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De cómo sobreviví al sismo en Ciudad de México

–Métete debajo de la puerta–, me dijo Yeleiza.
–¿Qué?
–Debajo de la puerta. Rápido–. Me metí debajo de la mesa. –No ahí, no. Debajo de la puerta.
–Coño, voy. –Dije confundido. Con la laptop aún en el brazo y Skype andando, abrí la puerta. 

Estaba la vecina saliendo en pijama. Nunca había cruzado una palabra con ella.

–¿Qué hacemos?, –me dijo con la confianza que te da el no saber si vas a morir.
–Vayan al ascensor dijo Yeleiza. Es la zona más segura.
–¿Qué? –Dijo la chama– No, no, vente–. La jeva avanzó con sus chancletas y su pijama de Hello Kitty hacia el fondo del pasillo.
–¿Adónde?– Le dije chao a Yeleiza con la mano y cerré la laptop. Di unos pasos adelante y dejé la puerta de la casa abierta. Las parades se movían como cuando borrachos intentamos ir al baño en el ferry express a Puerto La Cruz.
–Corre, ¡ven! ¿O quieres morir?–


Un día antes.

Estaba en el Woko con unos amigos. Entre chelas y risas oíamos al último comediante de la noche. De la nada suena una sirena. El pana en tarima se calla. Óscar, quien tengo al frente, me mira. La alarma suena más duro. “Sismo”, dice Óscar. “¿Qué?”. “Sismo, marico, vámonos pal coño”, me dice en mexicano. No reacciono. El pana que está en la tarima tampoco. Acomoda el micrófono en el pedestal y se queda pensando. “Tú eres huevón, muchacho marico, mueve ese culo”, traduzco lo que grita otro. Me levanto de la silla. Aparece alguien más en la mera entrada del bar: “¡Salgan de esa mierda ya que esta vaina se va a caer!”.

Afuera estaba toda la gente de Ciudad de México reunida en la calle confundidos por la alarma. No había llegado el temblor aún.

Meses antes había visto una película malísima en Netflix. La Roca tiene que salvar a Alexandra Daddario de la catástrofe. El pana se entera de que su hija está en riesgo porque un científico ahí logró un sistema para predecir terremotos; algo que es imposible, según el mismo argumento de la película. Ahí en la acera, junto a Ciudad de México volcada a sus calles, me pregunto si bien la película me mojoneó diciendo que es imposible predecir terremotos o si, más bien, en México le mintieron a todos con estas alarmas preventivas. El sismo no llega.

La gente aburrida se fuma varios cigarros. Van entrando al bar a buscar una cerveza para esperar el temblor pedos. No pasa nada. Poco a poco vamos volviendo antes de que acabe la promoción de las 7:30 pm.

Pido un Taxify a casa: decidí dejar de usar Uber en México hace un par de semanas porque un driver me paseó pensado que era turista y no me quisieron devolver el dinero cuando me quejé de su profesionalismo. Taxify es lo mismo que Uber, pero más barato aunque con más tiempo de espera. Aquí te dejo un promocode para que tengas tu primer ride gratis: NEFVZ. En el carro leo las noticias. Irma hundió Barbuda. “¿Dónde coño es Barbuda?”, pienso. Qué bolas que alguien del Caribe no sepa dónde ubicar otras islas. Me siento ignorante. Qué mierda la educación que me dieron en Venezuela. Pienso en Barbados, Bahamas, Bonaire; las ubico en el mapa. Abro BBC Mundo en el teléfono. Leo “Antigua y Barbuda”. Me siento imbécil por no pensar en ese país antes. Pienso en que es un paraíso fiscal y en la plata que deben tener los chavistas en cuentas en esas islas. Leo que hay muertos; que la isla quedó destrozada 90%, que no es apta para la vida. Me cago. Me imagino a Irma desviándose hacia el sur y golpeando Nueva Esparta. Si jodió a Barbuda tiene que joder es a Coche, no a Margarita. Imagino mi casa de Paraguachí anegada. El techo de asbesto volando. Mis libros flotando. Paraguachí queda hundida bajo el nivel del mar. Mi mamá y mi padrastro están en un peñero guiados por Chuíto –un entrenador de beisbol infantil/fiscal de tránsito del pueblo– tratando de salvar a la gente cual escena de Titanic de James Cameron. Imagino a Chuíto rescatando gente por Paraguachí en el peñero. Se montan personas a medida que avanza. Sobre una tabla flota Changuelito muerto. Me acuerdo de su saludo: “¡Ah changuei’o!” con esa sabrosa melodía africana que heredamos para ponerle “o” a todos los vocativos, “¿Cómos tas, Changuelito’o?”. Changuei se murió hace años. Nadie toca el pito: no hay ninguna Rose que salvar.

–¿Viste que lo del temblor fue un error humano?– me dice el taxify-driver despertándome del ensueño.
–¿Coño, de pana, brother?– le digo en español neutro para que entienda; yo les traduzco.
–Sí, mi hermanazo, una cagada. Todo el mundo piró pa’ la calle y era pura bulla.
–Ve la verga, ve.



La vecina me mete a la salida de emergencia. Es por la misma puerta donde botamos la basura. Le pregunto que si tiene llaves en caso de que necesitemos volver y ella me dice que no, que corra, que no hay que volver que hay que salvarse y dejar todo. Sigo con la laptop en la mano. Pienso que si me voy a morir espero que la encuentren y se les ocurra abrir la carpeta que se llama “escritos incompletos”. Bajamos las escaleras. Ando en cholas. Ella corre como si hubiera llegado la leche a Rattan. Yo voy más atrás: la empiezo a perder de vista. Tenemos que bajar 19 pisos. En el piso 15, 13, 10 y 9 entra más gente. Se va la luz en las escaleras. Todo el mundo prende la linterna del celular en sincronía. Sigue vibrando esa vaina. Pienso en Barbuda hundida. Me acuerdo de Changuei flotando bocabajo en una tabla por La Plaza. Trump se fue del acuerdo de París. El aeropuerto de Sint Maarten está destruido. Los stories de los venezolanos huyendo de Miami. El amigo de una prima pasó 16 horas para llegar a Orlando. Los anaqueles de Florida son como en Venezuela. Maduro nos castiga con más controles económicos. Mi familia sufre en el Caribe sur. Pienso en Cariaco, Vargas, la tormenta Bret. Mía Astral hablaba de grandes cambios después del eclipse total de sol, el último fue en Leo. Chávez llegó después del eclipse total de sol en Maracaibo. ¿Un eclipse total de sol en EE.UU. es el fin del mundo? Kim Jong-Un quiere lanzar la tercera bomba nuclear en la historia de esta humanidad. México expulsó al embajador norcoreano. Sigue temblando y no me puedo agarrar bien de la baranda. Pienso en Dios. No veo a la vecina. Corro. Alguien detrás de mí se cae. Sigo corriendo. En el eco oigo un estás bien, sí, voy a seguir. La bajada es eterna. Puede ser la última. Si se empieza a caer todo, va a terminar encima de mí. La pared cruje y así seguimos descendiendo a los infiernos.


Hay once grados en la calle; estoy en short y cholas. Veo a la vecina a salvo. Todo el mundo con el celular. “8,1 grados de magnitud”, dice una que bajó con unos perros antes. “El epicentro fue en Chiapas”, dice otro. “Ya hay muertos”. Veo la hora: 12:00. Es día de la Virgen del Valle; Irma sigue devastando su camino hacia Florida y ya se comió a Turk and Caicos. Stories de venezolanos saliendo de Miami; stories de venezolanos saliendo de sus edificios en México; stories de venezolanos por última vez en Maiquetía. “¡Verga, qué arrechera lo de ayer con la falsa alarma y hoy esto!”, trato de decir eso suavizando mi dialecto. Todo el mundo está de acuerdo. Uno cuenta que al principio no lo creyó, pero después vio que todo se movió y oyó los trotes por la escalera. Otros siguen llegando; más vestidos, más abrigados. Abajo, la de seguridad del edificio nos pide mantener la calma. Todos estamos bien y estamos vivos.

Le cuento a Betty lo que pasó. Ella en Houston me dice que todo está normal. La gente vive casi como si Harvey no hubiera pasado, excepto por la gran cantidad de sofás frente a las casas que esperan secarse al sol.

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