viernes, 8 de septiembre de 2017

De cómo sobreviví al sismo en Ciudad de México

–Métete debajo de la puerta–, me dijo Yeleiza.
–¿Qué?
–Debajo de la puerta. Rápido–. Me metí debajo de la mesa. –No ahí, no. Debajo de la puerta.
–Coño, voy. –Dije confundido. Con la laptop aún en el brazo y Skype andando, abrí la puerta. 

Estaba la vecina saliendo en pijama. Nunca había cruzado una palabra con ella.

–¿Qué hacemos?, –me dijo con la confianza que te da el no saber si vas a morir.
–Vayan al ascensor dijo Yeleiza. Es la zona más segura.
–¿Qué? –Dijo la chama– No, no, vente–. La jeva avanzó con sus chancletas y su pijama de Hello Kitty hacia el fondo del pasillo.
–¿Adónde?– Le dije chao a Yeleiza con la mano y cerré la laptop. Di unos pasos adelante y dejé la puerta de la casa abierta. Las parades se movían como cuando borrachos intentamos ir al baño en el ferry express a Puerto La Cruz.
–Corre, ¡ven! ¿O quieres morir?–


Un día antes.

Estaba en el Woko con unos amigos. Entre chelas y risas oíamos al último comediante de la noche. De la nada suena una sirena. El pana en tarima se calla. Óscar, quien tengo al frente, me mira. La alarma suena más duro. “Sismo”, dice Óscar. “¿Qué?”. “Sismo, marico, vámonos pal coño”, me dice en mexicano. No reacciono. El pana que está en la tarima tampoco. Acomoda el micrófono en el pedestal y se queda pensando. “Tú eres huevón, muchacho marico, mueve ese culo”, traduzco lo que grita otro. Me levanto de la silla. Aparece alguien más en la mera entrada del bar: “¡Salgan de esa mierda ya que esta vaina se va a caer!”.

Afuera estaba toda la gente de Ciudad de México reunida en la calle confundidos por la alarma. No había llegado el temblor aún.

Meses antes había visto una película malísima en Netflix. La Roca tiene que salvar a Alexandra Daddario de la catástrofe. El pana se entera de que su hija está en riesgo porque un científico ahí logró un sistema para predecir terremotos; algo que es imposible, según el mismo argumento de la película. Ahí en la acera, junto a Ciudad de México volcada a sus calles, me pregunto si bien la película me mojoneó diciendo que es imposible predecir terremotos o si, más bien, en México le mintieron a todos con estas alarmas preventivas. El sismo no llega.

La gente aburrida se fuma varios cigarros. Van entrando al bar a buscar una cerveza para esperar el temblor pedos. No pasa nada. Poco a poco vamos volviendo antes de que acabe la promoción de las 7:30 pm.

Pido un Taxify a casa: decidí dejar de usar Uber en México hace un par de semanas porque un driver me paseó pensado que era turista y no me quisieron devolver el dinero cuando me quejé de su profesionalismo. Taxify es lo mismo que Uber, pero más barato aunque con más tiempo de espera. Aquí te dejo un promocode para que tengas tu primer ride gratis: NEFVZ. En el carro leo las noticias. Irma hundió Barbuda. “¿Dónde coño es Barbuda?”, pienso. Qué bolas que alguien del Caribe no sepa dónde ubicar otras islas. Me siento ignorante. Qué mierda la educación que me dieron en Venezuela. Pienso en Barbados, Bahamas, Bonaire; las ubico en el mapa. Abro BBC Mundo en el teléfono. Leo “Antigua y Barbuda”. Me siento imbécil por no pensar en ese país antes. Pienso en que es un paraíso fiscal y en la plata que deben tener los chavistas en cuentas en esas islas. Leo que hay muertos; que la isla quedó destrozada 90%, que no es apta para la vida. Me cago. Me imagino a Irma desviándose hacia el sur y golpeando Nueva Esparta. Si jodió a Barbuda tiene que joder es a Coche, no a Margarita. Imagino mi casa de Paraguachí anegada. El techo de asbesto volando. Mis libros flotando. Paraguachí queda hundida bajo el nivel del mar. Mi mamá y mi padrastro están en un peñero guiados por Chuíto –un entrenador de beisbol infantil/fiscal de tránsito del pueblo– tratando de salvar a la gente cual escena de Titanic de James Cameron. Imagino a Chuíto rescatando gente por Paraguachí en el peñero. Se montan personas a medida que avanza. Sobre una tabla flota Changuelito muerto. Me acuerdo de su saludo: “¡Ah changuei’o!” con esa sabrosa melodía africana que heredamos para ponerle “o” a todos los vocativos, “¿Cómos tas, Changuelito’o?”. Changuei se murió hace años. Nadie toca el pito: no hay ninguna Rose que salvar.

–¿Viste que lo del temblor fue un error humano?– me dice el taxify-driver despertándome del ensueño.
–¿Coño, de pana, brother?– le digo en español neutro para que entienda; yo les traduzco.
–Sí, mi hermanazo, una cagada. Todo el mundo piró pa’ la calle y era pura bulla.
–Ve la verga, ve.



La vecina me mete a la salida de emergencia. Es por la misma puerta donde botamos la basura. Le pregunto que si tiene llaves en caso de que necesitemos volver y ella me dice que no, que corra, que no hay que volver que hay que salvarse y dejar todo. Sigo con la laptop en la mano. Pienso que si me voy a morir espero que la encuentren y se les ocurra abrir la carpeta que se llama “escritos incompletos”. Bajamos las escaleras. Ando en cholas. Ella corre como si hubiera llegado la leche a Rattan. Yo voy más atrás: la empiezo a perder de vista. Tenemos que bajar 19 pisos. En el piso 15, 13, 10 y 9 entra más gente. Se va la luz en las escaleras. Todo el mundo prende la linterna del celular en sincronía. Sigue vibrando esa vaina. Pienso en Barbuda hundida. Me acuerdo de Changuei flotando bocabajo en una tabla por La Plaza. Trump se fue del acuerdo de París. El aeropuerto de Sint Maarten está destruido. Los stories de los venezolanos huyendo de Miami. El amigo de una prima pasó 16 horas para llegar a Orlando. Los anaqueles de Florida son como en Venezuela. Maduro nos castiga con más controles económicos. Mi familia sufre en el Caribe sur. Pienso en Cariaco, Vargas, la tormenta Bret. Mía Astral hablaba de grandes cambios después del eclipse total de sol, el último fue en Leo. Chávez llegó después del eclipse total de sol en Maracaibo. ¿Un eclipse total de sol en EE.UU. es el fin del mundo? Kim Jong-Un quiere lanzar la tercera bomba nuclear en la historia de esta humanidad. México expulsó al embajador norcoreano. Sigue temblando y no me puedo agarrar bien de la baranda. Pienso en Dios. No veo a la vecina. Corro. Alguien detrás de mí se cae. Sigo corriendo. En el eco oigo un estás bien, sí, voy a seguir. La bajada es eterna. Puede ser la última. Si se empieza a caer todo, va a terminar encima de mí. La pared cruje y así seguimos descendiendo a los infiernos.


Hay once grados en la calle; estoy en short y cholas. Veo a la vecina a salvo. Todo el mundo con el celular. “8,1 grados de magnitud”, dice una que bajó con unos perros antes. “El epicentro fue en Chiapas”, dice otro. “Ya hay muertos”. Veo la hora: 12:00. Es día de la Virgen del Valle; Irma sigue devastando su camino hacia Florida y ya se comió a Turk and Caicos. Stories de venezolanos saliendo de Miami; stories de venezolanos saliendo de sus edificios en México; stories de venezolanos por última vez en Maiquetía. “¡Verga, qué arrechera lo de ayer con la falsa alarma y hoy esto!”, trato de decir eso suavizando mi dialecto. Todo el mundo está de acuerdo. Uno cuenta que al principio no lo creyó, pero después vio que todo se movió y oyó los trotes por la escalera. Otros siguen llegando; más vestidos, más abrigados. Abajo, la de seguridad del edificio nos pide mantener la calma. Todos estamos bien y estamos vivos.

Le cuento a Betty lo que pasó. Ella en Houston me dice que todo está normal. La gente vive casi como si Harvey no hubiera pasado, excepto por la gran cantidad de sofás frente a las casas que esperan secarse al sol.

jueves, 3 de agosto de 2017

Playlist: Venezuela añorada (mientras todo se derrumba)


Si extrañas Venezuela

Si has vivido cómo el país se fue a pique

Si te quedaste a luchar

o si te fuiste

Si sientes que la oposición te defrauda

Si sabes que ya más nunca será lo mismo

y eso te pone nostálgico, melancólico y muchas veces triste

Si crees que somos la Corea del Norte latinoamericana y que estamos peor que Cuba

Si no sabes ya qué hacer, 

pero la música te ayuda –algunas veces–… 


...esta playlist es para ti.



Es una selección de temas clásicos de varios géneros musicales de grupos y cantantes venezolanos que debería ponerte un poquito más feliz... o incluso triste.

Disfrútala. Compártela. 

La tienes tanto en Youtube:

Como también en Spotify:

Link a Spotify

martes, 25 de julio de 2017

Ciudad Fénix

Marico, a Juan Andrés la compañía lo va a trasladar pa’ la casa. Me dijo que se va con la esposa y los hijos. Que al principio le dio como paja, pero que lo habló con la mujer y bueno se van para allá. El pana está súper contento, no sabes. O sea, medio cagao pues, pero va a echarle bolas. Los hijos de él tienen 10 y 12 años, hablan con el acento ese pajuo y jamás han ido. Juan tiene una ilusión inmensa de que los carajitos amen Venezuela como él. ¡Qué bolas esa vaina!, ¿no?

No te creo. ¿Cuándo se va?... María, yo también me voy. No aguanto este país de mierda. También me llevo a mis carajitos.

¡QUEEEEE! ¿De pana?

Sí, marica, de pana. Vamos a echarle bolas.

Berro, marico, qué sorpresota. Sabes que yo lo he estado pensando también porque todo el mundo se está yendo. Después del divorcio quiero es estar cerca de los viejos. Y bueno, ya la cosa no es como antes. Pero igual no sé. ¿Regresar?

Sí, marica. Regresar. 

¿Va a ser todo como antes?

No creo, estos bichos dejaron todo hecho mierda, ja, ja, ja, pero en algunos años vamos a estar mejor, eso sí. ¿Te imaginas, tipo que hagan el Por el medio de la calle otra vez? Nosotros caminando por esa verga borrachos como a las 10 de la noche como hace un montón de años.

Ja, ja, ja, ¿huevón y con quién dejo el carajito?

Con tu mamá, ella seguro contenta ¿no? Mira, de pana creo que las cosas van full para mejor. Imagínate el nivel de lo que está pasando que los chamos de Americania se devolvieron también y volvieron a montar la banda. ¡Ah! y los de la Vida Bohème también.

¡Whaaat! ¿Americania se volvió a juntar? Lo de La Vida lo vi por Facebook sí. ¡Chamo cómo extraño Caracas! Me imagino ir que si a los chinos alemanes, caernos a curda y después que si despertarnos para salir al Ávila en la mañana.

Mamahueva, ¡ya no tenemos 25!




¿Regresar, chamo?

¡Regresar, sí! Renuncia a esa trabajo de mierda. En Caracas tienes donde llegar los primeros días y después vas viendo.

Regresar.

Va a ser igual que cuando nos fuimos, pero más fácil. Velo por este lado, ya no tenemos el peo de tener que sacar los papeles.

¡Coño, yo sí tengo, cabrón! Tengo la cédula vencida desde hace un verguero de años. ¡Y el pasaporte! Tengo aaaaños sin viajar con pasaporte venezolano.

Eso lo sacas rápido, chica. Vas ahí al consulado y listo. A Ariana se lo dieron en Argentina pal día siguiente. De pana que este brother está haciendo las cosas bien. Todo es más eficiente, más seguro. Vamos pa’lante. Todo el mundo está contento.

¡Qué bolas!, ¿no? Yo pensé que esa mierda se iba a quedar así para siempre…. como Cuba. Qué arrecho. No me lo creo.

Yo tampoco. Tengo la misma emoción que sentí aquel año que clasificamos al mundial.

¡Sííí, marico! yo no me creía esa vaina.

Entonces, ¿juntamos las familias para hacer las hallacas este diciembre?

¡Dale! Yo lo que quiero es una chicha de la Central. 


¿Bueno, nos vemos en Caracas?

*




¿Y tú, lector, nos vemos la próxima vez en Caracas?


viernes, 24 de marzo de 2017

Reseña: La lucha de La Vida Bohème

La lucha es un álbum profundo, lleno de misticismo y, a su vez, de sencillez. Es un monstruo musicalmente hablando; uno de esos que se muestran como una criatura extraña, pero que más tarde se revela sencillo y con unos maravillosos (mágicos) poderes. En cuanto a sus líricas, éstas mantienen el viaje profundo a lo latinoamericano, a lo venezolano y a la necesidad de reivindicar la vida del y los individuos con interesantes referencias históricas y literarias. Este tercer disco está cargado de folclore y magia venezolana.

Con este álbum La Vida Bohème se reivindica a sí misma después de Será que apenas nos dejó unas pocas canciones buenas y crea otra gran cosa más allá de Nuestra, que debe ser el disco de rock más rayado de toda Venezuela después de Frisbee de Caramelos de Cianuro.




La vaina empieza con “La lucha” y esto acá puede confundirnos un poco porque arranca medio cliché: empieza con unas palabras de autoayuda de Mujica, ex presidente uruguayo, quien es amado al extremo por unos y odiado con la misma intensidad por otros, y termina con una cita textual del monólogo de Segismundo en La vida es sueño de Calderón de La Barca. Este intro de José Pepe Mujica es el mismo que escuchamos en el video de “Você” –la segunda pista del álbum– que estrenaron en febrero. Esta fusión de dos piezas ya la habían hecho en la promoción de su disco anterior: en el video de “La vida mejor” en el que también se escucha “Ariadna” completa al final. Si no han visto “Você”, deben hacerlo. Musicalmente no es el mejor tema del álbum, sin embargo tiene una dirección impecable con una trama reflexiva de la épica latinoamericana con un final abierto. Acá le pueden echar un ojo:



Después de ahí viene “Lejos”. Este es el segundo sencillo promocional y tercera pista de La lucha. Aquí nos dan nuestro primer slide de la crème de la crème del álbum que se completa con temas como “Mi mar, mi nada”, “Los heridos” y “Domingo”. Estos dos últimos son temazos que se pueden inscribir desde ya en cualquier playlist de lo mejor del indie latinoamericano. Los ritmos venezolanos no quedan de lado en ellos ya que en “Los heridos” arrancamos con un cuatro, mientras que en “Domingo” nos impregnan con un suave folclore.


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A continuación el álbum completo en Spotify:

lunes, 20 de febrero de 2017

De cómo boté a mi mamá en Las Vegas

No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando dos horas después de buscar a mi madre por todo The Venetian sin éxito.




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Cuando vivía en Chicago mi mamá vino a visitarnos un par de semanas. Ella iba a cumplir 50 años y era la primera vez que iba a salir de país. Mi madre estaba súper emocionada; tanto así que todo el vuelo de ida venía mandando fotos por WhatsApp de cada esquina del aeropuerto gringo que le pareciera bonita.

Yo, la verdad, estaba medio cagado. Mi mamá no hablaba inglés. Nunca había tenido una experiencia con la ley fuera de Venezuela y, como Cadivi ya no existía, venía con unos pocos dólares que le compró a un carajo por Rattan Plaza. 

O sea, tipo que le preguntan unas vainas ahí, mi mamá responde mal y la devolvían como a la colombiana ésta que se le ocurrió decirle al carajo de inmigración que “iba a estudiar inglés” con una visa de turista (menos mal que cuando mi mamá fue a Chicago aún estábamos en la era de Obama: con Trump no sé cuán insoportables hubieran sido estos nervios).

Total que mi mamá pasó la inmigración en Houston cómoda, cual Blanca Ibáñez. Después le tocaba escala en Cleveland antes de pisar Chicago. Nosotros hicimos un cálculo errado y llegamos como 10 minutos después de que mi madre apareciera donde se agarran las maletas en O’Hare. Mi mamá se cagó. Mencionó que cuando salió de las puertas y no nos vio le entró como un ataque. Como una desesperación por estar perdida, no tener WiFi (en O’Hare hay 45 minutos de conexión gratis, pero hay que saber leer en inglés para llegar a eso) y no saber ni cómo hablar con alguien. Entonces, nos dijo que para calmarse respiró profundo. Se sentó y se puso a matar una de Pet Saga en el teléfono mientras. Total que si en media hora no aparecíamos iba a hablar con la policía.

Me imaginé a mi madre con el acento del personaje de Sofía Vergara en Modern Family diciendo “Polis, polis, plis. ¡Jelp, jelp! Ayam lost. Ay lost mai children”.

Ya en Chicago nos instalamos a convivir. Todo bien. Mi madre expresaba cada cierto tiempo su sorpresa por estar en Estados Unidos. “¡Ay hijo, no puedo creer que YO estoy en Chicago!”, decía acentuando el yo. “Pellízcame a ver si no es un sueño. ¿De verdad estoy aquí?”. 

Vivía en un ensueño que se mezclaba con la cercanía de su 50 cumpleaños que iba a celebrar con nosotros en la ciudad de los vientos (o por lo menos eso creía ella).

Así en esa magia, ella quiso hacer todo y probar todo. Leía en Internet que si había una feria de hot dogs y entonces decía que quería ir. Leía que iban a arreglar una fuente y entonces quería verla. Esa clase de cosas que uno hace cuando sale por primera vez de las fronteras geoculturales.

Así un día le dio un antojo de comida thai que le cumplimos para honrar su visita. A mí me encanta la comida picante y los restaurantes thai suelen tener buenas opciones para quemarse la boca bien rico. Terminamos yendo a uno que nos recomendó un pana maracucho.

Al día siguiente íbamos a reunirnos con unos amigos de Puerto Ordaz a ver un concierto de esos gratuitos en el Millenium Park. En pleno viaje de Uber, mi mamá empezó a comentar que se sentía medio mal de la barriga.

-¿Mamá, tienes ganas de cagar?- dije sin pudor alguno, pensando que el uberdriver seguro no entendía papa de español.
-Hijo yo creo que sí, pero se me va a pasar. Es como un ardor en la barriga con cólicos. No sé; como ganas de vomitar también.

Me cagué. Lo peor que pudiera pasar era que mi mamá se enfermara en la verga esa. Me acordé de cuando le compré el pasaje y la página web me preguntó que si quería abonar 100 dólares más por un seguro médico de viaje que no pagué para ahorrar plata. Me acordé de que hasta la mandé con escala en Cleveland (y no directo) para poder ahorrar dinero y pagar cosas como el restaurante thai o la sorpresa para celebrar sus 50 años.

Me arrepentí. Me acordé de cuando un pana tuvo que pagar 3900 dólares por un dolor de barriga porque los médicos gringos querían descartar cualquier cosa (incluyendo cáncer o úlceras) y al final lo que hicieron fue recetarle Peptobismol para taparle el chorro. Me arrepentí mal. ¡Señores, nunca saquen a su mamá del país sin seguro médico! ¡Hay unos que hasta se pagan en bolívares!

Cuando llegamos al Millenium Park acompañé a mi mamá a “cagar” hasta la puerta del baño. “No era caca, hijo”, me dijo para hundirme más en mi miedo a visitar un hospital y completó: “¿Aquí no hay algo como un CDI? ¿Ajuro hay que pagar?”

Así fue cómo mi madre sufrió el shock cultural del capitalismo salvaje por primera vez. Nos devolvimos a casa con ella en llanto del dolor. Me dijo que le buscara ranitidina si eso existía aquí y efectivamente lo conseguí en el supermercado de abajo como a 30 dólares la cajita. Le compré tres como para que se llevara a Venezuela y mi mente me castigó con una matemática simple 3x30=90: aquí tienes, pendejo, lo mismo que te hubiera salido comprar un seguro.

Después de tomárselo, mi mamá dejó de gritar y se durmió. Yo asustado le preparé la cena a Betty y hablamos de qué íbamos a hacer con la sorpresa. 

Mi madre cumplía años el domingo (ese día era miércoles) y nosotros habíamos preparado un viaje a Las Vegas el viernes en la tarde. Le habíamos dicho a mi madre que íbamos a Cleveland a un campamento que queda cerca de la ciudad y que íbamos a pasar su cumpleaños en un parque nacional entre carpas, colchones inflables, repelente de zancudos y trajes de baño para el río. Así fue como inventamos hacer una maleta con unos colchones inflables para que ella viera que todo era real (en realidad estos colchones sería donde dormiríamos en Las Vegas porque íbamos a llegar a casa de un amigo de Betty que se acababa de mudar).

Betty y yo no sabíamos cómo íbamos a sorprenderla: si decírselo en el aeropuerto o si más bien decírselo en Las Vegas. El segundo plan tenía un problema que era que el vuelo a Cleveland mi mamá ya lo había hecho y también conocía ese aeropuerto. Sabía que de ahí a Chicago eran sólo 50 minutos, mientras que el vuelo que haríamos a Las Vegas iba a ser de tres horas y media.

Así fue que pasó un día más y mi mamá seguía con el dolor. Pedía médico y nosotros no podíamos hacer nada. Le dimos más ranitidina con jengibre rallado, manzanilla y limón. Mi madre pedía cualquier rama que hubiera disponible en el imperio. Menos mal que el cariaquito morado no crecía en Chicago, porque se hubiera agotado durante esos días.

-Hijo, no voy a ir a Cleveland. Me voy a quedar aquí para descansar. Vayan ustedes; diviértanse. Eso sí déjame alguito para comer que no pienso salir del apartamento. -Me dijo de esa forma en la que las madres son desprendidas y que sacrifican algo suyo (su cumpleaños número 50) en beneficio de un hijo.

-¿Tú eres loca, mamá? ¡Tú te vienes! ¿No viste que ya pagamos un poco de plata por los pasajes? ¡Toma! -Le dije estirándole otra ranitidina. Luego le ofrecí más manzanilla, más limón, más guarapos de esos gringos que venden para la mala digestión.- Te duermes hoy y y mañana estás fina -finalicé. Me sentí como un hijo grande en ese momento. Como esos hijos que ya crecieron tanto que le dan órdenes a sus padres y ellos no pueden hacer más nada que obedecer.
A eso de las 3:00 am mi mamá tocó la puerta del cuarto: “Hijo ya estoy bien. Me acabo de levantar y no siento dolor. ¡Vamos a Cleveland mañana, no perdamos esa plata!”

Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto. Yo le mandé un boarding pass falso a su celular que decía que iba a Cleveland, pero cuyo código QR leía “Las Vegas”. Le pedí al agente del security check que por favor no pronunciara la ciudad adonde íbamos porque era una sorpresa para mi madre. El chamo me picó el ojo y me devolvió un sincero “have a nice weekend!”

En la puerta de embarque la suerte nos ayudó. La puerta para Las Vegas era la 6 y ahí decía Baltimore. Mi mamá no sospechó nada. Me dijo “hijo ahí dice Baltimore, no Cleveland”. Y yo le respondí con el orgullo venezolano: “Ay mamá, es como en Maiquetía que dice Porlamar y en realidad están embarcando para Santo Domingo. Uno tiene que acercarse y preguntar”.

Efectivamente. Estaba malo. El vuelo a Las Vegas salía por la puerta 12. Entonces me devolví y le dije a mi mamá y a Betty: “Es que tienen un error en el sistema; el vuelo a Cleveland es en la puerta 12. La chica dice que la pantalla allá se dañó y dice Las Vegas”.

Total que nos montamos en el avión y apenas nos sentamos mi madre se durmió. “¡Gracias a Dios!”, pensé; así es más difícil que se dé cuenta del pasar del tiempo.

-Hijo, yo vine de Cleveland a Chicago y fueron 50 minutos. Yo siento que he dormido mucho y no llegamos. -Dijo al despertarse dos horas después.

-Ay, mamá. Si apenas te dormiste 20 minutos. Mira, lo que pasa es que dentro de Estados Unidos hay diferentes husos horarios y el de Cleveland es diferente al de Chicago. Entonces si volaste 50 minutos de ida; la vuelta es una 1 hora y 50.

-Pero eso no tiene sentido porque es el mismo trayecto. -Me inquirió. Entonces yo le respondí con toda la seguridad de Jim Carey en Mentiroso, mentiroso:

-Mamá, es que estamos viajando en sentido contrario a la rotación de la tierra. Mira -dije mostrando mis manos como si una fuera un planeta y la otra un avión- si la tierra se mueve así y el avión va así; ¿va más rápido, no?, pero si la tierra se mueve al mismo sentido que el avión, entonces al avión le va costar más llegar.

Con esa historia logré una hora más de sueño de mi madre que sirvió hasta llegar a Las Vegas. 

“Welcome to Las Vegas”, dijo la aeromoza. “¡VEGAS, BABY!”, gritaron unos gringos en el fondo. “Ya se me cagó la sorpresa”, pensé yo. Vi a Betty y con sus ojos me dijo lo mismo. Mi madre ni se inmutó. 

-Bueno, mamá, ya estamos en Cleveland. 

-Sí, qué bueno, hijo. -¡Ja! la sorpresa estaba intacta. Ni el Luxor ni las luces ni todo lo llamativo del Strip lograron sacar a mi mamá de su mentira. Sin embargo, no aguantamos más y se lo dijimos apenas pusimos un pie en el aeropuerto.

-Mamá, estamos en Las Vegas. -Mi mamá vio a Betty como para confirmar y ella asintió. Mi madre no se lo podía creer. 

-Ay, no, hijo. No juegues con eso.

-Mamá, estamos en Las Vegas. Es en serio. Vinimos por el fin de semana. -Betty repitió lo mismo.
-¡Ay, no me jodan! ¿Tú te imaginas que yo de verdad estoy en Las Vegas? ¿Tú te imaginas que de verdad estamos en Las Vegas? ¡Ay no lo puedo creeer! -Betty y yo le señalamos un cartel que decía “Welcome to Las Vegas” en el aeropuerto- ¡HIJO! Sí estamos en Las Vegas, ¿por qué estamos vestidos así? ¡Ay señor, yo sólo traje ropa para un campamento en el río y un traje de baño! ¡Ay, te imaginas cuando le cuente a mi esposo!





Así fue que todo rastro de la enfermedad desapareció con la euforia. Aterrizamos en Nevada a las 12:00 am. Fuimos a dejar las cosas a casa de Uri, el amigo de Betty, y nos fuimos a pasear a las 2:00 am por el Caesar y un poquito por el Strip. Mi madre sólo decía que no iba a dormir, que dormiría en Chicago o, peor aún, si la cosa seguía así, iba a dormir ya era en Paraguachí.

A Betty y a mí no nos gustan los casinos. Así que nuestra emoción por venir a esta ciudad se traducía en casarnos otra vez (habíamos organizado todo para hacer una celebración el último día), ir al Cirque du Soleil (lo cual a Betty le aburría) y visitar a Uri y Melu; amigos uruguayos de mi esposa.

Así que le dejamos la agenda abierta mi mamá para lo que quisiera. La acompañamos a varios casinos -donde ganó y también perdió plata-, restaurantes (el de Buddy Valastro) y sitios de postres (el de Buddy Valastro también). Caminamos muchísimo.

Entre esos recorridos Betty y yo nos entregamos a la bebida y nos tomamos unos raspados con alcohol gigantes que venden en la calle. Nos bebimos como 10. Así fue que, recorriendo The Venetian, mi mamá desapareció. 

Betty y yo estábamos medianamente borrachos y la empezamos a buscar en los locales cercanos. Caminamos hacia el casino. Después entramos en The Palazzo a ver si se había ido al sitio de al lado. Después volvimos a The Venetian. La buscamos por las góndolas, por el restaurante de Buddy Valastro, por el sitio donde compramos alcohol, por un pasillo de pinturas. Pasaron dos horas y me cagué. La pea se me fue al cielo.

-No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando.

-Vamos a llamar a la policía. -Me dijo ella seriamente.

A cada rato yo consultaba el celular esperando un mensaje de ella. Mi madre sabía que en los Starbucks había WiFi; yo la había enseñado a conectarse. Pero no aparecía nada. Le escribí a mi hermana en Valencia. Ella se cagó conmigo. Incrementé el miedo porque ella le escribió a mi padrastro. Todos comenzaron a culparme. Me sentí indigno. Sucio. Juré no beber más.

Betty dijo que nos separáramos. Pero no dio resultado. Buscamos 10 minutos más y quedamos en encontrarnos cerca del oficial de seguridad que estaba cerca de las góndolas. Le explicamos que habíamos perdido a mi madre y que si nos podía ayudar. El señor nos dijo que no atendía a nadie en estado de embriaguez y que cualquier desaparición debía reportarse después de 24 horas. “El coño de tu madre, mamahuevo”, le dije. El gringo no me paró bola. Me dijo que o me iba o llamaba a seguridad. Betty me tuvo que halar por la camisa porque me iba a ir a las manos. Nos fuimos a ver las góndolas y lloré. 

Betty me dijo “Creo que me estoy acordando de algo” y sí, le vino algo. “La última vez que vimos a tu mamá fue en la pastelería de Buddy Valastro. ¿Y si la esperamos ahí? Es lo que yo haría si me pierdo. Esperaría en el último sitio donde los vi”. Era verdad. No habíamos ido a la pastelería del pana, sólo al restaurante. Yo no me acordaba dónde había visto a mi madre por última vez: estaba muy borracho.

Cuando llegamos mi madre tenía una cara muy sonriente. Ella se había instalado a hablar con una cubana que tenía un marido venezolano de Margarita. Casualmente el tipo también tenía familia en Puerto Ordaz y la cubana había ido con él a conocerlos. Se empezaron a echar cuentos de la ciudad y la cubana, que terminó siendo la gerente del local, le invitó unos ponquesitos a mi madre: “los originales de Buddy”.

Cuando nos vio, nos presentó a la señora y me dijo: “hijo, sí tardaron recargando el alcohol, ya me tenían preocupada”.

Ahí ya más calmados, felices y con mi familia en Venezuela tranquilizada, nos dimos cuenta de que ya eran más de las 12.


-Óyeme -dijo la cubana- mira que yo me sé el cumpleaños venezolano. -Y así sobre un ponquecito de Buddy Valastro le entonamos “ay qué noche tan preciosa…”.


lunes, 21 de marzo de 2016

Vuelvan



Para Ariana, Mico, Gabriel Aron, Gabriel Eekhout, Leslie, Abril, Humberto, Josdaly, Rossi, Álvaro, Eleazar, Leyla, Alejandro, Alejandra, Darwin, Paola Giovanna, Daniela la de Paula, Vicente, Octavio, Francesco, Alexia, Giovanna Crescini, Ainhoa, Thamara, El Mope, Pedro, Lis, Carlos y Luis Revilla, Jean Lárez, Mariana José, Lorenz, Josh, Oney, Arantsa, Daniela Márquez, Irene Schreiber, Jens, Ixchel, Josué, Jessica Ortiz, Jonathan Ortiz, Fernando Quevedo, Capecchi, Ancel, Diana Coromoto, Sofía Alejandra, Fabián, Sofía Ortega, Jingyile (que algún día se irá), Indira, Mario, Oriana Fermín, Ivanna Machado, Marivi, Aniangela, María Bovio, Rosalinda, Daniela Ortiz, Carmela Camacho, Susana Rojas, Leopoldo Plaz, Alice, Luis Miguel Lárez, Cristóbal Rojas, Bea, Amalia, Selman, Isidro, Livingston, Andrea Bermúdez, Indiana, Mauro, Adriana Maulini, Irandy Handschin, Caroline Ebel, Matripa (aplausos), Juliana y Andrea Arévalo, Nicole, Gloxinia, Rosa Iginia, David Pino, Ana Turbay, María Tineo.

Hace minutos corté el teléfono. Hablaba con Betty. Ella en Chicago y yo en Paraguachí. Me decía que esta iba a ser la peor Semana Santa de su vida. Estar sola en casa con apenas un mes de casados y teniendo que trabajar por primera vez en días festivos no iba a ser algo agradable. 

Yo vine a Venezuela un par de semanas por un asunto de trámites. Decidí pasar una semana en Caracas y otra en Margarita. Los trámites se retrasaron una semana más porque decidieron dar toda la Semana Santa como “no laborable”, y mi esposa se tuvo que quedar gracias a la gracia la semana sola.

El día 1 Alejandro me buscó al aeropuerto Santiago Mariño y me llevó a casa de Eleazar. ¡Vamos a beber! Y terminamos siendo nosotros tres y Mario, quien se iba de la isla en dos días. Alejandro celebraba su one-way ticket a Santiago de Chile y Eleazar se daba cuenta de que se iba a ir primero que Alejandro, pero a Buenos Aires. En la piscina sentí un vacío inmenso. No estaba Gabriel. Mi pana. Mi hermano que al llegar a Margarita siempre me hacía sentir en casa. Lo llamamos por WhatsApp y entre chistes en los que decía que iba llegando se me iba a salir una lágrima.

El día 2 fui a comer con Oney a Porlamar. Me contó que le ofrecieron un mejor sueldo a cambio de que firmara un contrato que diga que no se va a ir a vivir fuera de Margarita en 5 años. “No lo pude firmar, yo me quiero ir pronto”, me dijo. Hasta ahora, nunca había pensado cómo sería la isla sin mi amigo.

El dia 3 hablé con Ariana que está en Buenos Aires y que antes vivía en Paraguachí. Extrañé no ir a su casa caminando a beber Ámsterdams y comer ceviche del papá mientras jugábamos Scrabble o veíamos alguna película de Wes Anderson o Spike Jonze. Es mismo día 3 me trajo un taxi por la calle donde vivía ella y Gabriel. Tuve que cerrar los ojos para no llorar.

El día 4 fui al Sambil a esperar a mi mamá que estaba en una conferencia médica. Me fui a pasear por las tiendas a ver si veía a Paola (que ahora está en Italia) o a Paúl (que ahora no trabaja en Tangle) y nada. Caminé solo. Revisé mi agenda de contactos. Y mientras me paraba en amigos que vivían en Margarita para llamarlos, recordaba en qué parte del mundo estaban: Europa, Sudamérica, Panamá, Gringolandia.

El día 4 también fue el día que la mesonera de Hard Rock Café dijo que sabía quién era yo. Y me alegró un poco. “¿Viste, te encontraste a alguien?” Me dijo mi mamá, como si me estuviera consolando una enfermedad. Y así fue que me di cuenta de que sí, me había enfermado de algo, de extrañar a algo que jamás volverá a existir.

El día 4 me encontré con Alejandra y el esposo quienes para mí eran una bandera de construir una familia en Venezuela. Luego de joder con el tema de mi matrimonio y echarles el cuento de la vaina, caímos en el tema del “pa’ cuándo los carajitos”. Alejandra se detuvo toda seria y me vio por encima de los lentes preguntándome si estaba siendo serio “¿Dónde estamos, Moisés?”. Y me dijo que no piensa tener carajitos en Margarita. Que ahora hacen planes para Medellín o Santiago, “lo que salga primero con trabajo”.

El día 5 fue en la playa. Parguito, obvio. Estaba full, como de costumbre. Como en una Semana Santa normal. Salí otra vez con Ale, el esposo y con Eleazar. La pasamos bien, súper de pinga. Hasta que fui a comprar la empanada donde Eudys. “¿Y los muchachos?”, me preguntó la doña. Y aquí hacía referencia a Vicente, Ariana, Chichi, Francesco. Hacía referencia la época del freesbee o la de los tambores. La época en la que la playa era nuestra, porque éramos los locales y con un par de tambores prendíamos la rumba y chapeábamos hablar con un acento margariteño medio forzado para que se notara que éramos de ahí.

El día 5 fue el peor. Uno cuando está lejos sabe que las cosas están mal porque mi mamá dice que no hay agua, que no se consigue papel tualé o que está difícil agarrar autobús porque no hay repuestos y tú más o menos entiendes la situación y te haces una idea. Cuando llegas, te das cuenta de que tú país cambió más de lo que te imaginaste, y bueno, es chimbo que no hay agua, pero digamos, alguna vez en todos los años que viví en Margarita hubo una época en la que no había agua. También hubo épocas en las que se iba la luz mucho. Hubo épocas en las que no se conseguían cosas. En el 2003, por ejemplo, no había Coca Cola. Entonces, digamos, que la situación era manejable. Margarita seguía siendo Margarita, pero si agua o sin luz de a ratos. 

Pero ahora es Margarita sin agua, sin comida, sin papel tualé, sin gente, sin orden, sin estructuras, sin metodologías, sin progreso.

Cuando hablo con Betty y le cuento sobre Margarita, pienso en la Margarita de 2007 o 2008. Pienso en la Margarita de todos montados en la camioneta de Antonelli yendo a Parguito de lunes a lunes. A veces pienso en la Margarita de 2013, donde Amalia me dejaba en mi casa todos los domingos a las 8 de la mañana. Pero también pienso en la Margarita de 1995 en donde vivíamos minados de europeos y canadienses y estaban a punto de construir un monoriel para modernizar la isla. 

Cuando hablo con Betty y le cuento de mi isla, le cuento cosas sin querer que ya no existen. Le cuento cosas que para mí fueron muy importantes como si todavía estuvieran allí. Y ella me cuenta cosas de Uruguay. Y esas cosas de Uruguay que me cuenta todavía existen. Y uno puede ir ahí y tocarlas y verlas, sólo hay que tomar un avión. Sin embargo, ¿cómo le explico si alguna vez viene para acá que la isla que está no es la isla que estaba? ¿Cómo le explico que, como diría Castillo Zapata que dice Baudelaire, de dónde soy lo que queda es el fósil? De donde soy, lo que quedan son las ruinas. Traer a Betty a Margarita, sería como llevarla a un tour de ruinas por Atenas. “Y aquí, querida mía, es donde Zeus se sentaba a leer el periódico mientras Hera le preparaba un guayoyito como le gusta a él”. ¿Cómo le explico a mi esposa que mis ilusiones de que conozca de donde soy, sólo pueden ser posibles si conseguimos una máquina del tiempo?

Entonces, ¿si somos de algo que ya no existe, de dónde somos? ¿Somos venezolanos mitológicos o como un ente errante por el mundo cuya realidad dejo de existir?

Por otro lado, ¿qué pasa si volvemos? ¿Qué pasa si un día decidimos todos volver a llenar la isla como era antes? Y llenamos las cuadras con nosotros, con nuestra alegría y nuestro trabajo, con nuestra margariteñidad. ¿Qué pasaría si volvemos y lo arreglamos? ¿Cómo serían ahora nuestras vidas si todos volviéramos a estar aquí? ¿Cómo serían nuestras vidas si no nos hubiéramos ido nunca y el desastre no hubiera pasado?


A una semana de irme a vivir fuera del país, tengo las bolas de decirles que vuelvan. Que no se vayan de la isla para siempre. Que la isla los extraña. Que nos extraña. Que nos va a extrañar. Que los extraño. Mucho. Que las ruinas que quedan de lo que fuimos son pocas, pero es lo único que queda del “de donde somos”. Que tenemos que conservar nuestras fósiles. Que no nos dejemos absorber por el mito. Que revivamos. Que recordemos. Que volvamos algún día. Por partes. Así como nos fuimos. Volvamos por ratos. Volvamos con nuestros hijos. Así sea un segundo. Así sea un ida por vuelta. Así sea para el check-in. Pero volvamos. No se vayan para siempre, porque si ustedes ya no se acuerdan que son de aquí, porque si ustedes ya no son de aquí, porque si sus ruinas ya no están aquí, yo ya tampoco sabré de dónde es que soy.





jueves, 24 de diciembre de 2015

De cómo boté mi maleta mi primer día en Corea del Sur

Mi mamá tenía la razón: soy un caídodelamata.

Un mes antes, me volvía encontrar con Andrew en Minneapolis. Le conté que me iba a Seúl por unas semanas. Y él me dijo que “qué arrecho, marico”, que él tenía allá a su amiga Patricia, que le iba a mandar noséquévaina conmigo.

Jinhee y yo nos conocimos en Portland, Oregon, en el verano. Yo organiza un evento de Couchsurfing para pasar el International Beer Festival “hanging out” con alguna gente que apareciera por ahí, y ella iba de paso a visitar a unos panas de San Francisco y a darle una vuelta a la Costa Oeste gringa. Así fue como por Couchsurfing nos conocimos, nos hicimos burdepanas y me invitó a Seúl a ver cómo o mataba tigres dando clases de español o acababa los trapos y ya para el diciembre. 

El pasaje salió pingadebarato, más que ir a Venezuela. Así que después de meditarlo con la almohada, dije sí va, marico. Salí de Chicago con escala en Los Ángeles (5 horas) y después para Pekín (13 horas) y de ahí con los “layovers” terminé llegando al aeropuerto de Incheon 25 horas después todo jetlageado, o sea, con pinga de sueño.

La vaina es que uno no va a Asia todos los días. Tipo que no vas a llegar y acostarte a dormir. O sea, llegas a Asia y, marico, lo que haces es ir a darle duro a la rumba de guanfor. Entonces, tipo que llego al aeropuerto y leo el mensaje que me mandó Jinhee cuando estaba en EEUU todavía. Traduzco del inglés: “Marico, no te voy a ir a buscar al aeropuerto porque me sale pinga de caro ir para esa verga, pero, huevón, agarra la camionetica 6020, apenas salgas de Incheon. Ese bicho te va a pasear por Seúl un pelo, pero te bajas en ‘National University of Education’, ahí te estoy esperando yo, apenas tú llegues, y de ahí le damos para case unos panas por ahí por Gangnam”.

 Un mes antes, otra vez en Minneapolis, Andrew me dice que marico, Seúl es la ciudad más segura del mundo. Que el bicho había dejado su celular en el metro un día y que apareció que si a las horas. Que se lo encontró un coreano del coño y el bicho tipo que por el historial del GPS y la verga que graba el Google Maps consiguió dónde era el hostal donde se estaba quedando Andrew y le devolvió la vaina. Así, a ese nivel. Entonces, yo, todo venezolano emocionado por probar la verga dije algo así tipo, nojodacoñoelamadre, ojalá una verga así me pasara a mí. Pero de pana que no lo dije en serio, ¿verdad? O sea, de pana no quería botar mi maleta, pues. Lo dije tipo “Ojalá me ganara el Kino”, tipo como una vaina que dice todo el mundo, pero de pana no espera que pase.

De vuelta a Seúl, agarré la camionetica 6020. Era una camionetica con aire y vaina, tipo las que uno agarra cuando viene de Maiquetía para Parque Central. La única diferencia es que esta bicha venía con calefacción y que tenía una pantalla que te venía diciendo en coreano e inglés dónde coño más o menos iba uno. Tipo que te dijera “next stop is Gato Negro, be ready to bajartedelbus”. 

Así fue como cuando pegado a la ventana, medio babeando la vaina viendo los edificios de la capital de Corea, como un carajito que nunca ha salido de Antolín del Campo, escuché que el altavoz con voz de Siri con acento coreano viene y dice “Next stop is National University of Education”. Entonces, marico, apreté el botón rojo que decía “request stop” y piré de la verga esa.

Me bajé de la camionetica y me enfrenté a un frío medio chicaguense. Tipo unos cero grados y vaina. Me puse mis guantes y verga, cogí aire y sentí un ardor en mi estómago. Un hambre descomunal de esas que te dan cuando pasas más de 24 horas en aeropuertos comiendo comida de mierda.

Entonces caminé hasta la entrada de la estación de metro y con mi morralito me senté a esperar a Jinhee. Cuando la chama llegó, lo primero que me dijo fue “marico, ¿eso es todo lo que traes, huevón?” señalando mi inexistente equipaje. Y yo no pude sino pensar: “¡Ve la verga, ve! Ya la estoy cagando”.

Así fue como me acordé de Andrew. De Minneapolis. De cómo él botó su celular en el metro. De cómo yo boté mi pasaporte (¿Ya leíste el post anterior, no?), de cómo había decidido dejar el alcohol un pelo para no tener más blackouts y tripear de manera más consciente. Me acordé inmediatamente de mi mamá, de mi hermana, de Nataly, de mi tía, de toda mi familia. De mi fiesta de 25 años donde todo se quedó en casa de Josh. Me imaginé el peo que me armaría mi mamá si hubiera viajado conmigo y yo hubiera dejado mi maleta de 23 kilos en el bus. 

Me acordé del regalo que Andrew le había mandado a Patricia y que el regalo estaba en mi maleta. Me acordé también de cuando fui al Walgreens en Chicago, pasé por la sección de viajes y dije así todo confiado súper pajúo “yo no le voy a poner candado a mi maleta, ni que estuviera en Venezuela, chia”. Todo por no pagar cinco piazo’e dólares.

Entonces, resolvimos la vaina así. Jinhee se metió en “Naver” (porque aquí la gente no usa Google) y buscó el número de la compañía de autobuses. Llamó. Le dijeron que el autobús iba a dar la vuelta. Que por favor cruzara la calle y esperara 4 minutos. Nosotros cruzamos la calle y esperamos.

4 minutos después, el autobús estaba regresando fuera de su ruta. El chofer se bajó. Dijo apenado algo en coreano enfatizando algo así como “disculpe señor por no recordarle que se estaba bajando del bus sin su maleta” y me hizo como 14 reverencias. Y yo como que diciéndole en inglés algo así como “marico, huevón, si la culpa es mía por andar pendejeando viendo el Facebook y chateando por Whatsapp” y dándole como 22 reverencias también.


Y así, 6 minutos después volví a tener mi maleta. La adrenalina fue la misma de una tarde de rafting, o de cuando esquivas a un choro que te quiere robar sin arma en Caracas. ¿Será que pruebo dejar el celular un día en una plaza a ver en cuánto tiempo aparece?  ¿Qué de pinga es Corea, no? 


Soledades

Descansábamos cada uno en un chinchorro después del almuerzo, antes de volver a nuestra faena diaria. Papá volvía entonces a la plaza a trab...