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Mostrando entradas de diciembre, 2017

El asiento vacío

A mi lado estaba todavía vacío. El cojín no tenía un trasero en su cara; el respaldo no sufría con la transpiración de alguna espalda peluda, ni tampoco había algún molesto brazo derramado sobre reposabrazos compartido con mi asiento.
Se veía feliz y brillante. Evocaba esa misma alegría que emanan los sofás de tiendas cuando les ponen un “prohibido sentarse” encima.
Me levanté para probarlo. Me resultaba apetecible sentir su contacto con mis nalgas y ser la primera en disfrutar el placer de calentarlo: unidos descenderíamos por milisegundos, mientras el aire saldría y el frío de su cuero virgen tocaría el jean de mi falda y la piel de la parte de atrás de mis rodillas.
Cuando lo vi desde arriba para sentarme, me di cuenta de que presumía su felicidad con mi asiento. Entonces me detuve y acerqué la mirada. Mi sombra lo opacó y el asiento vacío me miró inexpresivo, como queriendo decirme que no me atreviera a sentarme porque lo molestaría.
Me di cuenta de que era un gruñón y que no me …