lunes, 20 de febrero de 2017

De cómo boté a mi mamá en Las Vegas

No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando dos horas después de buscar a mi madre por todo The Venetian sin éxito.




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Cuando vivía en Chicago mi mamá vino a visitarnos un par de semanas. Ella iba a cumplir 50 años y era la primera vez que iba a salir de país. Mi madre estaba súper emocionada; tanto así que todo el vuelo de ida venía mandando fotos por WhatsApp de cada esquina del aeropuerto gringo que le pareciera bonita.

Yo, la verdad, estaba medio cagado. Mi mamá no hablaba inglés. Nunca había tenido una experiencia con la ley fuera de Venezuela y, como Cadivi ya no existía, venía con unos pocos dólares que le compró a un carajo por Rattan Plaza. 

O sea, tipo que le preguntan unas vainas ahí, mi mamá responde mal y la devolvían como a la colombiana ésta que se le ocurrió decirle al carajo de inmigración que “iba a estudiar inglés” con una visa de turista (menos mal que cuando mi mamá fue a Chicago aún estábamos en la era de Obama: con Trump no sé cuán insoportables hubieran sido estos nervios).

Total que mi mamá pasó la inmigración en Houston cómoda, cual Blanca Ibáñez. Después le tocaba escala en Cleveland antes de pisar Chicago. Nosotros hicimos un cálculo errado y llegamos como 10 minutos después de que mi madre apareciera donde se agarran las maletas en O’Hare. Mi mamá se cagó. Mencionó que cuando salió de las puertas y no nos vio le entró como un ataque. Como una desesperación por estar perdida, no tener WiFi (en O’Hare hay 45 minutos de conexión gratis, pero hay que saber leer en inglés para llegar a eso) y no saber ni cómo hablar con alguien. Entonces, nos dijo que para calmarse respiró profundo. Se sentó y se puso a matar una de Pet Saga en el teléfono mientras. Total que si en media hora no aparecíamos iba a hablar con la policía.

Me imaginé a mi madre con el acento del personaje de Sofía Vergara en Modern Family diciendo “Polis, polis, plis. ¡Jelp, jelp! Ayam lost. Ay lost mai children”.

Ya en Chicago nos instalamos a convivir. Todo bien. Mi madre expresaba cada cierto tiempo su sorpresa por estar en Estados Unidos. “¡Ay hijo, no puedo creer que YO estoy en Chicago!”, decía acentuando el yo. “Pellízcame a ver si no es un sueño. ¿De verdad estoy aquí?”. 

Vivía en un ensueño que se mezclaba con la cercanía de su 50 cumpleaños que iba a celebrar con nosotros en la ciudad de los vientos (o por lo menos eso creía ella).

Así en esa magia, ella quiso hacer todo y probar todo. Leía en Internet que si había una feria de hot dogs y entonces decía que quería ir. Leía que iban a arreglar una fuente y entonces quería verla. Esa clase de cosas que uno hace cuando sale por primera vez de las fronteras geoculturales.

Así un día le dio un antojo de comida thai que le cumplimos para honrar su visita. A mí me encanta la comida picante y los restaurantes thai suelen tener buenas opciones para quemarse la boca bien rico. Terminamos yendo a uno que nos recomendó un pana maracucho.

Al día siguiente íbamos a reunirnos con unos amigos de Puerto Ordaz a ver un concierto de esos gratuitos en el Millenium Park. En pleno viaje de Uber, mi mamá empezó a comentar que se sentía medio mal de la barriga.

-¿Mamá, tienes ganas de cagar?- dije sin pudor alguno, pensando que el uberdriver seguro no entendía papa de español.
-Hijo yo creo que sí, pero se me va a pasar. Es como un ardor en la barriga con cólicos. No sé; como ganas de vomitar también.

Me cagué. Lo peor que pudiera pasar era que mi mamá se enfermara en la verga esa. Me acordé de cuando le compré el pasaje y la página web me preguntó que si quería abonar 100 dólares más por un seguro médico de viaje que no pagué para ahorrar plata. Me acordé de que hasta la mandé con escala en Cleveland (y no directo) para poder ahorrar dinero y pagar cosas como el restaurante thai o la sorpresa para celebrar sus 50 años.

Me arrepentí. Me acordé de cuando un pana tuvo que pagar 3900 dólares por un dolor de barriga porque los médicos gringo querían descartar cualquier cosa (incluyendo cáncer o úlceras) y al final lo que hicieron fue recetarle Peptobismol para taparle el chorro. Me arrepentí mal. ¡Señores, nunca saquen a su mamá del país sin seguro médico! ¡Hay unos que hasta se pagan en bolívares!

Cuando llegamos al Millenium Park acompañé a mi mamá a “cagar” hasta la puerta del baño. “No era caca, hijo”, me dijo para hundirme más en mi miedo a visitar un hospital y completó: “¿Aquí no hay algo como un CDI? ¿Ajuro hay que pagar?”

Así fue cómo mi madre sufrió el shock cultural del capitalismo salvaje por primera vez. Nos devolvimos a casa con ella en llanto del dolor. Me dijo que le buscara ranitidina si eso existía aquí y efectivamente lo conseguí en el supermercado de abajo como a 30 dólares la cajita. Le compré tres como para que se llevara a Venezuela y mi mente me castigó con una matemática simple 3x30=90: aquí tienes pendejo, lo mismo que te hubiera salido comprar un seguro.

Después de tomárselo, mi mamá dejó de gritar y se durmió. Yo asustado le preparé la cena a Betty y hablamos de qué íbamos a hacer con la sorpresa. 

Mi madre cumplía años el domingo (ese día era miércoles) y nosotros habíamos preparado un viaje a Las Vegas el viernes en la tarde. Le habíamos dicho a mi madre que íbamos a Cleveland a un campamento que queda cerca de la ciudad y que íbamos a pasar su cumpleaños en un parque nacional entre carpas, colchones inflables, repelente de zancudos y trajes de baño para el río. Así fue como inventamos hacer una maleta con unos colchones inflables para que ella viera que todo era real (en realidad estos colchones sería donde dormiríamos en Las Vegas porque íbamos a llegar a casa de un amigo de Betty que se acababa de mudar).

Betty y yo no sabíamos cómo íbamos a sorprenderla: si decírselo en el aeropuerto o si más bien decírselo en Las Vegas. El segundo plan tenía un problema que era que el vuelo a Cleveland mi mamá ya lo había hecho y también conocía ese aeropuerto. Sabía que de ahí a Chicago eran sólo 50 minutos, mientras que el vuelo que haríamos a Las Vegas iba a ser de tres horas y media.

Así fue que pasó un día más y mi mamá seguía con el dolor. Pedía médico y nosotros no podíamos hacer nada. Le dimos más ranitidina con jengibre rallado, manzanilla y limón. Mi madre pedía cualquier rama que hubiera disponible en el imperio. Menos mal que el cariaquito morado no crecía en Chicago, porque se hubiera agotado durante esos días.

-Hijo, no voy a ir a Cleveland. Me voy a quedar aquí para descansar. Vayan ustedes; diviértanse. Eso sí déjame alguito para comer que no pienso salir del apartamento. -Me dijo de esa forma en la que las madres son desprendidas y que sacrifican algo suyo (su cumpleaños número 50) en beneficio de un hijo.

-¿Tú eres loca, mamá? ¡Tú te vienes! ¿No viste que ya pagamos un poco de plata por los pasajes? ¡Toma! -Le dije estirándole otra ranitidina. Luego le ofrecí más manzanilla, más limón, más guarapos de esos gringos que venden para la mala digestión.- Te duermes hoy y y mañana estás fina -finalicé. Me sentí como un hijo grande en ese momento. Como esos hijos que ya crecieron tanto que le dan órdenes a sus padres y ellos no pueden hacer más nada que obedecer.
A eso de las 3:00 am mi mamá tocó la puerta del cuarto mío y de Betty: “Hijo ya estoy bien. Me acabo de levantar y no siento dolor. ¡Vamos a Cleveland mañana, no perdamos esa plata!”

Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto. Yo le mandé un boarding pass falso a su celular que decía que iba a Cleveland, pero cuyo código QR leía “Las Vegas”. Le pedí al agente del security check que por favor no pronunciara la ciudad adonde íbamos porque era una sorpresa para mi madre. El chamo me picó el ojo y me devolvió un sincero “have a nice weekend!”

En la puerta de embarque la suerte nos ayudó. La puerta para Las Vegas era la 6 y ahí decía Baltimore. Mi mamá no sospechó nada. Me dijo “hijo ahí dice Baltimore, no Cleveland”. Y yo le respondí con el orgullo venezolano: “Ay mamá, es como en Maiquetía que dice Porlamar y en realidad están embarcando para Santo Domingo. Uno tiene que acercarse y preguntar”.

Efectivamente. Estaba malo. El vuelo a Las Vegas salía por la puerta 12. Entonces me devolví y le dije a mi mamá y a Betty: “Es que tienen un error en el sistema; el vuelo a Cleveland es en la puerta 12. La chica dice que la pantalla allá se dañó y dice Las Vegas”.

Total que nos montamos en el avión y apenas nos sentamos mi madre se durmió. “¡Gracias a Dios!”, pensé; así es más difícil que se dé cuenta del pasar del tiempo.

-Hijo, yo vine de Cleveland a Chicago y fueron 50 minutos. Yo siento que he dormido mucho y no llegamos. -Dijo al despertarse dos horas después.

-Ay, mamá. Si apenas te dormiste 20 minutos. Mira, lo que pasa es que dentro de Estados Unidos hay diferentes husos horarios y el de Cleveland es diferente al de Chicago. Entonces si volaste 50 minutos de ida; la vuelta es una 1 hora y 50.

-Pero eso no tiene sentido porque es el mismo trayecto. -Me inquirió. Entonces yo le respondí con toda la seguridad de Jim Carey en Mentiroso, mentiroso:

-Mamá, es que estamos viajando en sentido contrario a la rotación de la tierra. Mira -dije mostrando mis manos como si una fuera un planeta y la otra un avión- si la tierra se mueve así y el avión va así; ¿va más rápido, no?, pero si la tierra se mueve al mismo sentido que el avión, entonces al avión le va costar más llegar.

Con esa historia logré una hora más de sueño de mi madre que sirvió hasta llegar a Las Vegas. 

“Welcome to Las Vegas”, dijo la aeromoza. “¡VEGAS, BABY!”, gritaron unos gringos en el fondo. “Ya se me cagó la sorpresa”, pensé yo. Vi a Betty y con sus ojos me dijo lo mismo. Mi madre ni se inmutó. 

-Bueno mamá, ya estamos en Cleveland. 

-Sí, qué bueno hijo. -¡Ja! la sorpresa estaba intacta. Ni el Luxor, ni las luces ni todo lo llamativo del Strip lograron sacar a mi mamá de su mentira.

El McCarran International Airport es sin duda alguna la puerta de entrada de la gente a esta ciudad libre de no pecadores y por ello desde que uno sale del avión y a pasos de la manga ya hay maquinitas. 

-Mamá, estamos en Las Vegas. -Mi mamá vio a Betty como para confirmar y ella asintió. Mi madre no se lo podía creer. 

-Ay, no, hijo. No juegues con eso.

-Mamá, estamos en Las Vegas. Es en serio. Vinimos por el fin de semana. -Betty repitió lo mismo.
-¡Ay, no me jodan! ¿Tú te imaginas que yo de verdad estoy en Las Vegas? ¿Tú te imaginas que de verdad estamos en Las Vegas? ¡Ay no lo puedo creeer! -Betty y yo le señalamos un cartel que decía “Welcome to Las Vegas” en el aeropuerto- ¡HIJO! Si estamos en Las Vegas, ¿por qué estamos vestidos así? ¡Ay señor, yo sólo traje ropa para un campamento en el río y un traje de baño! ¡Ay, te imaginas cuando le cuente a mi esposo!





Así fue que todo rastro de la enfermedad desapareció con la euforia. Aterrizamos en Nevada a las 12:00 am. Fuimos a dejar las cosas a casa de Uri, el amigo de Betty, y nos fuimos a pasear a las 2:00 am por el Caesar y un poquito por el Strip. Mi madre sólo decía que no iba a dormir, que dormiría en Chicago o, peor aún, si la cosa seguía así, iba a dormir ya era en Paraguachí.

A Betty y a mí no nos gustan los casinos. Así que nuestra emoción por venir a esta ciudad se traducía en casarnos otra vez (habíamos organizado todo para hacer una celebración el último día), ir al Cirque du Soleil (lo cual a Betty le aburría) y visitar a Uri y Melu; amigos uruguayos de mi esposa.

Así que le dejamos la agenda abierta mi mamá para lo que quisiera. La acompañamos a varios casinos -donde ganó y también perdió plata-, restaurantes (el de Buddy Valastro) y sitios de postres (el de Buddy Valastro también). Caminamos muchísimo.

Entre esos recorridos Betty y yo nos entregamos a la bebida y nos tomamos unos raspados con alcohol gigantes que venden en la calle. Nos bebimos como 10. Así fue que, recorriendo The Venetian, mi mamá desapareció. 

Betty y yo estábamos medianamente borrachos y la empezamos a buscar en los locales cercanos. Caminamos hacia el casino. Después entramos en The Palazzo a ver si se había ido al sitio de al lado. Después volvimos a The Venetian. La buscamos por las góndolas, por el restaurante de Buddy Valastro, por el sitio donde compramos alcohol, por un pasillo de pinturas. Pasaron dos horas y me cagué. La pea se me fue al cielo.

-No entiendo, Betty. ¿Adónde se fue? -Dije llorando.

-Vamos a llamar a la policía. -Me dijo ella seriamente.

A cada rato yo consultaba el celular esperando un mensaje de ella. Mi madre sabía que en los Starbucks había WiFi; yo la había enseñado a conectarse. Pero no aparecía nada. Le escribí a mi hermana en Valencia. Ella se cagó conmigo. Incrementé el miedo porque ella le escribió a mi padrastro. Todos comenzaron a culparme. Me sentí indigno. Sucio. Juré no beber más.

Betty dijo que nos separáramos. Pero no dio resultado. Buscamos 10 minutos más y quedamos en encontrarnos cerca del oficial de seguridad que estaba cerca de las góndolas. Le explicamos que habíamos perdido a mi madre y que si nos podía ayudar. El señor nos dijo que no atendía a nadie en estado de embriaguez y que cualquier desaparición debía reportarse después de 24 horas. “El coño de tu madre, mamahuevo”, le dije. El gringo no me paró bola. Me dijo que o me iba o llamaba a seguridad. Betty me tuvo que halar por la camisa porque me iba a ir a las manos. Nos fuimos a ver las góndolas y lloré. 

Betty me dijo “Creo que me estoy acordando de algo” y sí, le vino algo. “La última vez que vimos a tu mamá fue en la pastelería de Buddy Valastro. ¿Y si la esperamos ahí? Es lo que yo haría si me pierdo. Esperaría en el último sitio donde los vi”. Era verdad. No habíamos ido a la pastelería del pana, sólo al restaurante. Yo no me acordaba dónde había visto a mi madre por última vez: estaba muy borracho.

Cuando llegamos mi madre tenía una cara muy sonriente. Ella se había instalado a hablar con una cubana que tenía un marido venezolano de Margarita. Casualmente el tipo también tenía familia en Puerto Ordaz y la cubana había ido con él a conocerlos. Se empezaron a echar cuentos de la ciudad y la cubana, que terminó siendo la gerente del local, le invitó unos ponquesitos a mi madre: “los originales de Buddy”.

Cuando nos vio, nos presentó a la señora y me dijo: “hijo, sí tardaron recargando el alcohol, ya me tenían preocupada”.

Ahí ya más calmados, felices y con mi familia en Venezuela tranquilizada, nos dimos cuenta de que ya eran más de las 12.


-Óyeme -dijo la cubana- mira que yo me sé el cumpleaños venezolano. -Y así sobre un ponquecito de Buddy Valastro le entonamos “ay qué noche tan preciosa…”.


1 comentario:

Andrea dijo...

Qué bonito llegar a esta edad en la que hacer feliz a la mamá le lleva el vidómetro a uno a tope 💕✨ felicidades por ese gesto. Y por este post que amé de principio a fin. Abrazos para ti.