral de esas que ocultan la imperfección humana y engrandece la belleza y rectitud.
En la mitología escandinava, la belleza tenía que ser islandesa, pensaba cada vez que veía a un local en la calle. Y de repente pensé en un Miss Universo onírico, animado por Gilberto Correa, donde la chama de la recepción del hotel, o la chama que vendía desayunos en el restaurant italiano, o la chama del bar, o la chama de la agencia de viajes, o la chama de los perro calientes islandeses, o la de la biblioteca municipal, o cualquier chama de Reikiavik, vencía en el certamen a Venus, Hathor, Scarlett Johansson o Astarté y éstas últimas, tradicionales diosas de la belleza occidental, se rendían ante los pies de la islandesa perfecta que con solo una sonrisa era capaz de poner de rodillas a cualquiera.

Esa noche, cuando el partido del Barça-Milán terminó, el bar se quedó solo. Sólo una mesa y yo veíamos el de balonmano: una suerte de baloncesto con portero, en una cancha que me recordó muchísimo al Gimnasio Ciudad de la Asunción. El equipo de Islandia tenía un uniforme igualito al de trotamundos, mientras que los noruegos también tenían uno con rasgos de básquet, pero rojo. No voy a negar que ver este deporte en TV me parecía raro, sin embargo, ya lo había jugado en Margarita: el paraíso de 30 grados centígrados donde no sólo se importan quesos y electrodomésticos, sino también deportes y unos cuántos gringos.

Islandia es conocida por su mezcla de nieve y volcán. En la zona de Géisers uno puede ir caminando sintiendo el frío ártico en la piel, mientras sale un chorro de agua a más de cien grados del piso y entonces sentir un calor (y olor) fuerte. Pero ese frío con calor no sólo forma parte de la geografía natural de la isla. Esta es una condición que incluso vive dentro de la gente. Fríos como un iceberg, los islandeses no hacen contacto a menos que sean llamados. Sin embargo, apenas se les apela, prestan su total disposición al prójimo. El verbo ayudar está tatuado en sus pálidas pieles con una tinta china.

Puedo mencionar algo que me sucedió una semana antes de llegar a Reikiavik cuando cuidé a un bebé en el metro de Copenhague. “Are you lost?” Nos dijo una catira altísima con un coche, un bebé y ropa de invierno, que salió de la nada. Estábamos buscando cómo llegar a la Estación Central desde Islands Brygge (la zona más islandesa de toda Dinamarca), al mismo tiempo que no comprendíamos cómo era que estábamos en el andén sin pagar el ticket de metro. “¿Será qué es gratis?”, dijo uno. “¿Es que hay que comprarlo en el tren?” asomó otro cuando cayó el are you lost? de la treintañera con el coche.

Le di mi tarjeta de crédito con la confianza de que en Dinamarca no te roban y ella me dijo que le cuidara el bebé mientras iba y venía. En un minuto volvió con un pase para cuatro personas y mi recibo. Nadie chequea que hayas comprado el ticket. “Solo lo pagas porque hay que pagarlo”, nos dijo Sigríður Jónsdóttir (El primer nombre se pronuncia Sika, para el segundo no nos esforzamos: era muy pelúo), mientras nos indicaba cómo llegar a la Estación Central. “¿Adónde van luego de dejar Dinamarca?”, preguntó en inglés, “Ellos van a Escocia, yo voy a Islandia”.

Sika sacó su teléfono y me preguntó cómo me llamaba. Inmediatamente me agregó en Facebook y me dijo que ella era islandesa que si necesitaba algo no dejara de escribirle, que en Islandia la gente es muy alta, que si nosotros éramos españoles porque éramos “darker” que la gente aquí, que en Islandia hay que probar los dulces, que nos bajáramos en esta estación, que nos escribimos luego, que está a la orden.

Una semana después aterricé en el Keflavíkurflugvöllur. En donde, al apenas salir del aeropuerto, un rubio gigante tomó mi maleta y me invitó a tomar el autobús, que él era el chofer, que está a la orden para lo que necesite, que bienvenido seas a Islandia, que no dejes de visitar la Laguna Azul, el Golden Circle, que vayas a ver las ballenas, que no dejes de comer hot dogs, que compres chocolates.

Y sí, hice todo lo que el chofer y Sika me dijieron que hiciera. Sólo que no vi ballenas, pero sí delfines. No eran esos delfines que a uno le salen cuando va en el ferry convencional a Margarita, éstos eran blancos e inmensos: “White dolphins” dijo la guía turística.

Los noches pasaron entre nieve, extranjeros, piscinas y bares. La última noche conocí a varios turistas en el bar del hotel: primero a una pareja de Salzburgo que se habían quedado una semana en el hotel Flamenco en Margarita: “lo único malo de Venezuela es que la gente no sabe hablar inglés”. Después un tipo de San Francisco: “¿De Venezuela? ¡Qué bien! ¿Tomas tequila, no? ¡Mi jardinero es mexicano!”. Petr, de Pilsen: “Me encanta el Ron Pampero”. Una irlandesa que vive en Londres: “Tengo una pregunta, ¿Chávez es dictador o no?, a veces no entiendo”. Mientras que los austriacos me pedían que les explicara Cadivi porque “cuando pagábamos con efectivo, uno se da cuenta de que Venezuela es un país barato, pero si pagábamos con tarjetas todo salía más caro, casi el doble o el triple; más caro que en Suiza”. Y por último conocí una española, única alma en la frontera del con el Polo Norte que podía entender la mezcla de fonemas que suelo producir: “Por favor, frente a esta gente, háblame en inglés”.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Sólo con la mirada


Moisés Lárez
Para Ariana Marcano

En la niñez uno cree que es muy difícil conocer al amor de su vida. Uno empieza a tener más inteligencia que el perro, se está aprendiendo el nombre de los colores y está jodiendo a una caraja, como de 24 años que le tocó sacar la licenciatura en la UDO, con el ma-me-mi-mo-mu, ca-que-qui-co-cu.
El concepto del amor puede ser algo así como lo que veíamos en las telenovelas mientras mamá nos acostaba a dormir o esa relación rara que mantenían papá y mamá de amistad con besos en la boca. Eso podía ser el amor.

Sin embargo, uno sí se enamoraba.

A veces, la adultez nos hace olvidar ciertas cosas; los recuerdos felices de la infancia pueden quedar trancados por frustraciones, traumas o pare de trastornos psicológicos que duermen al Peter Pan dentro de uno. Más allá de las ganas de besar a alguien: cosa sin sentido y poco higiénica. Lo que sentía de niño era distinto. El amor era una admiración por la belleza; esta última palabra entendida como un concepto también primitivo para alguien de tan poca edad y sin experiencia.

La belleza primitiva era como todos los estados primigenios: tosca y básica. Una búsqueda por el físico perfecto, pero no cualquier físico; ya que al no existir instintos sexuales fuertes, esta necesidad era la de encontrar a alguien a quien admirar estéticamente. Así, a los seis años, me gustaban las niñas estéticas: aquellas cuyos ojos brillaban, cuya tranquilidad compensaba su apariencia y cuyas palabras sonaban como una melodía. Así, de forma primitiva, me enamoré varias veces.

A veces recuerdo aquellos amores inciertos, aquellas caras infantiles, aquel pensamiento despojado de otra cosa que no fuera admiración y cariño, aquellas profundas ganas de decir “te amo” aunque su carga semántica no tuviera que ver con la actual. Era aquel momento en el que el tiempo no pasaba, y en el que la memoria no se preocupaba por llenarse. Caroline Ebel, Daniela Méndez, Andrea Agostini. Todas fueron admiradas en épocas distintas, todas de formas distintas. De ellas ideé un modelo primitivo: el esqueleto que llené de peroles y manguanguas con el tiempo y las experiencias.

Cada uno edifica su modelo a su tiempo, lo llena de cosas y le da personalidad: modifica esa forma primigenia, lo evoluciona y lo adapta a la época. Así nos enamoramos, así pensamos en la mujer ideal: una mezcla de esto con aquello, condimentado de esto otro, pero con esa base original siempre presente. A veces me pregunto cómo sería volver a los orígenes; cómo sería encontrarse con esa persona y sólo mirarla moverse y sonreír; cómo sería pasar un minuto de nuevo en la niñez. Yo aún (hoy) no he podido volver a vivirlo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un cliché guayanés (breve de mi nacimiento)


Nunca nadie me dijo cómo había sido exactamente.

El parto estaba planeado para un día de enero. Todo el mundo esperaba que fuera un día ni tan cercano a los primeros del año, ni tan lejano para ser acuario. Supongo que mi madre sufrió una de esas alteraciones posviajes donde todo el organismo cambia porque no se encuentra en su hogar.

Yo vine a nacer en Ciudad Bolívar. Como hasta los 12 años pensé que era una mítica ciudad, por el salvaje Orinoco que dividía el territorio con el estado Anzoátegui; por el macizo, que según mi madre evitaba todos los terremotos en Guayana, y por la televisión por cable que no había llegado a Margarita.

Mi mamá había viajado para allá porque mi tía Xenia vivía ahí y acababa de tener a Javielito. Con él nació una rivalidad que dura hasta ahora. A veces somos tan iguales que a excepción de un dígito compartimos el mismo número de cédula y tan diferentes que no se sabe si somos primos, enemigos, hermanos o totales desconocidos. Él, de un parto normal, tenía un peso increíble, “nació bien alimentado”, había dicho el médico; mientras que yo, nacido una semana después, parecía un prematuro normal: “a la incubadora”, dijo el doctor.

Mi papá no se creyó la historia. “¿Un ochomesino el día de los inocentes? ¡Vayan a engañar a otro!”, dijo mientras estaba con algún amigo en Porlamar. Al final mi abuela llamó a mi abuelo, mi abuelo a mi papá y se creyó el cuento a medias. Cuando llegó a Ciudad Bolívar al día siguiente y me vio, descubrió que no era un chiste.

Para mi madre fue menos complicado. De verdad yo no di ningún indicio de nacimiento, supongo que no quería andar molestando a la gente. Es como una inyección; si te dicen “te van a inyectar mañana”, pasas toda la noche pensando en la puyada. Mientras que si no te dicen nada, te llevan al médico y, de repente, te sorprenden con una inyección, será menos traumático. Así fue para mi madre. Fregó los platos del almuerzo, se sentó en una cama a ver “Cambalache” por Televén y se dio cuenta de un charco extraño. Mi abuela que andaba por ahí le dijo que había roto fuentes y mi mamá no se lo creía. De verdad no sentía nada. Mi abuela dijo “vas a parir” y mi mamá “bueno, dile a Xenia que prenda el carro”.

Entonces, nací y mi papá no creía nada. La gente tiende a hacer bromas los 28 de diciembre. Yo nací ochomesino.

Con mi papá vino mi padrino. Mi padre tenía la costumbre de no abandonar a sus amigos, y ellos tampoco lo abandonaron a él. Era un momento de bonanza económica o por lo menos para los Lárez de Carapacho. Aunque mi padre siempre rotaba sus compañeros de camaradería, con el tiempo unos fueron quedándose y apareciendo cada cuántos años, otros, pocos, fueron leales y frecuentes hasta el día de su muerte.

Días después fueron a registrarme a la prefectura del Municipio Heres. Con una partida de nacimiento interesante, fui inscrito años después en un colegio donde la mayoría de mis compañeros eran inscritos con sus pasaportes suizos o alemanes o partidas de las prefecturas de Mariño, Baruta y Vargas. Gracias a Heres, pude presumir unos años.

No sé cómo fue la primera vez que sentí el calor de Margarita, pero fue ocho días después de mi alumbramiento, ya en 1989. Con los años fue creciendo una relación amor-odio con la isla. Se convirtió como en una madre a la que se deja por ir a la universidad en otra ciudad. Afuera la queremos y la extrañamos mucho y la llamamos por teléfono a cada rato. Pero basta que uno pase un mes bajo sus leyes para querer salir de su jurisdicción.

Así crecí en Margarita, en donde a veces presumí mi escasa guayanitud, pero luego, afuera, en tierra firme, siempre hable de mi margariteñidad. Sin duda una perla que me dio acento, léxico, calor e himno. Algo que no cambiaría.

lunes, 26 de abril de 2010

Dámelo o te mato

Cuando pasaron por ahí vieron el montón de mujeres llorando. Los pocos hombres que vieron servían de consuelo y apoyo. Sólo estuvieron ahí un instante. Mientras seguían su camino por Bello Monte.

“Si no te quedas tranquilo, te mato”.

Su mamá se hubiera enterado, cuando la señora Edi, una buena doña que le alquilaba una habitación por el precio de hace una década, la hubiera llamado. Ella hubiera llamado a Manuela, la novia con la que estuvo los últimos cuatros años, y ella le hubiera dicho a sus amigos que justamente estaban pasando por ahí y la escena hubiera sido la misma, excepto que no hubieran seguido de largo, sino que se hubieran quedado llorando un rato en la película que formaba estar frente a la morgue.

“Si intentas correr, te mato”.

El problema había sido que no tenía real. No tenía para comer en la calle y tenía que esperar que hicieran la sopa en el apartamento donde vivía. Siempre que le invitaban sopa los domingos era el último en comer y éste no fue distinto. Ana y Franklin tenían media hora esperándolo en la salida del metro y él no podía hacer nada. Tenía que quedarse a esperar que le dieran la sopa. No saldría sin comer. Ana y Franklin podían joderse esperándolo en el metro o se podían ir sin él.

“Dame el celular o te mato”.

Él dijo que le hubiera gustado que en Instituto de Filología hubieran llamado la Sala de Lectura con su nombre o por lo menos la Sala de Reuniones de la Maestría en Lingüística. Seguro cuatro gatos hubieran hecho algo sí moría. Probablemente Kozak no evitaría la mención en clases. Franklin fue el único, en el carro, que tomó la iniciativa y dijo que él hubiera cogido todos sus escritos y los mandaría a publicar en El Perro y la Rana.

“Pira, chamo, pira… ¿o estás esperando que te mate?”

-¿Qué mierda es ésta? Esto no es un Blackberry. ¿A quién le quitamos este pedazo de mierda? Bota esa mierda.

-Es una Palm dice ahí. No la botes, Wincho, capaz es una vaina cara que compraron en Estados Unidos y la podemos clavar por ahí bien fino.

-¿Y quién va a tener un cargador de eso, relambeverga?

-No me trates así, con tu palabruchas orientales el mío. Mira que yo no ando con pasiones. Esa Palm me la quedo yo. Vas a ver que vale billete. El peo es que no la sé manejar. Voy pa casa del Goifri pa’ ver que hace.

“o te mato, ¿no oiste?, te mato”

“Si hubiera muerto por una palm, hubiera sido inútil”, pensaba él. Primero, las Palms son muy complicadas y ésa que él tenía estaba obsoleta y descontinuada. Tanto así que en EEUU ya no les paraban bolas y ésa que compró en Movistar hace casi un año ya la estaban vendiendo por la mitad del precio original. Nadie las quería y en todos los foros en Internet de Palms Centro decían “qué hace usted con ese aparato tan viejo y descontinuado”. Sí, su Palm tenía problemas. A veces cuando entraba una llamada, se reseteaba o apagaba. A veces, cuando se conectaba a Internet se quedaba pegada como si quisiera dárselas de Windows Vista con 512 de RAM. Además desbloquear el teclado era un rollo tan grande que sólo él lo sabía hacer. Moisés se preguntó si los malandros habrían botado su Palm a El Guaire como hace tiempo unos malandros lo hicieron con un reloj Technomarine que tenía Manuela y que no encontraron en su bolso cuando ella llamó a su teléfono para ver si había chance de que le devolvieran sus cosas: simplemente le dijeron "botamos todo a El Güaire, sólo nos quedamos con el celular, anda a buscar tus mariqueras ahí".

“No te muevas. Esto es un atraco. Cualquier cosa que hagas y te mato”.

Moisés bajó por el ascensor. Mientras descendía le mandó un mensaje de texto a Franklin preguntándole que por qué salida de Plaza Venezuela lo estaban esperando. Esperó que le dijeran que por la del metrobús porque era la más cercana, pero no le respondió. Así que bajó decidido a ir por ésa.

Los malandros tenían un contacto en la Metropolitana que les había dicho que hoy no harían patrullaje por ahí ni por la zona sur de Maripérez, así que tenían luz verde para lo que quisieran. Poco se preocuparon por la policía de Libertador, que por esa zona es inexistente. Moisés en cuatro años y medio de carrera sólo había visto este cuerpo policial un par de veces, y eso porque tenía ir a hacer unas diligencias al centro de Caracas.

-Cuatro atracos por aquí y después tres por los Caobos. Así vamos cómodos pa’ la casa. Así mandamos a reparar la moto tuya pa’ que puedas trabajar mejorsito de lunes a viernes y le compres los pañales al carajito, yo sé como es la tuya de cuaima.

“Ése es el propio, la calle está sola. Igual nadie le va a parar. Da la vuelta y si se pone popi le dices que lo matas, con eso se cagan todos”.

Te mato.

“¿Pero no lo mataremos verdad?, ¿tú podrías hacerlo?”.

Tu celular o te mato.

“No seas pendejo, si no lo haces tú lo hago yo, si no coopera, muere”.

El sonido de la moto asustó a Moisés al instante. Sus prejuicios le dijeron que dos tipos en una moto no era bueno, pero también pensó que ambos tenían cascos y estaban como recién bañaítos, no iban a robarlo, sino a pedirle una dirección.

- No te muevas. Esto es un atraco. Cualquier cosa que hagas y te mato.

En ese instante, esos donde el tiempo no existe, porque pasan demasiadas cosas, Moisés pensó si volvería a ver a su mamá o a su novia…

- Si no te quedas tranquilo, te mato.

…su abuela, su tía, su hermana, su ejemplar de 2666 que aún no había leído.

- Si intentas correr, te mato.

Recordó cuando se cayó de la bicicleta, cuando su mamá le dijo que fuera a cogerse puntos, pero él no quiso y sintió cómo palpitaba la cicatriz en su rodilla.

- Dame el celular o te mato.

Pensó en su tesis, en sus tutoras, en lo que no sería. Y en lo de pinga que sería morir. Pensó en correr… “dame el celular o te mato… te mato… te mato”.

- Pira, chamo, pira… ¿o estás esperando que te mate?

Dio tres pasos atrás y pudo, ya sin celular, ver quiénes había visto lo sucedido. Cinco hombres arriba de él estaban frisando el edificio. No quisieron verlo, pero habían percibido todo. Uno lo miró y con los ojos le hizo un gesto de “si no te vas rápido nos implicarás a nosotros, no queremos que estés más aquí”; otro lo vio con ojos de “eres un pendejo”.

Ana y Franklin estuvieron una hora esperándolo. “Llamé a mi mamá, cancelaron la línea inmediatamente. Tenía como quince minutos libres. No quería que me robaran eso también. Vámonos a la piscina. Tenemos que decirle a José Luis que hay que buscar a Manuela por Bello Monte, ojalá no se moleste”.

Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...