viernes, 24 de marzo de 2017

Reseña: La lucha de La Vida Bohème

La lucha es un álbum profundo, lleno de misticismo y, a su vez, de sencillez. Es un monstruo musicalmente hablando; uno de esos que se muestran como una criatura extraña, pero que más tarde se revela sencillo y con unos maravillosos (mágicos) poderes. En cuanto a sus líricas, éstas mantienen el viaje profundo a lo latinoamericano, a lo venezolano y a la necesidad de reivindicar la vida del y los individuos con interesantes referencias históricas y literarias. Este tercer disco está cargado de folclore y magia venezolana.

Con este álbum La Vida Bohème se reivindica a sí misma después de Será que apenas nos dejó unas pocas canciones buenas y crea otra gran cosa más allá de Nuestra, que debe ser el disco de rock más rayado de toda Venezuela después de Frisbee de Caramelos de Cianuro.




La vaina empieza con “La lucha” y esto acá puede confundirnos un poco porque arranca medio cliché: empieza con unas palabras de autoayuda de Mujica, ex presidente uruguayo, quien es amado al extremo por unos y odiado con la misma intensidad por otros, y termina con una cita textual del monólogo de Segismundo en La vida es sueño de Calderón de La Barca. Este intro de José Pepe Mujica es el mismo que escuchamos en el video de “Você” –la segunda pista del álbum– que estrenaron en febrero. Esta fusión de dos piezas ya la habían hecho en la promoción de su disco anterior: en el video de “La vida mejor” en el que también se escucha “Ariadna” completa al final. Si no han visto “Você”, deben hacerlo. Musicalmente no es el mejor tema del álbum, sin embargo tiene una dirección impecable con una trama reflexiva de la épica latinoamericana con un final abierto. Acá le pueden echar un ojo:



Después de ahí viene “Lejos”. Este es el segundo sencillo promocional y tercera pista de La lucha. Aquí nos dan nuestro primer slide de la crème de la crème del álbum que se completa con temas como “Mi mar, mi nada”, “Los heridos” y “Domingo”. Estos dos últimos son temazos que se pueden inscribir desde ya en cualquier playlist de lo mejor del indie latinoamericano. Los ritmos venezolanos no quedan de lado en ellos ya que en “Los heridos” arrancamos con un cuatro, mientras que en “Domingo” nos impregnan con un suave folclore.


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A continuación el álbum completo en Spotify:

lunes, 20 de febrero de 2017

De cómo boté a mi mamá en Las Vegas

No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando dos horas después de buscar a mi madre por todo The Venetian sin éxito.




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Cuando vivía en Chicago mi mamá vino a visitarnos un par de semanas. Ella iba a cumplir 50 años y era la primera vez que iba a salir de país. Mi madre estaba súper emocionada; tanto así que todo el vuelo de ida venía mandando fotos por WhatsApp de cada esquina del aeropuerto gringo que le pareciera bonita.

Yo, la verdad, estaba medio cagado. Mi mamá no hablaba inglés. Nunca había tenido una experiencia con la ley fuera de Venezuela y, como Cadivi ya no existía, venía con unos pocos dólares que le compró a un carajo por Rattan Plaza. 

O sea, tipo que le preguntan unas vainas ahí, mi mamá responde mal y la devolvían como a la colombiana ésta que se le ocurrió decirle al carajo de inmigración que “iba a estudiar inglés” con una visa de turista (menos mal que cuando mi mamá fue a Chicago aún estábamos en la era de Obama: con Trump no sé cuán insoportables hubieran sido estos nervios).

Total que mi mamá pasó la inmigración en Houston cómoda, cual Blanca Ibáñez. Después le tocaba escala en Cleveland antes de pisar Chicago. Nosotros hicimos un cálculo errado y llegamos como 10 minutos después de que mi madre apareciera donde se agarran las maletas en O’Hare. Mi mamá se cagó. Mencionó que cuando salió de las puertas y no nos vio le entró como un ataque. Como una desesperación por estar perdida, no tener WiFi (en O’Hare hay 45 minutos de conexión gratis, pero hay que saber leer en inglés para llegar a eso) y no saber ni cómo hablar con alguien. Entonces, nos dijo que para calmarse respiró profundo. Se sentó y se puso a matar una de Pet Saga en el teléfono mientras. Total que si en media hora no aparecíamos iba a hablar con la policía.

Me imaginé a mi madre con el acento del personaje de Sofía Vergara en Modern Family diciendo “Polis, polis, plis. ¡Jelp, jelp! Ayam lost. Ay lost mai children”.

Ya en Chicago nos instalamos a convivir. Todo bien. Mi madre expresaba cada cierto tiempo su sorpresa por estar en Estados Unidos. “¡Ay hijo, no puedo creer que YO estoy en Chicago!”, decía acentuando el yo. “Pellízcame a ver si no es un sueño. ¿De verdad estoy aquí?”. 

Vivía en un ensueño que se mezclaba con la cercanía de su 50 cumpleaños que iba a celebrar con nosotros en la ciudad de los vientos (o por lo menos eso creía ella).

Así en esa magia, ella quiso hacer todo y probar todo. Leía en Internet que si había una feria de hot dogs y entonces decía que quería ir. Leía que iban a arreglar una fuente y entonces quería verla. Esa clase de cosas que uno hace cuando sale por primera vez de las fronteras geoculturales.

Así un día le dio un antojo de comida thai que le cumplimos para honrar su visita. A mí me encanta la comida picante y los restaurantes thai suelen tener buenas opciones para quemarse la boca bien rico. Terminamos yendo a uno que nos recomendó un pana maracucho.

Al día siguiente íbamos a reunirnos con unos amigos de Puerto Ordaz a ver un concierto de esos gratuitos en el Millenium Park. En pleno viaje de Uber, mi mamá empezó a comentar que se sentía medio mal de la barriga.

-¿Mamá, tienes ganas de cagar?- dije sin pudor alguno, pensando que el uberdriver seguro no entendía papa de español.
-Hijo yo creo que sí, pero se me va a pasar. Es como un ardor en la barriga con cólicos. No sé; como ganas de vomitar también.

Me cagué. Lo peor que pudiera pasar era que mi mamá se enfermara en la verga esa. Me acordé de cuando le compré el pasaje y la página web me preguntó que si quería abonar 100 dólares más por un seguro médico de viaje que no pagué para ahorrar plata. Me acordé de que hasta la mandé con escala en Cleveland (y no directo) para poder ahorrar dinero y pagar cosas como el restaurante thai o la sorpresa para celebrar sus 50 años.

Me arrepentí. Me acordé de cuando un pana tuvo que pagar 3900 dólares por un dolor de barriga porque los médicos gringo querían descartar cualquier cosa (incluyendo cáncer o úlceras) y al final lo que hicieron fue recetarle Peptobismol para taparle el chorro. Me arrepentí mal. ¡Señores, nunca saquen a su mamá del país sin seguro médico! ¡Hay unos que hasta se pagan en bolívares!

Cuando llegamos al Millenium Park acompañé a mi mamá a “cagar” hasta la puerta del baño. “No era caca, hijo”, me dijo para hundirme más en mi miedo a visitar un hospital y completó: “¿Aquí no hay algo como un CDI? ¿Ajuro hay que pagar?”

Así fue cómo mi madre sufrió el shock cultural del capitalismo salvaje por primera vez. Nos devolvimos a casa con ella en llanto del dolor. Me dijo que le buscara ranitidina si eso existía aquí y efectivamente lo conseguí en el supermercado de abajo como a 30 dólares la cajita. Le compré tres como para que se llevara a Venezuela y mi mente me castigó con una matemática simple 3x30=90: aquí tienes pendejo, lo mismo que te hubiera salido comprar un seguro.

Después de tomárselo, mi mamá dejó de gritar y se durmió. Yo asustado le preparé la cena a Betty y hablamos de qué íbamos a hacer con la sorpresa. 

Mi madre cumplía años el domingo (ese día era miércoles) y nosotros habíamos preparado un viaje a Las Vegas el viernes en la tarde. Le habíamos dicho a mi madre que íbamos a Cleveland a un campamento que queda cerca de la ciudad y que íbamos a pasar su cumpleaños en un parque nacional entre carpas, colchones inflables, repelente de zancudos y trajes de baño para el río. Así fue como inventamos hacer una maleta con unos colchones inflables para que ella viera que todo era real (en realidad estos colchones sería donde dormiríamos en Las Vegas porque íbamos a llegar a casa de un amigo de Betty que se acababa de mudar).

Betty y yo no sabíamos cómo íbamos a sorprenderla: si decírselo en el aeropuerto o si más bien decírselo en Las Vegas. El segundo plan tenía un problema que era que el vuelo a Cleveland mi mamá ya lo había hecho y también conocía ese aeropuerto. Sabía que de ahí a Chicago eran sólo 50 minutos, mientras que el vuelo que haríamos a Las Vegas iba a ser de tres horas y media.

Así fue que pasó un día más y mi mamá seguía con el dolor. Pedía médico y nosotros no podíamos hacer nada. Le dimos más ranitidina con jengibre rallado, manzanilla y limón. Mi madre pedía cualquier rama que hubiera disponible en el imperio. Menos mal que el cariaquito morado no crecía en Chicago, porque se hubiera agotado durante esos días.

-Hijo, no voy a ir a Cleveland. Me voy a quedar aquí para descansar. Vayan ustedes; diviértanse. Eso sí déjame alguito para comer que no pienso salir del apartamento. -Me dijo de esa forma en la que las madres son desprendidas y que sacrifican algo suyo (su cumpleaños número 50) en beneficio de un hijo.

-¿Tú eres loca, mamá? ¡Tú te vienes! ¿No viste que ya pagamos un poco de plata por los pasajes? ¡Toma! -Le dije estirándole otra ranitidina. Luego le ofrecí más manzanilla, más limón, más guarapos de esos gringos que venden para la mala digestión.- Te duermes hoy y y mañana estás fina -finalicé. Me sentí como un hijo grande en ese momento. Como esos hijos que ya crecieron tanto que le dan órdenes a sus padres y ellos no pueden hacer más nada que obedecer.
A eso de las 3:00 am mi mamá tocó la puerta del cuarto mío y de Betty: “Hijo ya estoy bien. Me acabo de levantar y no siento dolor. ¡Vamos a Cleveland mañana, no perdamos esa plata!”

Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto. Yo le mandé un boarding pass falso a su celular que decía que iba a Cleveland, pero cuyo código QR leía “Las Vegas”. Le pedí al agente del security check que por favor no pronunciara la ciudad adonde íbamos porque era una sorpresa para mi madre. El chamo me picó el ojo y me devolvió un sincero “have a nice weekend!”

En la puerta de embarque la suerte nos ayudó. La puerta para Las Vegas era la 6 y ahí decía Baltimore. Mi mamá no sospechó nada. Me dijo “hijo ahí dice Baltimore, no Cleveland”. Y yo le respondí con el orgullo venezolano: “Ay mamá, es como en Maiquetía que dice Porlamar y en realidad están embarcando para Santo Domingo. Uno tiene que acercarse y preguntar”.

Efectivamente. Estaba malo. El vuelo a Las Vegas salía por la puerta 12. Entonces me devolví y le dije a mi mamá y a Betty: “Es que tienen un error en el sistema; el vuelo a Cleveland es en la puerta 12. La chica dice que la pantalla allá se dañó y dice Las Vegas”.

Total que nos montamos en el avión y apenas nos sentamos mi madre se durmió. “¡Gracias a Dios!”, pensé; así es más difícil que se dé cuenta del pasar del tiempo.

-Hijo, yo vine de Cleveland a Chicago y fueron 50 minutos. Yo siento que he dormido mucho y no llegamos. -Dijo al despertarse dos horas después.

-Ay, mamá. Si apenas te dormiste 20 minutos. Mira, lo que pasa es que dentro de Estados Unidos hay diferentes husos horarios y el de Cleveland es diferente al de Chicago. Entonces si volaste 50 minutos de ida; la vuelta es una 1 hora y 50.

-Pero eso no tiene sentido porque es el mismo trayecto. -Me inquirió. Entonces yo le respondí con toda la seguridad de Jim Carey en Mentiroso, mentiroso:

-Mamá, es que estamos viajando en sentido contrario a la rotación de la tierra. Mira -dije mostrando mis manos como si una fuera un planeta y la otra un avión- si la tierra se mueve así y el avión va así; ¿va más rápido, no?, pero si la tierra se mueve al mismo sentido que el avión, entonces al avión le va costar más llegar.

Con esa historia logré una hora más de sueño de mi madre que sirvió hasta llegar a Las Vegas. 

“Welcome to Las Vegas”, dijo la aeromoza. “¡VEGAS, BABY!”, gritaron unos gringos en el fondo. “Ya se me cagó la sorpresa”, pensé yo. Vi a Betty y con sus ojos me dijo lo mismo. Mi madre ni se inmutó. 

-Bueno mamá, ya estamos en Cleveland. 

-Sí, qué bueno hijo. -¡Ja! la sorpresa estaba intacta. Ni el Luxor, ni las luces ni todo lo llamativo del Strip lograron sacar a mi mamá de su mentira.

El McCarran International Airport es sin duda alguna la puerta de entrada de la gente a esta ciudad libre de no pecadores y por ello desde que uno sale del avión y a pasos de la manga ya hay maquinitas. 

-Mamá, estamos en Las Vegas. -Mi mamá vio a Betty como para confirmar y ella asintió. Mi madre no se lo podía creer. 

-Ay, no, hijo. No juegues con eso.

-Mamá, estamos en Las Vegas. Es en serio. Vinimos por el fin de semana. -Betty repitió lo mismo.
-¡Ay, no me jodan! ¿Tú te imaginas que yo de verdad estoy en Las Vegas? ¿Tú te imaginas que de verdad estamos en Las Vegas? ¡Ay no lo puedo creeer! -Betty y yo le señalamos un cartel que decía “Welcome to Las Vegas” en el aeropuerto- ¡HIJO! Si estamos en Las Vegas, ¿por qué estamos vestidos así? ¡Ay señor, yo sólo traje ropa para un campamento en el río y un traje de baño! ¡Ay, te imaginas cuando le cuente a mi esposo!





Así fue que todo rastro de la enfermedad desapareció con la euforia. Aterrizamos en Nevada a las 12:00 am. Fuimos a dejar las cosas a casa de Uri, el amigo de Betty, y nos fuimos a pasear a las 2:00 am por el Caesar y un poquito por el Strip. Mi madre sólo decía que no iba a dormir, que dormiría en Chicago o, peor aún, si la cosa seguía así, iba a dormir ya era en Paraguachí.

A Betty y a mí no nos gustan los casinos. Así que nuestra emoción por venir a esta ciudad se traducía en casarnos otra vez (habíamos organizado todo para hacer una celebración el último día), ir al Cirque du Soleil (lo cual a Betty le aburría) y visitar a Uri y Melu; amigos uruguayos de mi esposa.

Así que le dejamos la agenda abierta mi mamá para lo que quisiera. La acompañamos a varios casinos -donde ganó y también perdió plata-, restaurantes (el de Buddy Valastro) y sitios de postres (el de Buddy Valastro también). Caminamos muchísimo.

Entre esos recorridos Betty y yo nos entregamos a la bebida y nos tomamos unos raspados con alcohol gigantes que venden en la calle. Nos bebimos como 10. Así fue que, recorriendo The Venetian, mi mamá desapareció. 

Betty y yo estábamos medianamente borrachos y la empezamos a buscar en los locales cercanos. Caminamos hacia el casino. Después entramos en The Palazzo a ver si se había ido al sitio de al lado. Después volvimos a The Venetian. La buscamos por las góndolas, por el restaurante de Buddy Valastro, por el sitio donde compramos alcohol, por un pasillo de pinturas. Pasaron dos horas y me cagué. La pea se me fue al cielo.

-No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando.

-Vamos a llamar a la policía. -Me dijo ella seriamente.

A cada rato yo consultaba el celular esperando un mensaje de ella. Mi madre sabía que en los Starbucks había WiFi; yo la había enseñado a conectarse. Pero no aparecía nada. Le escribí a mi hermana en Valencia. Ella se cagó conmigo. Incrementé el miedo porque ella le escribió a mi padrastro. Todos comenzaron a culparme. Me sentí indigno. Sucio. Juré no beber más.

Betty dijo que nos separáramos. Pero no dio resultado. Buscamos 10 minutos más y quedamos en encontrarnos cerca del oficial de seguridad que estaba cerca de las góndolas. Le explicamos que habíamos perdido a mi madre y que si nos podía ayudar. El señor nos dijo que no atendía a nadie en estado de embriaguez y que cualquier desaparición debía reportarse después de 24 horas. “El coño de tu madre, mamahuevo”, le dije. El gringo no me paró bola. Me dijo que o me iba o llamaba a seguridad. Betty me tuvo que halar por la camisa porque me iba a ir a las manos. Nos fuimos a ver las góndolas y lloré. 

Betty me dijo “Creo que me estoy acordando de algo” y sí, le vino algo. “La última vez que vimos a tu mamá fue en la pastelería de Buddy Valastro. ¿Y si la esperamos ahí? Es lo que yo haría si me pierdo. Esperaría en el último sitio donde los vi”. Era verdad. No habíamos ido a la pastelería del pana, sólo al restaurante. Yo no me acordaba dónde había visto a mi madre por última vez: estaba muy borracho.

Cuando llegamos mi madre tenía una cara muy sonriente. Ella se había instalado a hablar con una cubana que tenía un marido venezolano de Margarita. Casualmente el tipo también tenía familia en Puerto Ordaz y la cubana había ido con él a conocerlos. Se empezaron a echar cuentos de la ciudad y la cubana, que terminó siendo la gerente del local, le invitó unos ponquesitos a mi madre: “los originales de Buddy”.

Cuando nos vio, nos presentó a la señora y me dijo: “hijo, sí tardaron recargando el alcohol, ya me tenían preocupada”.

Ahí ya más calmados, felices y con mi familia en Venezuela tranquilizada, nos dimos cuenta de que ya eran más de las 12.


-Óyeme -dijo la cubana- mira que yo me sé el cumpleaños venezolano. -Y así sobre un ponquecito de Buddy Valastro le entonamos “ay qué noche tan preciosa…”.


lunes, 21 de marzo de 2016

Vuelvan



Para Ariana, Mico, Gabriel Aron, Gabriel Eekhout, Leslie, Abril, Humberto, Josdaly, Rossi, Álvaro, Eleazar, Leyla, Alejandro, Alejandra, Darwin, Paola Giovanna, Daniela la de Paula, Vicente, Octavio, Francesco, Alexia, Giovanna Crescini, Ainhoa, Thamara, El Mope, Pedro, Lis, Carlos y Luis Revilla, Jean Lárez, Mariana José, Lorenz, Josh, Oney, Arantsa, Daniela Márquez, Irene Schreiber, Jens, Ixchel, Josué, Jessica Ortiz, Jonathan Ortiz, Fernando Quevedo, Capecchi, Ancel, Diana Coromoto, Sofía Alejandra, Fabián, Sofía Ortega, Jingyile (que algún día se irá), Indira, Mario, Oriana Fermín, Ivanna Machado, Marivi, Aniangela, María Bovio, Rosalinda, Daniela Ortiz, Carmela Camacho, Susana Rojas, Leopoldo Plaz, Alice, Luis Miguel Lárez, Cristóbal Rojas, Bea, Amalia, Selman, Isidro, Livingston, Andrea Bermúdez, Indiana, Mauro, Adriana Maulini, Irandy Handschin, Caroline Ebel, Matripa (aplausos), Juliana y Andrea Arévalo, Nicole, Gloxinia, Rosa Iginia, David Pino, Ana Turbay, María Tineo.

Hace minutos corté el teléfono. Hablaba con Betty. Ella en Chicago y yo en Paraguachí. Me decía que esta iba a ser la peor Semana Santa de su vida. Estar sola en casa con apenas un mes de casados y teniendo que trabajar por primera vez en días festivos no iba a ser algo agradable. 

Yo vine a Venezuela un par de semanas por un asunto de trámites. Decidí pasar una semana en Caracas y otra en Margarita. Los trámites se retrasaron una semana más porque decidieron dar toda la Semana Santa como “no laborable”, y mi esposa se tuvo que quedar gracias a la gracia la semana sola.

El día 1 Alejandro me buscó al aeropuerto Santiago Mariño y me llevó a casa de Eleazar. ¡Vamos a beber! Y terminamos siendo nosotros tres y Mario, quien se iba de la isla en dos días. Alejandro celebraba su one-way ticket a Santiago de Chile y Eleazar se daba cuenta de que se iba a ir primero que Alejandro, pero a Buenos Aires. En la piscina sentí un vacío inmenso. No estaba Gabriel. Mi pana. Mi hermano que al llegar a Margarita siempre me hacía sentir en casa. Lo llamamos por WhatsApp y entre chistes en los que decía que iba llegando se me iba a salir una lágrima.

El día 2 fui a comer con Oney a Porlamar. Me contó que le ofrecieron un mejor sueldo a cambio de que firmara un contrato que diga que no se va a ir a vivir fuera de Margarita en 5 años. “No lo pude firmar, yo me quiero ir pronto”, me dijo. Hasta ahora, nunca había pensado cómo sería la isla sin mi amigo.

El dia 3 hablé con Ariana que está en Buenos Aires y que antes vivía en Paraguachí. Extrañé no ir a su casa caminando a beber Ámsterdams y comer ceviche del papá mientras jugábamos Scrabble o veíamos alguna película de Wes Anderson o Spike Jonze. Es mismo día 3 me trajo un taxi por la calle donde vivía ella y Gabriel. Tuve que cerrar los ojos para no llorar.

El día 4 fui al Sambil a esperar a mi mamá que estaba en una conferencia médica. Me fui a pasear por las tiendas a ver si veía a Paola (que ahora está en Italia) o a Paúl (que ahora no trabaja en Tangle) y nada. Caminé solo. Revisé mi agenda de contactos. Y mientras me paraba en amigos que vivían en Margarita para llamarlos, recordaba en qué parte del mundo estaban: Europa, Sudamérica, Panamá, Gringolandia.

El día 4 también fue el día que la mesonera de Hard Rock Café dijo que sabía quién era yo. Y me alegró un poco. “¿Viste, te encontraste a alguien?” Me dijo mi mamá, como si me estuviera consolando una enfermedad. Y así fue que me di cuenta de que sí, me había enfermado de algo, de extrañar a algo que jamás volverá a existir.

El día 4 me encontré con Alejandra y el esposo quienes para mí eran una bandera de construir una familia en Venezuela. Luego de joder con el tema de mi matrimonio y echarles el cuento de la vaina, caímos en el tema del “pa’ cuándo los carajitos”. Alejandra se detuvo toda seria y me vio por encima de los lentes preguntándome si estaba siendo serio “¿Dónde estamos, Moisés?”. Y me dijo que no piensa tener carajitos en Margarita. Que ahora hacen planes para Medellín o Santiago, “lo que salga primero con trabajo”.

El día 5 fue en la playa. Parguito, obvio. Estaba full, como de costumbre. Como en una Semana Santa normal. Salí otra vez con Ale, el esposo y con Eleazar. La pasamos bien, súper de pinga. Hasta que fui a comprar la empanada donde Eudys. “¿Y los muchachos?”, me preguntó la doña. Y aquí hacía referencia a Vicente, Ariana, Chichi, Francesco. Hacía referencia la época del freesbee o la de los tambores. La época en la que la playa era nuestra, porque éramos los locales y con un par de tambores prendíamos la rumba y chapeábamos hablar con un acento margariteño medio forzado para que se notara que éramos de ahí.

El día 5 fue el peor. Uno cuando está lejos sabe que las cosas están mal porque mi mamá dice que no hay agua, que no se consigue papel tualé o que está difícil agarrar autobús porque no hay repuestos y tú más o menos entiendes la situación y te haces una idea. Cuando llegas, te das cuenta de que tú país cambió más de lo que te imaginaste, y bueno, es chimbo que no hay agua, pero digamos, alguna vez en todos los años que viví en Margarita hubo una época en la que no había agua. También hubo épocas en las que se iba la luz mucho. Hubo épocas en las que no se conseguían cosas. En el 2003, por ejemplo, no había Coca Cola. Entonces, digamos, que la situación era manejable. Margarita seguía siendo Margarita, pero si agua o sin luz de a ratos. 

Pero ahora es Margarita sin agua, sin comida, sin papel tualé, sin gente, sin orden, sin estructuras, sin metodologías, sin progreso.

Cuando hablo con Betty y le cuento sobre Margarita, pienso en la Margarita de 2007 o 2008. Pienso en la Margarita de todos montados en la camioneta de Antonelli yendo a Parguito de lunes a lunes. A veces pienso en la Margarita de 2013, donde Amalia me dejaba en mi casa todos los domingos a las 8 de la mañana. Pero también pienso en la Margarita de 1995 en donde vivíamos minados de europeos y canadienses y estaban a punto de construir un monoriel para modernizar la isla. 

Cuando hablo con Betty y le cuento de mi isla, le cuento cosas sin querer que ya no existen. Le cuento cosas que para mí fueron muy importantes como si todavía estuvieran allí. Y ella me cuenta cosas de Uruguay. Y esas cosas de Uruguay que me cuenta todavía existen. Y uno puede ir ahí y tocarlas y verlas, sólo hay que tomar un avión. Sin embargo, ¿cómo le explico si alguna vez viene para acá que la isla que está no es la isla que estaba? ¿Cómo le explico que, como diría Castillo Zapata que dice Baudelaire, de dónde soy lo que queda es el fósil? De donde soy, lo que quedan son las ruinas. Traer a Betty a Margarita, sería como llevarla a un tour de ruinas por Atenas. “Y aquí, querida mía, es donde Zeus se sentaba a leer el periódico mientras Hera le preparaba un guayoyito como le gusta a él”. ¿Cómo le explico a mi esposa que mis ilusiones de que conozca de donde soy, sólo pueden ser posibles si conseguimos una máquina del tiempo?

Entonces, ¿si somos de algo que ya no existe, de dónde somos? ¿Somos venezolanos mitológicos o como un ente errante por el mundo cuya realidad dejo de existir?

Por otro lado, ¿qué pasa si volvemos? ¿Qué pasa si un día decidimos todos volver a llenar la isla como era antes? Y llenamos las cuadras con nosotros, con nuestra alegría y nuestro trabajo, con nuestra margariteñidad. ¿Qué pasaría si volvemos y lo arreglamos? ¿Cómo serían ahora nuestras vidas si todos volviéramos a estar aquí? ¿Cómo serían nuestras vidas si no nos hubiéramos ido nunca y el desastre no hubiera pasado?


A una semana de irme a vivir fuera del país, tengo las bolas de decirles que vuelvan. Que no se vayan de la isla para siempre. Que la isla los extraña. Que nos extraña. Que nos va a extrañar. Que los extraño. Mucho. Que las ruinas que quedan de lo que fuimos son pocas, pero es lo único que queda del “de donde somos”. Que tenemos que conservar nuestras fósiles. Que no nos dejemos absorber por el mito. Que revivamos. Que recordemos. Que volvamos algún día. Por partes. Así como nos fuimos. Volvamos por ratos. Volvamos con nuestros hijos. Así sea un segundo. Así sea un ida por vuelta. Así sea para el check-in. Pero volvamos. No se vayan para siempre, porque si ustedes ya no se acuerdan que son de aquí, porque si ustedes ya no son de aquí, porque si sus ruinas ya no están aquí, yo ya tampoco sabré de dónde es que soy.





jueves, 24 de diciembre de 2015

De cómo boté mi maleta mi primer día en Corea del Sur

Mi mamá tenía la razón: soy un caídodelamata.

Un mes antes, me volvía encontrar con Andrew en Minneapolis. Le conté que me iba a Seúl por unas semanas. Y él me dijo que “qué arrecho, marico”, que él tenía allá a su amiga Patricia, que le iba a mandar noséquévaina conmigo.

Jinhee y yo nos conocimos en Portland, Oregon, en el verano. Yo organiza un evento de Couchsurfing para pasar el International Beer Festival “hanging out” con alguna gente que apareciera por ahí, y ella iba de paso a visitar a unos panas de San Francisco y a darle una vuelta a la Costa Oeste gringa. Así fue como por Couchsurfing nos conocimos, nos hicimos burdepanas y me invitó a Seúl a ver cómo o mataba tigres dando clases de español o acababa los trapos y ya para el diciembre. 

El pasaje salió pingadebarato, más que ir a Venezuela. Así que después de meditarlo con la almohada, dije sí va, marico. Salí de Chicago con escala en Los Ángeles (5 horas) y después para Pekín (13 horas) y de ahí con los “layovers” terminé llegando al aeropuerto de Incheon 25 horas después todo jetlageado, o sea, con pinga de sueño.

La vaina es que uno no va a Asia todos los días. Tipo que no vas a llegar y acostarte a dormir. O sea, llegas a Asia y, marico, lo que haces es ir a darle duro a la rumba de guanfor. Entonces, tipo que llego al aeropuerto y leo el mensaje que me mandó Jinhee cuando estaba en EEUU todavía. Traduzco del inglés: “Marico, no te voy a ir a buscar al aeropuerto porque me sale pinga de caro ir para esa verga, pero, huevón, agarra la camionetica 6020, apenas salgas de Incheon. Ese bicho te va a pasear por Seúl un pelo, pero te bajas en ‘National University of Education’, ahí te estoy esperando yo, apenas tú llegues, y de ahí le damos para case unos panas por ahí por Gangnam”.

 Un mes antes, otra vez en Minneapolis, Andrew me dice que marico, Seúl es la ciudad más segura del mundo. Que el bicho había dejado su celular en el metro un día y que apareció que si a las horas. Que se lo encontró un coreano del coño y el bicho tipo que por el historial del GPS y la verga que graba el Google Maps consiguió dónde era el hostal donde se estaba quedando Andrew y le devolvió la vaina. Así, a ese nivel. Entonces, yo, todo venezolano emocionado por probar la verga dije algo así tipo, nojodacoñoelamadre, ojalá una verga así me pasara a mí. Pero de pana que no lo dije en serio, ¿verdad? O sea, de pana no quería botar mi maleta, pues. Lo dije tipo “Ojalá me ganara el Kino”, tipo como una vaina que dice todo el mundo, pero de pana no espera que pase.

De vuelta a Seúl, agarré la camionetica 6020. Era una camionetica con aire y vaina, tipo las que uno agarra cuando viene de Maiquetía para Parque Central. La única diferencia es que esta bicha venía con calefacción y que tenía una pantalla que te venía diciendo en coreano e inglés dónde coño más o menos iba uno. Tipo que te dijera “next stop is Gato Negro, be ready to bajartedelbus”. 

Así fue como cuando pegado a la ventana, medio babeando la vaina viendo los edificios de la capital de Corea, como un carajito que nunca ha salido de Antolín del Campo, escuché que el altavoz con voz de Siri con acento coreano viene y dice “Next stop is National University of Education”. Entonces, marico, apreté el botón rojo que decía “request stop” y piré de la verga esa.

Me bajé de la camionetica y me enfrenté a un frío medio chicaguense. Tipo unos cero grados y vaina. Me puse mis guantes y verga, cogí aire y sentí un ardor en mi estómago. Un hambre descomunal de esas que te dan cuando pasas más de 24 horas en aeropuertos comiendo comida de mierda.

Entonces caminé hasta la entrada de la estación de metro y con mi morralito me senté a esperar a Jinhee. Cuando la chama llegó, lo primero que me dijo fue “marico, ¿eso es todo lo que traes, huevón?” señalando mi inexistente equipaje. Y yo no pude sino pensar: “¡Ve la verga, ve! Ya la estoy cagando”.

Así fue como me acordé de Andrew. De Minneapolis. De cómo él botó su celular en el metro. De cómo yo boté mi pasaporte (¿Ya leíste el post anterior, no?), de cómo había decidido dejar el alcohol un pelo para no tener más blackouts y tripear de manera más consciente. Me acordé inmediatamente de mi mamá, de mi hermana, de Nataly, de mi tía, de toda mi familia. De mi fiesta de 25 años donde todo se quedó en casa de Josh. Me imaginé el peo que me armaría mi mamá si hubiera viajado conmigo y yo hubiera dejado mi maleta de 23 kilos en el bus. 

Me acordé del regalo que Andrew le había mandado a Patricia y que el regalo estaba en mi maleta. Me acordé también de cuando fui al Walgreens en Chicago, pasé por la sección de viajes y dije así todo confiado súper pajúo “yo no le voy a poner candado a mi maleta, ni que estuviera en Venezuela, chia”. Todo por no pagar cinco piazo’e dólares.

Entonces, resolvimos la vaina así. Jinhee se metió en “Naver” (porque aquí la gente no usa Google) y buscó el número de la compañía de autobuses. Llamó. Le dijeron que el autobús iba a dar la vuelta. Que por favor cruzara la calle y esperara 4 minutos. Nosotros cruzamos la calle y esperamos.

4 minutos después, el autobús estaba regresando fuera de su ruta. El chofer se bajó. Dijo apenado algo en coreano enfatizando algo así como “disculpe señor por no recordarle que se estaba bajando del bus sin su maleta” y me hizo como 14 reverencias. Y yo como que diciéndole en inglés algo así como “marico, huevón, si la culpa es mía por andar pendejeando viendo el Facebook y chateando por Whatsapp” y dándole como 22 reverencias también.


Y así, 6 minutos después volví a tener mi maleta. La adrenalina fue la misma de una tarde de rafting, o de cuando esquivas a un choro que te quiere robar sin arma en Caracas. ¿Será que pruebo dejar el celular un día en una plaza a ver en cuánto tiempo aparece?  ¿Qué de pinga es Corea, no? 


martes, 13 de octubre de 2015

¿Qué fui a hacer a Fargo?

“Es así; es como si en esa vida hubiera dos tipos de personas. Los que fueron al toque y los que no”. Dijo Pedro apenas le conté cómo me había ido en Fargo de regreso a casa desde el Aeropuerto de O’Hare.

Ambos ya dábamos por vencidas ese tipo de divisiones. Más de 9 años viviendo en Caracas sumado al tiempo ahora en Chicago nos habían convertido en gente de ciudad.  Sin embargo, yo sabía de primera mano a qué se refería. Y es que en Margarita, pasé casi que toda mi adolescencia en un pueblo, en donde casi siempre fui de los que “no fueron al toque” y por consiguiente nunca tenía mucho de qué hablar en el recreo del colegio. Recuerdo que con mucho esfuerzo, mi mamá me mandó al cumpleaños de Daniela Méndez en taxi en segundo grado y también recuerdo que mi tía me llevó que si al estreno de Atlantis en los cines del Jumbo, pero de resto, me tocó quedarme viendo Dragon Ball Z en Televén y hacer el esfuerzo para cuando las conversaciones se movían a “chamo, fuimos a Crobar, porque el primo del tío de mi hermanastro trabaja allí y nos pasó” yo volverlas a encausar con un “Qué fino, vale, ¿y no viste capítulo de Pokémon anoche que Ash botó a Charizard? No entiendo por qué lo hizo. Ash sí es gafo”. Muchas veces bateaba un hit y en temas como estos o en ayudar a la mitad del salón con la tarea de física o inglés, yo lograba que la gente se olvidara de la rumba en la terraza del Omni en Costa Azul o del toque de Deep Seven por La Arboleda. O a veces, me iba de foul o incluso me ponchaban diciéndome que los episodios de La Liga Naranja eran viejos y me lanzaban sendos spoilers de la liga Johto, capítulos que no llegaron a Televén, sino como en tercer lapso.

Pero así como Ash se despidió de Charizard porque era lo mejor para ambos, yo me despedí del pueblo. Así fue como la relación mejoró con todo el mundo. Ya nadie hacía bullying porque no tener cable o porque no ir al estreno de Harry Potter, y por fin se logra cuadrar con una gente más o menos que se parece a uno. Un ejemplo claro de esto, lo tengo con uno de mis mejores amigos, Gabriel, el pana prácticamente me la tenía montada en Paraguachí cuando éramos unos carajitos porque yo era un malo en el Dota y el no sabía jugar en equipo, sino darle palante y machacar y, pana, cuando uno es malo con el mouse, estás jodido en Dota. Y ahorita somos tan panas que a veces Leyla, su novia, me escribe estando yo en Chicago para preguntarme si sé dónde está.

Muchas de las veces que regresé a Margarita, me sentía en el mejor sitio del mundo. Era un sitio que ya dominaba porque estaba despejado de todo prejuicio, un sitio que me acogía con una gente súper amable, cálida y súper cercana a la definición que era yo mismo, porque a fin de cuentas aunque no hubiera habido cosas tan in en la adolescencia, uno también las inventaba y “los que no fuimos al toque” nos quedábamos bebiendo en casa, jugando la botellita con las hijas de Manuel el venderepuestos que ya empezaban a usar sostén y modess, hacíamos maratones de Mario Kart, o nos íbamos adonde Oney a matar la de rol para joder a Richard porque el dungeonmaster se daba cuenta de que hacía trampa o para fastidiar a Andrés cojeperra que nunca sacaba más de un cinco en el dado de 20, matábamos una de Carnaval por casa de Diana y Mico y cuando se acababan las bombitas de agua y nuestros papás no nos daban más moneditas para irlas a comprar ele Josinés, terminábamos cayéndonos a toronjazos y dejábamos a Doña Yiya y a la abuela de Allan, sin su porción de vitamina C de la semana.

En Fargo, así como en Margarita no hay nada. Pero a la vez lo hay todo. Es un pueblo con una población alegre y triste a la vez. En su funcionamiento es como una suerte de Ciudad Bolívar dolarizada, pero con el asunto de las estaciones. Hay un par de cuadras en el centro de la ciudad donde la mayor parte de los jóvenes acaban los trapos (o hacen hammer como dicen en su rico slang del midwest).  Y no hay de verdad más nada, porque cuando uno ya viene acostumbrado a la vida de la ciudad tener una sola cuadra para pasar el rato no es suficiente, pero a su vez es un pueblo donde lo hay todo. Allí existe esa creatividad intangible de los pueblos para hacer actividades que hubieran sido difíciles de pensar en una ciudad; como por ejemplo El Festival de las Hamacas de Fargo. En donde la gente se va a un parque, monta una parrilla y se echa en su hamaca a ver cómo las hojas del otoño se desprenden de los árboles y terminan en el piso haciendo una capa de colores increíbles. No he visto un otoño mejor en mi vida que el de Fargo (Y esto es una comparación con el de Chicago, porque realmente es el otro único en donde he estado). Y es que no sólo hay diversos tonos naranja en las hojas, los hay marrones, rojos y hasta fosforescentes.

Calle Broadway, la única donde se va a beber



La gente es como en Margarita, como en Ciudad Bolívar, como en El Tigre. Están los que “van a los toques” que sólo te van a hablar del concierto de Taylor Swift que vino en estos días o están “los que no van” y te sumergen en Festivales de Hamacas, tardes de slackline bajo las matas botando las hojas, rumbas caseras en donde la policía te toca la puerta para que le bajes catorce al volumen, caimaneras de fútbol americano en el parque para que aprendas a pasar el balón “y ya seas gringo”. En Fargo también aprendí a bailar swing y country, mientras di un poco de feedback meneando el güeregüere con mi merengue o mis paupérrimos pasos de salsa. Pero más allá de eso, está esa atmósfera de misticismo en donde de no ser porque el realismo mágico sólo tiene sentido en español, las historias que contamos en frente del bonfire con marshmallows fueran dignas de una novela.

Fargo me recibió de la misma manera que me hubiera recibido Margarita, me abrumó con lo increíble de su otoño y me hizo soñar con la amabilidad de su gente.  Me hizo encontrarme a mi mismo cada día que pasó ahí. Me hizo sentirme adoptado por una nueva familia que a pesar de ser extraña da todo de sí desde el primer día.




Fui a Fargo sin grandes expectativas a visitar a un amigo por su cumpleaños y la ceremonia de su naturalización y terminé quechando grandes experiencias.

martes, 18 de agosto de 2015

De cómo boté mi pasaporte con la visa en Chicago

Lo primero que pensé fue en lo que me dijo mi mamá con arrepentimiento. Recuerdo que me aconsejó antes de embarcarme al avión para Estados Unidos que me avispara. Que yo era un muchacho bueno y vaina, pero también ahuevoniao. Me dijo que las vergas allá no eran como aquí en Venezuela, que allá sí iba a tener que estar pila y que mi suerte para escaparme de la mayoría de los problemas, no iba a servir de mucho. Yo pensando que mi mamá era una exagerada asentí a todo de la misma forma en la que uno asiente al discurso de las personas que tocan tu puerta a hablarte de religión. Me pregunté a mí mismo si mi mamá no se había dado cuenta de que después de que salí de Paraguachí, sobreviví 9 años en Caracas yo solito. ¡Ahí la gente sí es viva! ¡No en Estados Unidos, carajo! No hay malandro gringo que pueda contra mí. Mi mamá se preocupa porque me quiere y como ella ve sólo películas tipo Taken cree que una verga así me va a pasar. ¿¡A mí!? Chiaj, yo soy de Paraguachí y crecí en Caracas, la mía, y yo lo que voy a Estados Unidos es que quemo.

Pero la verdad es que nunca sabes cuando tu vida se puede ir a la mierda en un instante. Todo puede estar súper bien, que si, el trabajo, la familia, la vaina con tu novia y, de repente, una verga súper pajua puede echar a perder toda la ficción que sin haberte dado cuenta habías construido alrededor de ti.

Les voy a poner un ejemplo: no sé si les han montado cachos una vez, pero a mí sí. Y esa verga, marico, duele. Y-que-jo-de. Así más o menos imagínate que estás súper fino con tu jeva y un día empiezas a notar vainas raras, pero no le paras bola a eso, porque como que confías burda en ella, y de pana no hay chance de que algo esté pasando. Piensas que es la regla, qué se yo, está hormonal y le crees todas sus excusas y vaina, y tú, tipo tranquilo te comes el mojón y vas viviendo en esa paja así hasta que un día te enteras, webón, por un marisco, que tu jeva andaba con otro macho, y tú no le crees, ¿cómo le vas a creer si tú confías demasiado en esa pana a quien le has entregado tu corazón y han hecho planes de vida serios? Pero el bicho te muestra una foto y verga, pana, qué bolas esta jeva. Y verga te da como arrecherita al principio, así como una rabia pajua, pero tú no lo crees ahorita, porque –aceptémoslo– eres un huevón, pero igual vas y le tiras la punta y la bicha se hace la loca. Y tú te quedas como cabezón un par de días. Y sigues viviendo como con una angustia, una vaina que sientes como por la garganta. Una sensación súper chimba. Sabes que la vaina no está bien, pero te da un sustico enfrentarlo directamente, porque no te imaginas que el resultado sea lo peor. Entonces un día decides dejar de caerte a paja y vas y la confrontas y ella te dice lo que no quieres oír nunca en tu vida, porque tú has sido un perro bueno fiel desde que tienes edad para singar, te dice que sí, mi amor, lo siento, pero yo voy a cambiar, solo fueron como 15 veces que me lo cogí, pero te amo a ti, mi tribilincito hermoso de mierda.

Bueno… así me sentí cuando me di cuenta de que había perdido mi pasaporte con la visa gringa en Chicago.

Todo empezó por culpa de Sascha Fitness. Resulta que un día voy a un bar a ver a una pana tipo tranquilo y el metro estaba burda de retrasado así que no llegué a tiempo y esta amiga se arrechó y se fue. Entonces, me metí igual en el barsito que nos íbamos a ver como para beberme una birra y pasar el despecho emocional de quedar mal con alguien. Entonces, de la nada me saludó un ruso y yo tipo moví la cabeza y las cejas parriba saludando para no mover las manos no vaya a ser que no fuera conmigo. El ruso insistió y yo vi para todos lados a ver si le estaba haciendo señas a alguien que no fuera yo. Entonces, nada, sí era conmigo. Me fui para la mesa donde estaba el pana así como con pena y al llegar me preguntaron que de dónde era. Cuando dije “Venezuela” sus amigas, una uruguaya y una brasilera, se emocionaron porque eran fans de Sascha Fitness y como yo era venezolano como ella, entonces también era cool y me pegué con ellos toda la noche.

Al día siguiente, nos fuimos a una discoteca después de un largo predespacho en casa de un indio súper pana que también había conocido la noche anterior: Alcohol + alcohol + alcohol + no comida = llegué rascao a Sound Bar. Tipo que fui a pedir una birra, y el carajo de la barra me dice que si dejo la cuenta abierta o si la cierra de una. Y yo de pajuo vengo y le digo todo prendío deja esa mierda abierta, no joda, y él me dice que claro, señor, cómo no, su ID, por favor, para tenerlo de garantía.

Eso es lo último que recuerdo de esa noche.

Me desperté en el sofá de la casa de mi pana el indio al día siguiente. Vi el reloj y empecé a recoger mis cosas. Faltaba el pasaporte. Sudé cubitos de hielo.

Vinay se despertó y le conté la vaina. Marico, no sé, no vi tu pasaporte, después de ahí fuimos a otro bar y luego nos vinimos para acá.

Llamamos a todos los bares, llamamos a todos los Übers. Nada. Llamamos a la uruguaya, al ruso, a los otros panas. Nadie sabía algo sobre mi pasaporte. Gracias, Sascha Fitness.

Revisé en Internet para ver qué se hace cuando se pierde tu pasaporte con tu visa mientras estás en Estados Unidos.

Paso 1: denunciarlo a la policía.

Paso 2: ir al consulado de su país y sacar un nuevo pasaporte.

Paso 3: devolverse a su país inmediatamente con ese pasaporte que te dieron y pedir una nueva visa si quiere volver a los Estados Unidos con un alto porcentaje de negación por irresponsable, porque las visas de otra gente, ahuevoniao, las usan para cometer actos fraudulentos.

El discurso de mi mamá empezó a tener sentido. De la misma manera que los discursos de religión la tienen cuando el avión va en picada.

En la tarde una amiga me buscó para ir a comer. Almorzamos y le cuento la vaina, que me voy a tener que devolver más pronto que tarde. Me dijo “y si vamos al local ahorita y vemos si la conseguimos”. Y nos fuimos inmediatamente. Al llegar, el pajuo de seguridad nos dice que aquí se pierden los pasaportes a cada rato, que tengo que llamar el lunes a un número que me dan ahí en horario de oficina y que si tengo leche, fue que la caraja que había llamado antes, no me dio la información bien.

Me alimenté de esperanza. Pero de esa esperanza que da la negación. Esa misma que tienes cuando una relación va en picada, pero que uno insiste en tener para que las patas de nuestra mesa de la seguridad no se tambalee.

Faltaban dos días para el lunes.

Volví a ver a mis nuevos amigos. Hicieron miles de chistes al respecto. Trataron de levantarme los ánimos, y lo lograron un poco. Sin embargo, mi domingo por la tarde trascurrió tan lento como un Aló Presidente en algún caserío de Barinas con el pueblo sapeando a todos los ministros presentes.

Cuando desperté el lunes agarré el teléfono. Y marqué de la misma forma que uno marca el teléfono para decirle a tu pareja “tenemos que hablar”.

La llamada no salió. T-Mobile justo me cobró la renta ese día y había olvidado meterle saldo.

Abrí Skype. Aún quedaban unos créditos que había metido con mi último cupo cadivi. Hice la llamada. Repicó 3 veces.

–Buenos días. Estoy llamando porque el viernes creo que perdí mi pasaporte en su local. –Dije en mi paupérrimo inglés.

–¿Cómo se llama usted?

–Moisés. Like Moses but with an i in the middle.

Esperé 48 segundos.


–Todo está bien. Venga y busque su pasaporte y su tarjeta de débito. Lo único que debo informarle es que lamentablemente ya no podrá dar propina a su cuenta porque ésta fue cerrada el día que usted se fue sin pagar.